Capítulo 5 #3
—No tiene por qué hacerlo —dije. Me coloqué en la marca de Carmen y señalé hacia el foro—.
Si el coro no entra como una masa homogénea, sino en dos grupos que avanzan en cuña siguiendo el texto, no necesitamos bañar los doce metros de ancho de golpe.
Carmen lidera la primera réplica aquí, en el cono central de seis metros que tus líneas aguantan de sobra.
Leo abrió la libreta sobre la rodilla y trazó una línea rápida con el lápiz.
—Si la acción se concentra en esa cuña, puedo apagar la vara tres por completo durante la apertura.
Eso me libera dos mil vatios de margen. Cuando el segundo grupo avance para arropar a Tomás, encendemos el lateral bajo con un filtro ámbar suave solo en esa franja.
La luz no cubre el espacio: responde a su llegada.
—Y ellos no tendrán que adivinar dónde pisar —completé, comprobando la distancia con los pies—. La luz no será una jaula; será la consecuencia de su movimiento.
Nos miramos en la penumbra del escenario.
Durante años habíamos trabajado con esa misma velocidad para resolver imprevistos en los montajes de juventud, pero ahora no estábamos jugando con la intuición adolescente.
Había un método riguroso, medido contra los siete mil vatios de Gabriel y los cronómetros de Clara.
—Falta resolver el cierre del primer acto —dijo Leo, señalando el fondo—. Si aplicamos esto, tu propuesta original de dejar a todo el elenco bañado en luz cálida mientras baja el telón sigue quemando el cuadro.
—Y tu idea de cortar en seco a un único recorte cenital frío deja a Tomás aislado como si esto fuera un monólogo trágico en una capital —repliqué con una sonrisa leve, sin aspereza—. Probémoslo.
Leo fue hacia la mesa de control lateral, subió el interruptor de maniobra y activó la secuencia que él defendía. Me coloqué en el proscenio mientras un círculo blanco y cortante caía vertical sobre mi cabeza, arrojando una sombra dura a mis pies y dejando el resto del escenario a oscuras.
—Míralo —dije, levantando una mano dentro del haz—. Parece un interrogatorio. El pueblo se queda fuera.
Leo bajó el potenciómetro a la mitad y subió dos puntos de la vara dos. La luz blanca se tiñó de un tono neutro, pero seguía sintiéndose solitaria.
—Si subo el baño general como tú querías —dijo él, empujando tres palancas a la vez—, mira el amperímetro.
La aguja del cuadro auxiliar trepó de inmediato hacia la franja roja.
—Bájalo —pedí antes de que saltara el térmico.
El escenario volvió a la claridad sencilla de la bombilla de trabajo. Me acerqué al borde del proscenio y miré las sombras largas que se proyectaban hacia el patio de butacas.
—Hay una tercera opción —propuse, cruzándome de brazos—.
Cuando Carmen termine la última frase, el coro no se queda inmóvil esperando el aplauso; retrocede dos pasos hacia la penumbra del fondo.
Apagas los halógenos grandes primero. Tomás se adelanta medio metro hacia la embocadura y recibe únicamente el tiro de proscenio que ya tenemos encendido, mientras el resto del grupo permanece visible en silueta contra el ciclorama con la mínima potencia.
Es una despedida compartida, ahorra corriente y le da a la escena el peso del mar sin fuegos artificiales.
Leo miró la disposición vacía, calculó mentalmente la carga de cada fase y asintió despacio.
—Cuatro mil doscientos vatios en la punta final. La línea tres ni siquiera va a templarse.
Tomó la hoja en blanco que encabezaba mi cuaderno de dirección y anotó el esquema con trazos limpios: las posiciones del elenco a la izquierda, los canales y las intensidades exactas a la derecha. Ninguno de los dos datos existía sin el otro.
—Las reglas tienen que quedar claras antes de que vuelva Clara —dije, apoyando la mano en el borde del atril—.
Tú respondes del diseño lumínico y de su seguridad dentro de los límites de Gabriel; yo dirijo la puesta en escena y la interpretación del texto.
Pero cualquier cambio que altere el tiempo de un actor o la zona útil de la madera se decide aquí, entre los dos, y se pasa por escrito al parte técnico antes de que Tomás lo reciba.
Leo firmó al pie del esquema y me tendió el bolígrafo.
—Una sola voz frente a ellos —dijo, mirándome de frente—. Y autoría compartida en el papel que le entreguemos a Beatriz.
Tomé el bolígrafo y estampé mi firma junto a la suya. El crujido de la puerta del vestíbulo anunció el regreso del equipo. Clara entró primero con su tablilla bajo el brazo, seguida de Tomás, que aún miraba hacia el techo con desconfianza.
—Se acabó el tiempo —anunció Clara desde el pasillo central—. ¿Tenemos algo que ensayar o llamo a los del vestuario para desconvocar?
Bajé del proscenio con la hoja de desglose recién firmada y se la entregué en la mano. Leo se colocó a mi lado, sereno, sosteniendo su libreta.
—Tenemos el primer acto resuelto, Clara —dije, sosteniendo la mirada de Tomás—. Subid al escenario. Vamos a pasar la apertura desde el principio.
Tomás miró a Leo, luego me miró a mí y leyó las notas conjuntas que Clara sostenía con el ceño fruncido.
Bajo el temblor tenue de la bombilla de trabajo, las marcas de cinta adhesiva sobre el entablado dejaron de contradecirse; sobre la madera gastada, compartir la autoridad no había restado peso a mi voz, sino que me obligaba a plantarla con más firmeza.