Capítulo 2 #3
—Hemos revisado las cotas y los ángulos de tiro de los dos primeros cuadros —respondí, manteniendo la voz templada—. Hay ajustes que hacer en los tiempos del coro, pero estamos en plazo.
—Leo, no me interesan los milímetros de las marcas —atajó Beatriz con frialdad ejecutiva—.
Me interesa la viabilidad del conjunto. Sabes perfectamente lo que la comisión de patrocinio espera de esta edición.
Si el festival demuestra alcance, solvencia técnica y una codirección que funcione sin fisuras, el contrato para el programa de ampliación cultural de la comarca saldrá adelante y Estudio Lumbre tendrá la adjudicación prioritaria para los próximos tres años.
Miré las estanterías metálicas al fondo del taller: las cajas de repuestos a medio llenar, los transformadores reparados, los proyectos de iluminación arquitectónica que no pasaban de bocetos porque ningún cliente local se atrevía a firmar un presupuesto cerrado.
Ese contrato no era una simple partida más; era el respaldo decisivo para sostener el taller y afianzar mi permanencia en Puerto Escondido antes del invierno.
—Conozco las condiciones, Beatriz —dije en voz baja.
—Entonces asegúrate de que no haya tropiezos. Y un consejo profesional: sé transparente con Marina. Si ella comprende la magnitud de lo que nos jugamos todos con este montaje, entenderá por qué el patrocinio exige una renovación visual y dejará de atrincherarse en el modelo tradicional.
Apreté el auricular contra la oreja. La imagen de Marina esa misma mañana, mirándome desde el proscenio con los brazos cruzados y esa distancia cortante en los ojos, me volvió de golpe.
—Marina tiene que ocuparse de la dirección de los actores y de la coherencia del texto —contesté con firmeza—. No voy a poner mis números ni la viabilidad de mi estudio sobre su mesa de trabajo.
—No es una cuestión de orgullo, Leo. Es gestión de riesgos. Si ocultas información relevante para el proyecto, terminas tomando decisiones aisladas.
—No son decisiones aisladas, son responsabilidades distintas. Marina vino a dirigir una obra, no a salvar mi negocio. Si la propuesta visual funciona, será porque sirve a la escena, no porque ella sienta la obligación de hacerme un favor para que me quede.
Beatriz guardó silencio un par de segundos. El tecleo al otro lado de la línea cesó.
—Espero que tengas razón —concluyó con sequedad—. Tenemos la presentación técnica el viernes. Buenas noches.
La llamada se cortó. Dejé el móvil sobre la mesa y me pasé ambas manos por la cara, con el cansancio cargado en la nuca.
Tenía sentido mantener el contrato al margen.
Decirle a Marina que la continuidad de Estudio Lumbre dependía del festival solo enturbiaría el trabajo: lo interpretaría como un chantaje o como otra maniobra para imponer mis planos.
Callar no era engañarla; era blindar el espacio del ensayo, apartar una presión que me correspondía asumir a mí.
Me incliné sobre el tablero de dibujo y encendí la pantalla del ordenador. Abrí el archivo del diseño lumínico.
El cursor parpadeaba sobre el segundo cuadro.
Marina tenía razón en algo práctico: los cuatro segundos de espera que yo exigía para la transición de color frenaban en seco la violencia del texto.
Tomás y los actores no podían sostener una pausa forzada solo para que el filamento de mis halógenos completara su curva sin saltos visibles.
Agarré el lápiz y empecé a redibujar el esquema sobre una copia limpia.
Eliminé dos proyectores de recorte de la vara tres y reubiqué la entrada del azul cobalto en la calle lateral baja, donde la luz no manchaba el ciclorama aunque la actriz rompiera el paso con rapidez.
Modifiqué la curva de atenuación en la consola virtual: un segundo y medio en lugar de cuatro, compensando la caída brusca con un leve baño de ámbar residual que mantendría el volumen del coro sin exigirles esperar en la marca.
Fui tachando líneas, recalculando aperturas y ajustando los márgenes de consumo. La nueva versión era más limpia, menos invasiva y respetaba el ritmo que ella buscaba sin renunciar a la profundidad que el escenario necesitaba para no parecer plano.
Me recosté contra el respaldo de la banqueta, contemplando el nuevo diagrama terminado. Resolvía el cruce, protegía la intención dramática y no tocaba una sola de las cotas azules que Marina había pegado en el suelo.
Al mirar el reloj en la esquina de la pantalla —la una y veinte de la madrugada—, el silencio del taller volvió a caer sobre la mesa.
Había vuelto a hacerlo.
Había pasado tres horas encerrado entre mis herramientas, recalculando ángulos y fabricando la solución perfecta en solitario, decidiendo de antemano qué concesiones eran admisibles y cuáles no, todo antes de levantar el teléfono y preguntarle a Marina qué estaba dispuesta a mover ella.
Guardé el documento en formato de lectura, redacté un mensaje breve adjuntando el plano revisado y dejé el dedo sobre el botón de envío.
Pulsé la tecla. El archivo salió hacia su bandeja de entrada: otra propuesta que llegaba a sus manos resuelta de antemano, mientras la verdad sobre lo que me jugaba en cada foco seguía guardada en el cajón de mis facturas.