Capítulo 4 #2
—Opciones firmes —repitió despacio, masticando las dos palabras—.
Proyectos que dependen de que un concejal firme un papel en otoño o de que una empresa de fuera no se quede con el concurso a última hora.
El papel lo aguanta todo, ya te lo he dicho antes.
Pero una vida aquí no se sostiene sobre lo que Beatriz Valdés o cualquier otro gestor te prometa en una comida de trabajo.
Apreté la libreta contra las costillas. En su cautela solo escuchaba un dictamen de fracaso anticipado.
—No es una promesa en el aire, papá. He ajustado los márgenes de amortización de las luminarias al céntimo.
Si saco adelante el diseño con la potencia que me has marcado, demuestro que Estudio Lumbre puede modernizar cualquier espacio antiguo de la zona con la mitad de presupuesto que una empresa de la capital.
Son tres municipios interesados y un calendario de ejecución que empieza en octubre.
—Me estás hablando de vatios, de números y de clientes que aún no te han pagado la primera factura —atajó Gabriel, mirándome de frente, con una severidad que no buscaba herir, sino levantar una barrera frente a lo frágil—.
Hace seis años también me explicaste con un calendario en la mano por qué no podías dejar pasar aquella oferta en la compañía de gira.
Tenías los plazos medidos, los contratos revisados y una lista de razones intachables.
Y cuando llegó el día, recogiste las cajas de noche y quienes nos quedamos aquí solo vimos la puerta cerrarse.
El viento dobló una esquina del cartel del festival con un chasquido seco.
La frase cayó con la exactitud de una medición sin margen de error.
No había resentimiento en la voz de mi padre, solo la memoria intacta del vacío que dejé en el taller familiar y en la casa de la ría.
Y detrás de esa puerta cerrada estaba también el andén donde Marina me había esperado con un silencio que todavía no había sido capaz de descifrar.
Aparté la vista hacia los botes amarrados que cabeceaban al compás de la marea.
—Entonces no tenía otra forma de arrancar —dije, buscando un tono sereno que ocultara la tirantez de la mandíbula—. Si me quedaba, me habría limitado a hacer empalmes en las naves conserveras toda la vida. Tenía que aprender el oficio fuera.
—Nadie te reprocha que quisieras aprender, Leo —respondió Gabriel con voz baja y pausada—.
Te reprocho que creas que volver es tan fácil como descolgar una herramienta y fingir que el tiempo no ha pasado para los demás.
Querer quedarse no es esperar a ver si te sale un contrato grande para decidir si este sitio merece la pena.
Quedarse es asumir el riesgo incluso cuando las cuentas no cuadran del todo.
Quise decirle que precisamente por eso había vuelto: porque quería levantar un espacio propio desde Puerto Escondido, sin depender de encadenar producciones ajenas que me obligaran a empacar la vida cada seis meses.
Quise explicarle que el miedo a fallar, a prometer una estabilidad que luego no pudiera sostener, era lo que me había hecho callar entonces y lo que ahora me empujaba a calcular cada paso.
Pero me quedé callado. Decirle eso era admitir que el silencio de hacía seis años no había sido una prudencia impecable, sino exactamente el abandono que tanto temía; era poner sobre la mesa lo que me jugaba con Marina sin tener una sola certeza que ofrecer.
—Tengo que revisar las tablas de la línea tres antes de que Tomás y el elenco vuelvan al escenario —dije, dando medio paso hacia la puerta de carga.
Gabriel me miró en silencio durante un segundo largo. No insistió ni intentó retenerme; se limitó a apoyar de nuevo los brazos en la barandilla de hierro, de espaldas, frente al mar revuelto.
—Comprueba los aprietes de los bornes —dijo únicamente, con el tono áspero del electricista que vuelve a su tarea—. Si una tuerca queda floja, el cobre se sulfata antes de que te des cuenta.
Asentí aunque él ya no me miraba, empujé la chapa metálica de la entrada y volví a la penumbra fría del teatro, amparado en la urgencia inmediata de mis esquemas.
El pestillo de la puerta de carga encajó con un golpe seco que apagó el rumor del viento. La penumbra del Teatro de la Marea me envolvió de nuevo, densa, cargada de olor a madera vieja y al barniz reseco del patio de butacas.
Caminé por el pasillo lateral hasta la fila siete y me senté frente a la mesa auxiliar. La pantalla de la consola portátil arrojaba un resplandor azulado sobre las hojas cuadriculadas y el plano de planta del escenario.
Abrí la libreta. Siete mil vatios continuos por sector.
La cifra de mi padre no dejaba margen para florituras.
Con doscientos dieciocho voltios reales en bornes, cada proyector halógeno de mil vatios encendido al cien por cien consumía casi cinco amperios de la línea.
Si mantenía el baño ámbar simultáneo con los recortes cenitales y el fondo cobalto, el magnetotérmico general del cuadro secundario acumularía calor hasta saltar a mitad del segundo cuadro.
Tomé el lápiz y empecé a tachar canales.
Reduje la intensidad de los dos proyectores de calle al sesenta por ciento durante la entrada del coro.
Reasigné las varas dos y tres a fases distintas para equilibrar el consumo y modifiqué la secuencia de encendido: en lugar de abrir los tres ambientes a la vez, los escaloné en transiciones solapadas de dos segundos.
Al apagar los laterales antes de que el ciclorama alcanzara su cota máxima, la carga se mantenía en seis mil cuatrocientos vatios.
Sobre el papel, la matemática era intachable.
La instalación respiraba. Pero el haz útil sobre el entablado perdía casi dos metros de apertura en los extremos: la luz ya no acompañaría a los intérpretes si se abrían demasiado hacia las patas, sino que los forzaría a mantenerse agrupados en el cono central.
El chasquido de unos pasos rápidos en el pasillo me hizo levantar la vista. Clara se acercaba con la tablilla de producción bajo el brazo y una taza humeante.
—Dime que tienes la asignación de canales cerrada —dijo, dejándose caer en la butaca contigua con un suspiro breve—.
Tengo a los dos tramoyistas esperando la orden de carga para colgar los filtros antes de que empiece el turno de mañana.
Si cambiamos las varas otra vez, nos comemos el tiempo del pase de vestuario.
Le tendí la hoja de desglose recién corregida.
—Está recalculado. Redistribuí las tres fases para no sobrecargar el cuadro antiguo y bajé potencias en las escenas de conjunto.