Capítulo 3 #3
—La transición funciona porque habéis tardado media mañana en poneros de acuerdo sobre tres metros de madera —replicó ella, guardando el cronómetro en el bolsillo del chaleco—.
Beatriz viene a las doce a revisar el avance de las partidas técnicas.
Si ve al elenco dudando si mirar al techo o al texto, nos va a recordar cada céntimo que puso sobre la mesa.
Me voy a la oficina a registrar las horas de sala; dejad el entablado despejado antes de que vuelvan.
Clara bajó del escenario con paso enérgico y sus pisadas resonaron por el pasillo central hasta que la puerta de entrada chasqueó al cerrarse.
El silencio del teatro cayó de golpe, espeso y quieto, roto únicamente por el crujido de las vigas que se enfriaban y el rumor del oleaje filtrándose por la puerta de carga.
En lo alto, la bombilla de la luz de trabajo oscilaba apenas unos milímetros, trazando un círculo blanco sobre las tablas gastadas.
Me giré hacia el centro del proscenio. Leo había bajado del patio de butacas y examinaba las marcas sobre el entablado.
—Tiene razón en los números —dijo sin levantar la vista.
—Tiene razón en todo —contesté, avanzando para despegar las cintas sobrantes del primer intento—. No podemos permitirnos otro arranque como este.
Me incliné sobre la marca ámbar que había desorientado a Carmen y tiré de la punta del adhesivo. Estaba reseco y pegado a las vetas del pino. Al mismo tiempo, Leo se agachó desde el otro lado para sujetar el extremo suelto; su mano rozó mis dedos antes de que pudiera apartarlos.
No se retiró. Quedamos a escasos centímetros, agachados sobre la misma tabla, con la respiración suspendida entre los dos.
Me llegó su olor, intacto tras seis años: salitre, polvo acumulado en las telas, metal tibio y ese jabón neutro del taller.
Una presencia demasiado sólida para ignorarla, ajena al organigrama de Beatriz y a las adendas del contrato.
Alcé la vista. Leo me miraba de frente, con los ojos oscuros fijos y una sombra de cansancio marcándole la comisura de los labios.
—Al menos seguimos discutiendo en el mismo idioma —dijo en voz baja, con un deje de humor templado que le suavizó las facciones—. Ninguno de los dos ha olvidado dónde están los tres metros ciegos de la vara cuatro.
Una risa corta, involuntaria, se me escapó antes de que pudiera contenerla. La réplica era idéntica a las que soltaba cuando nos quedábamos sin luz en los ensayos generales de instituto y recalculábamos las entradas a oscuras con una linterna entre los dientes.
La risa se apagó enseguida. Aquella complicidad inmediata ya no pertenecía al pasado; despertaba una atracción adulta que no admitía el refugio de la nostalgia.
Arranqué la cinta de un tirón seco, rompiendo el contacto.
Me puse de pie despacio y me limpié el polvo de los dedos contra el pantalón para marcar distancia con dos pasos atrás.
—Eso no arregla los cuarenta minutos de Clara, Leo —dije, recuperando el tono firme.
Leo se incorporó sin prisas mientras enrollaba el adhesivo entre las palmas hasta formar una bola compacta.
—¿Cuál es la regla, entonces? —preguntó, sosteniéndome la mirada.
—Muy sencilla: hasta el ensayo técnico de la semana que viene, ningún cambio de luz, de color o de intensidad que afecte a la posición de un actor llega al escenario sin haber pasado por el parte de dirección de la víspera.
—Eso ralentiza las correcciones menores, Marina. Si veo que un actor se queda en penumbra durante una pasada, tengo que poder abrir medio punto el canal sin pedir una reunión.
—No si ese medio punto hace que el actor cambie el paso para buscar la luz —atajé, señalando las marcas limpias en el suelo—.
Si detectas un desajuste, lo anotas. Al final de la jornada revisamos las notas juntos, decidimos qué se mueve y al día siguiente Tomás recibe una única instrucción.
Si la indicación sale de mi boca, el elenco no duda.
Si sale de dos sitios distintos, volvemos a perder cuarenta minutos.
Leo guardó la bola de plástico en el bolsillo de su chaqueta de trabajo. Asintió despacio, midiendo la exigencia sin buscar un resquicio para discutirla.
—De acuerdo. Una sola voz frente a ellos —aceptó. Hizo una pausa breve y dio medio paso hacia mí, manteniendo las manos en los bolsillos—. ¿Y entre nosotros? ¿El acuerdo se queda solo en lo que anotemos en el parte técnico?
La pregunta flotó bajo la luz de trabajo, despojada de cualquier tecnicismo sobre lámparas o tiros cenitales. El espacio alrededor parecía haberse encogido, reduciendo el teatro a ese círculo estrecho de claridad blanca sobre el entablado frío.
Apreté la carpeta contra el pecho, sintiendo el reborde duro contra las costillas.
—El trabajo es lo único que podemos corregir con un calendario, Leo —respondí.
Me di la vuelta sin esperar su réplica y caminé hacia la embocadura para recoger mis hojas de notas. No añadí nada más, pero al enfilar la salida lateral, la bombilla solitaria convertía el escenario vacío en un espacio mucho más íntimo de lo que estaba dispuesta a admitir.