Bajo las Luces del Teatro Capítulo 5
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Capítulo 5

Un escenario partido

Marina Soler

El crujido del entablado bajo los catorce pares de zapatos del elenco marcaba el compás del inicio. Me senté en la fila cinco, con el cuaderno de dirección abierto sobre las rodillas y el bolígrafo desprovisto de capuchón, lista para registrar cada respiración de la primera pasada continua.

A mi izquierda, dos filas más atrás, el zumbido leve de la consola indicaba que Leo estaba en su puesto.

Había recibido su correo a medianoche con el reajuste de las líneas dos y tres; dos frases breves que aseguraban que la acometida no sufriría y que los niveles quedaban compensados.

Confiaba en que las reglas fijadas tras el primer día mantendrían el orden: una sola voz para el elenco, marcas limpias y tiempos respetados.

—Listos en el escenario —anunció Clara desde la embocadura, con el cronómetro al cuello y la tablilla en alto—. Pasada del primer acto sin cortes, pase lo que pase. Tiempo corriendo en tres, dos, uno...

La luz de trabajo se extinguió.

El ciclorama se tiñó del azul cobalto programado por Leo y el coro avanzó desde el fondo para formar el semicírculo inicial. Carmen ocupó el centro, erguida, con la barbilla alta y las manos entrelazadas al frente.

Todo parecía en su sitio hasta que Andrés y Sofía alcanzaron los extremos.

En lugar del baño uniforme acordado para que las catorce caras respiraran con la misma presencia, los hombros de Sofía quedaron atrapados en un cono grisáceo.

El haz de la calle lateral izquierda era casi dos metros más estrecho de lo ensayado; no alcanzaba la línea exterior de la tarima.

Sofía vaciló, buscó en el suelo la cinta adhesiva y dio medio paso hacia la derecha para meterse en el área iluminada, apretándose contra el hombro de su compañero.

El semicírculo se deformó.

—¡Mantén la apertura, Sofía! —indiqué desde la butaca, inclinándome hacia delante—. ¡No cierres el espacio!

Desde la consola llegó el chasquido seco de un potenciómetro al tope. Un resplandor cenital cayó sobre Sofía, pero el ángulo picado le proyectó sombras duras bajo los ojos y la nariz, borrándole la expresión del rostro.

Leo intentaba abrir el tiro desde la mesa, pero la ganancia frontal deslumbró a Carmen, que parpadeó dos veces y perdió el hilo de su parlamento.

—«Si el mar devuelve la barca...» —balbuceó Carmen, mirando al techo con un gesto de extravío antes de retomar el texto—. «Si el mar devuelve la barca, sabremos que el viento no mintió».

—Sigue, Carmen, no te pares —le pedí con voz firme, anotando con un trazo seco la pérdida de posición—. Andrés, dos pasos al centro para compensar. ¡Ahora!

Andrés obedeció a trompicones, pero su desplazamiento precipitó el quiebro ensayado para la huida. Al moverse antes de tiempo, invadió la trayectoria de Tomás justo cuando este aparecía por el foro derecho.

Tomás, en su papel de patrón de pesca, avanzó con paso firme esperando el contracálido que la vara cuatro debía proyectar sobre él. Sin embargo, con el coro apelotonado en el centro huyendo de las esquinas oscuras, se topó con una masa compacta de actores.

Para esquivarlos, dio un rodeo instintivo hacia el lateral. La luz no lo siguió. El haz cálido cayó sobre una tabla vacía, mientras Tomás pronunciaba su monólogo con medio cuerpo sumido en la penumbra.

Detrás de mí, los dedos de Leo golpearon el teclado de la consola, reajustando secuencias a toda prisa. Un foco lateral parpadeó, varió de intensidad en plena frase y arrojó una ráfaga blanca que rebotó contra el telón de fondo, quebrando el clima de la escena.

—¡Tomás, no te vayas a la pata! —intervine, poniéndome de pie en el pasillo—. ¡Vuelve a la diagonal de proscenio!

—¡Si voy a la diagonal me como a Sofía, Marina! —protestó Tomás, alzando la voz por encima del murmullo del coro.

El elenco se detuvo. Sofía miraba fijamente las marcas de cinta azul en la madera; Andrés tenía los ojos clavados en los focos del techo, esperando a ver cuál encendía para decidir hacia dónde caminar; y Carmen permanecía inmóvil en el centro, con los brazos caídos y los hombros en tensión.

Nadie miraba a su compañero. La energía del texto se había disuelto en una vigilancia ansiosa de las sombras y el suelo.

—¡Alto! —la voz de Tomás retumbó en la caja escénica. El veterano director del grupo comunitario bajó los brazos hacia el patio de butacas—. Así no podemos seguir. No sé si tengo que actuar para el pueblo o hacer un examen de puntería para esquivar las sombras de Leo.

Me quedé en medio del pasillo, con el cuaderno apretado contra el pecho. En la penumbra de la sala, me volví hacia la mesa técnica. Leo estaba de pie tras la consola, con los cascos en el cuello y las manos apoyadas en el borde metálico de los controles.

—Redujiste la apertura de los laterales —le solté—. Dijiste que los niveles estaban compensados.

—Están compensados en potencia y seguridad de la línea —respondió él, con un tono neutro que no ocultaba la tensión—. Si mantenía el ángulo ancho con los focos halógenos, el cuadro saltaba por temperatura en cinco minutos. Te avisé de que las zonas estaban reajustadas.

—Mandaste dos líneas a medianoche, Leo. No dijiste que habías recortado metro y medio de escenario útil en cada banda. ¡Has metido a catorce personas en una caja de zapatos!

—Y tú empezaste a gritar cambios de posición en mitad de una pasada continua —repliqué, bajando los escalones con paso firme—. Si mueves a Andrés al centro antes de tiempo, me pisas el tiro cenital y dejas a Tomás a oscuras. La mesa no puede adivinar correcciones improvisadas.

—¡Corregí porque tus focos los estaban dejando ciegos o invisibles!

—Basta —la voz seca de Clara cortó la discusión.

La coordinadora de producción bajó del proscenio y avanzó por el pasillo central con la tablilla en la mano. El cronómetro colgaba inerte de su muñeca.

—Teníamos una hora para el primer acto y llevamos diecisiete minutos perdidos en la primera transición —dijo, mostrándonos la hoja—. Si seguimos así, en media hora llega Inés con el vestuario y el elenco no habrá completado ni una escena. Se suspende la pasada.

—Clara, podemos retomar desde la entrada de Tomás...

—No vamos a retomar nada hasta que sepáis qué estáis montando —zanjó Clara—. Los actores están agotados de recibir órdenes cruzadas. Descanso de quince minutos para el elenco; vosotros dos, resolved esto antes de que Beatriz cruce esa puerta a las doce.

Clara acompañó a Tomás y al grupo hacia los camerinos. El murmurlo desanimado se fue apagando por el vestíbulo hasta que la puerta de doble hoja se cerró.

Al fondo, junto al cuadro eléctrico principal, Gabriel cerró la tapa metálica con un golpe seco, comprobó un último medidor y se marchó por la salida de emergencia sin decir una palabra, dejándonos a solas.

El silencio volvió a caer sobre la sala.

Me giré hacia el escenario. Sobre las tablas gastadas, el cono azul cobalto seguía encendido en el centro, nítido y frío, mientras los extremos del proscenio permanecían sumidos en la penumbra. Las marcas de cinta adhesiva brillaban bajo la luz residual, desiertas.

Por separado, dirección e iluminación habrían tenido sentido; juntas sobre la madera del Teatro de la Marea, parecían deux obras disputándose a empujones el mismo escenario.

Bajé la vista hacia las hojas del cuaderno de dirección, donde los trazos de tinta roja marcaban correcciones que no habían servido de nada.

El zumbido de la consola se apagó cuando Leo desconectó la alimentación principal, dejando la sala en una penumbra fría, rota únicamente por el resplandor residual del ciclorama.

Escuché sus pasos descender por la moqueta del pasillo central. Se detuvo a dos metros de mi fila, con la libreta de esquemas bajo el brazo y las manos hundidas en los bolsillos del pantalón de faena.

—Si no podemos abrir el tiro lateral con lo que hay colgado —dije, levantando la cabeza para mirarlo de frente—, pedimos dos proyectores auxiliares de suelo a la compañía municipal.

Los colocamos en las calles de proscenio, fuera de la vista del público, y recuperamos los dos metros de cobertura para el coro sin tocar las marcas originales.

La puerta de emergencia del lateral chirrió sobre sus goznes antes de que Leo pudiera responder.

Gabriel entró de nuevo en la sala sacudiéndose unas gotas de lluvia de los hombros, seguido de Clara y de Tomás.

Detrás de ellos, con el abrigo sobre el brazo y los pasos firmes resonando en el suelo de madera, apareció Beatriz Valdés.

Llegaba con diez minutos de adelanto sobre el horario previsto.

Gabriel se detuvo junto al pasamanos de la fila cuatro y apoyó la linterna en el respaldo.

—No vas a enchufar dos proyectores más en este teatro, Marina —dijo con esa sequedad pausada que no admitía réplica—.

El embarrado de la acometida trabaja a doscientos dieciocho voltios.

Con la humedad que entra del mar y las cajas de derivación condensando en la tramoya, el límite son siete mil vatios continuos por sector.

Si metes dos lámparas más en el suelo, salta el interruptor general antes de que el coro termine de cruzar la escena.

—Podemos tirar una línea desde los camerinos —insistí, aferrándome a la estructura de mi puesta en escena.

—El cuadro de camerinos alimenta las bombas de achique del foso y el alumbrado de evacuación —atajó Gabriel, mirándome sin parpadear—. Nadie va a colgar un solo cable más en ese circuito mientras yo firme el parte de seguridad.

Apreté los labios. Me volví hacia Leo, buscando en su gesto alguna sorpresa ante las cifras técnicas de su padre, pero sus ojos estaban fijos en la madera del proscenio.

—Sabías que este era el límite desde ayer —le dije, bajando la voz para no quebrar el control que me costaba mantener—. Sabías que no había potencia para sostener el baño lateral y aun así me mandaste un correo a medianoche diciendo que los niveles estaban compensados.

Leo sacó las manos de los bolsillos y sostuvo mi mirada, con la mandíbula tensa.