Capítulo 4
La carga que admiten los cables
Leo Aranda
El olor a óxido y polvo acumulado en el cuadro principal de acometida era el mismo de hacía quince años. Mi padre deslizó la tapa metálica con un chirrido sordo y apuntó con la linterna hacia los viejos bornes de baquelita.
—Cuidado con la puntera —dijo, sin levantar la vista—. El cable azul del neutro tiene la camisa cuarteada en la entrada del tercer magnetotérmico. Si lo tocas con la mano desnuda mientras mides, te vas a acordar de mí.
Acomodé la pinza amperimétrica en la mano derecha y ajusté el selector de rango.
—Ya lo he visto —respondí, apartando el pulgar un par de centímetros antes de encajar las puntas de prueba en la regleta—. Solo quiero comprobar la tensión de entrada antes de que encendamos la vara tres.
El multímetro emitió un pitido seco y estabilizó la lectura en pantalla: doscientos dieciocho voltios. Un valor bajo, castigado por la distancia hasta el transformador de la calle y por las décadas de salitre que carcomían las uniones del embarrado.
Mi padre apoyó la linterna en el borde del armario eléctrico, sacó del bolsillo una pequeña navaja de electricista y raspó con suavidad la etiqueta descolorida de un interruptor.
Había dedicado media vida a mantener las líneas de los talleres del puerto y los cuadros municipales de la comarca; conocía cada empalme del Teatro de la Marea mejor que los planos originales del archivo.
—Has metido doce mil vatios en el cálculo preliminar —dijo, guardando la navaja y señalando con el dedo índice las tres líneas que subían hacia el telar—.
Esta instalación se montó para lámparas incandescentes de quinientos vatios y cuatro candilejas en el suelo.
Si subes todas las varas a la vez con los recortes halógenos que trajiste del taller, las pletinas van a coger temperatura en menos de veinte minutos.
—No van a encenderse todos al mismo tiempo, papá —expliqué, abriendo mi libreta de esquemas sobre la repisa de madera—.
He diseñado una secuencia escalonada. Cuando entra el coro, la vara dos baja al treinta por ciento antes de que el ciclorama empiece a recibir el azul cobalto.
La curva de atenuación compensa el pico de consumo; no pasamos de nueve mil vatios en ningún momento del cuadro.
Mi padre me quitó la libreta de las manos con un movimiento pausado. Se caló las gafas de cerca, recorrió la tabla de intensidades que yo había calculado la noche anterior en Estudio Lumbre y negó con la cabeza dos veces.
—El papel aguanta todo lo que le dibujes, Leo —dijo con voz grave y neutra—.
Pero el cobre húmedo no lee tus tablas. Fuera hay un ochenta por ciento de humedad y el viento del este mete aire salado por las rendijas de la tramoya.
Esa humedad se condensa en las cajas de derivación que están pegadas a la pared del fondo.
Si una línea trabaja cerca del límite térmico con este ambiente, el aislamiento se degrada el doble de rápido.
Señaló el interruptor general del cuadro secundario.
—Tu margen de seguridad no son tres mil vatios sobre el plano.
En este teatro, con este tiempo, tu límite real son siete mil vatios continuos por sector.
Si pasas de ahí, el térmico saltará por temperatura antes de que termine el segundo acto, y te aseguro que no va a esperar a que tus lámparas terminen de enfriarse.
Apreté los labios mientras miraba la fila de disyuntores gastados.
Siete mil vatios. Eso significaba podar casi un tercio de la potencia prevista para las escenas de conjunto, justo los cuadros donde Marina necesitaba que el semicírculo del elenco tuviera volumen sin perder a Carmen en los extremos.
—Puedo redistribuir las líneas —propuse, buscando una salida técnica viable—. Si paso los四个 proyectores de calle al cuadro auxiliar de los camerinos y tiro una manguera vulcanizada por detrás del foro, libro la vara central de la carga más pesada.
—No vas a tocar el cuadro de camerinos —sentenció mi padre, devolviéndome la libreta sin aspavientos—.
Esa línea alimenta los termos, los extractores y el alumbrado de emergencia del pasillo.
Si metes iluminación escénica ahí y salta el diferencial, dejamos a oscuras las vías de evacuación.
Este cuadro es el único autorizado para el montaje.
Si lo que quieres colgar no cabe en estas tres fases, el problema no es el cable: es lo que pretendes encender.
No había reproche en sus palabras, solo esa firmeza pragmática con la que siempre había delimitado lo seguro de lo imprudente. Mi padre no opinaba sobre la temperatura del color ni sobre la intención dramática de una sombra; marcaba la frontera física donde el edificio dejaba de resistir.
Me acerqué a la pared lateral del escenario, donde una manguera gruesa de cables negros bajaba desde la pasarela alta hasta el distribuidor de suelo.
Decenas de líneas secundarias se entrelazaban en una madeja compacta, sujetas con bridas plásticas envejecidas y cinta aislante resecada por los años.
Al tocarlas, la goma se sentía rígida bajo una fina película de salitre arrastrado por la brisa marina que se colaba bajo la puerta de carga.
El cálculo era demoledor. Si bajaba la potencia total a los límites que Gabriel acababa de fijar, el despliegue lumínico que había planificado para abrir el festival se desmoronaba.
No bastaba con mover un par de focos de sitio: tendría que renunciar a los baños laterales simultáneos, recortar intensidades y modificar la cobertura de las zonas donde los actores se desplazaban.
Y cada zona que cambiara afectaría directamente a las marcas que Marina había fijado con tanta precisión esa misma mañana.
La imagen de Marina en el proscenio, con los brazos cruzados y la carpeta apretada contra las costillas, me vino de inmediato.
Me había pedido con claridad que ningún ajuste técnico llegara al escenario sin pasar antes por el parte de dirección.
Si le decía ahora que la instalación no soportaba el diseño, la reacción sería previsible: cuestionaría por qué no había verificado las cargas antes de presentar la propuesta, o asumiría que el patrocinio de Beatriz nos había vendido una modernización imposible sobre un edificio en ruinas.
Sentí el impulso familiar de resolverlo todo a solas.
Podía quedarme esa noche en Estudio Lumbre, recalcular los circuitos uno a uno, eliminar dos focos de recorte, sustituir los filtros más oscuros por otros de mayor transmisión lumínica para compensar la falta de vatios y entregarle a primera hora una hoja con el problema completamente resuelto.
Una solución limpia, terminada, que le ahorraría dudas y evitaría otra discusión sobre los límites del teatro.
Mi padre cerró la puerta metálica del cuadro con un chasquido firme y dejó el comprobador de aislamiento sobre la mesa auxiliar.
—Si vas a cambiar el esquema, comprueba cada cálculo dos veces antes de tocar nada —dijo, limpiándose las manos con un trapo de algodón—. Y no fuerces la línea tres; esa regleta tiene más años que tú y no perdona descuidos.
—Lo reviso ahora.
Miré el fajo de cables vulcanizados que colgaba junto a la pared, lleno de dobleces y nudos ciegos que nadie se había tomado la molestia de ordenar en años.
Pasé los dedos por la goma rígida, midiendo la tentación de desenredarlos a solas antes de tener que subir al proscenio y admitir que la carga real superaba lo previsto en el papel.
Solté la manguera de cables y me limpié el polvo grisáceo de las palmas contra los vaqueros. El aire viciado de la tramoya empezaba a cerrarse en la garganta.
Empujé la hoja metálica de la puerta de carga y salí a la explanada lateral que daba al Paseo de la Bruma.
Una ráfaga de viento del este me golpeó de frente, cargada del olor denso de la bajamar y del crujido de las lonas recién instaladas.
Sobre los muretes de piedra, dos carteles provisionales del festival aleteaban con violencia, sujetos apenas por un par de grapas oxidadas.
Mi padre estaba apoyado contra la barandilla de hierro que separaba el asfalto del cantil de roca. Había sacado un paquete de tabaco del chaleco, pero sostenía el cigarrillo entre los dedos sin llegar a encenderlo, mirando la línea gris donde el mar se confundía con los nubarrones bajos.
Me acerqué con la libreta de esquemas bajo el brazo y me apoyé a su lado, dejando que el frío del metal me templara las muñecas.
—El viento va a arreciar antes de que caiga la noche —dijo, sin apartar los ojos de la dársena—. Si la marea sube con esta fuerza, el agua salada entrará por el desagüe del foso como hace diez años. Clara debería tener preparados los tablones de contención antes del jueves.
—Se lo recordaré en el parte de la tarde —respondí, mirando las olas romper contra los bloques de hormigón.
Mi padre guardó el cigarrillo en el bolsillo y se giró despacio hacia mí. Tenía los ojos entrecerrados por la resolana sucia de la tarde, surcados por esas arrugas profundas que le dejaba el gesto de revisar cuadros a oscuras.
—¿Y tú qué vas a tener preparado para después de la última función, Leo?
La pregunta cayó sin peso aparente, con el tono neutro de quien pregunta por el cambio de aceite de una furgoneta.
—Tengo el taller montado —contesté, señalando hacia la hilera de naves bajas que asomaban al final del muelle—.
Estudio Lumbre ya tiene los equipos básicos y una cartera de presupuestos para salas municipales de la comarca.
Si el festival sale con solidez técnica, hay opciones muy firmes de cerrar un contrato de mantenimiento y ampliación cultural que me daría trabajo fijo para los próximos tres años.
Mi padre dejó escapar un resoplido corto por la nariz, de una resignación vieja y conocida.