Bajo las Luces del Teatro Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Clara se caló las gafas de lectura y recorrió la columna con la punta del bolígrafo. Sus ojos se detuvieron en la tercera fila.

—Leo, has quitado los dos recortes de la vara tres y has bajado el lateral izquierdo al cuarenta por ciento en la transición de Carmen.

—He ajustado los consumos a los márgenes seguros del teatro, Clara —respondí, manteniendo un tono deliberadamente profesional—. Con la humedad que entra por la tramoya no podemos forzar las líneas.

Clara levantó la mirada por encima de la montura, con el ceño fruncido.

—A mí los amperios me dan igual mientras no arda el edificio, pero conozco las marcas que Marina fijó esta mañana.

Si bajas el lateral izquierdo, la diagonal que ensayaron Andrés y Sofía se queda a oscuras en los últimos tres pasos antes de llegar al bastidor.

Marina va a tener que apretar el semicírculo y recortar los desplazamientos del coro para que no caminen a tientas.

—No hace falta tocar las marcas —atajé—. Compensaré la ganancia desde la consola. Si subo el tiro frontal medio punto cuando el coro inicie el giro, el ojo asimila la falta de lateral sin que ellos noten el hueco.

Clara sostuvo la hoja en el aire, mirándome sin pestañear antes de dejarla caer sobre la tablilla.

—Marina odia las sorpresas en el pase general, Leo. Si el elenco pisa donde acordasteis y de pronto se encuentra con que la luz no está donde la vieron hace tres horas, se le va a desmontar la escena. Deberías llamarla antes de que cierre el parte de dirección.

Miré hacia el escenario vacío. En el centro del proscenio, la bombilla solitaria de trabajo proyectaba sombras alargadas sobre la madera gastada.

Llamar a Marina significaba reabrir el debate sobre la modernización del festival, admitir que el teatro imponía sus propias leyes y arriesgarme a que exigiera volver al montaje plano de siempre para no alterar el movimiento de los actores.

Significaba otra hora de fricción antes de la presentación oficial del viernes.

—El acuerdo con Marina fue que yo garantizaba la viabilidad de la iluminación dentro de los límites de la sala —dije, apoyando los dedos sobre el teclado de la mesa de luces—.

La propuesta se sostiene. Las zonas principales están cubiertas y el calendario se mantiene intacto. Pásale esa hoja a los tramoyistas.

Clara apretó los labios, pero no insistió. Anotó una cifra en su tablilla, recogió la copia y se puso de pie.

—Tú sabrás lo que haces con tus números —dijo con sequedad—. Pero si mañana a las diez el coro se frena en seco porque no ve la embocadura, el retraso no va a ser mío.

Se dio la vuelta y sus pasos resonaron por el pasillo hasta perderse hacia los camerinos.

Apenas un minuto después, la puerta del vestíbulo volvió a abrirse. Mi padre entró despacio, cargando la caja metálica de herramientas en una mano y la linterna en el cinturón. Subió por las escaleras laterales del patio de butacas hasta detenerse junto a mi mesa.

Dejó la caja en el suelo con un golpe seco y se inclinó sobre el esquema abierto en la libreta.

Recorrió las cifras con el dedo encallecido, deteniéndose en la suma final de intensidades.

—Seis mil cuatrocientos vatios en la punta del segundo cuadro —comprobó en voz baja—. Con ese reparto las pletinas no van a pasar de cuarenta grados. La línea tres trabajará desahogada.

—Te dije que lo ajustaría —contesté.

Gabriel enderezó la espalda y me miró con calma, con esa fijeza que no necesitaba alzar la voz para resultar incómoda.

—Los números están dentro de norma, Leo. Es una instalación segura. —Hizo una pausa breve y señaló con la barbilla hacia el escenario—. ¿Pero esto es lo que ellos creen que van a ensayar mañana?

Sentí un pinchazo en la nuca, pero sostuve la vista sin mover un músculo.

—Es la potencia que admite el teatro, papá. No hay otra forma de iluminar esta obra sin quemar el cuadro.

Mi padre no replicó. Se limitó a asentir con un gesto lento, recogió su caja metálica y se ajustó la correa al hombro.

—Comprueba las conexiones de la regleta antes de marcharte —dijo, dándome la espalda—. Mañana a primera hora paso a precintar el armario principal.

Lo vi alejarse por el pasillo central hasta que la puerta del vestíbulo se cerró tras él.

El silencio volvió a adueñarse de la sala.

Abrí el correo en la pantalla de la consola, creé un mensaje nuevo para Marina y adjunté la lista de canales modificada.

En el cuerpo del texto escribí apenas dos líneas: *Líneas 2 y 3 reajustadas según los márgenes de seguridad térmica de la acometida.

Niveles generales compensados para el pase de mañana sin afectación de tiempos. *

Pulsé enviar.

El mensaje desapareció de la bandeja de salida.

Dejé las manos sobre los potenciómetros del canal maestro y empecé a programar las curvas de atenuación una por una.

Bajo mis dedos, los faders respondían con una suavidad milimétrica: subían, bajaban y mantenían el valor exacto que yo les ordenaba, sin dudas ni reproches en la penumbra del teatro vacío.