Capítulo 2 #2
Marina miró el cono de luz en el suelo. No hubo rechazo inmediato; durante tres segundos, vi en su postura la inclinación natural de quien sabe leer una atmósfera.
Dio dos pasos lentos hacia el centro de las tablas, pisó el borde donde el ámbar se cortaba con el azul y levantó la vista hacia los proyectores encendidos.
—Es un buen cuadro —admitió en voz baja. Después miró el plano desplegado sobre la mesa—. Pero no es lo que acordamos.
Regresó a la mesa y apoyó la yema del dedo sobre una de mis notas a lápiz rojo.
—Aquí pides que el coro tarde cuatro segundos más en replegarse hacia el foro —dijo, recorriendo el diagrama—.
Y en la escena tres, has desplazado la entrada de Tomás dos metros hacia la derecha para evitar que su sombra manche la vara baja.
Si Tomás entra por ahí, no tiene línea de visión directa con la protagonista.
Y si obligo al coro a esperar esos四个 segundos, la réplica pierde toda la violencia.
—Son cuatro segundos para que la temperatura baje de forma orgánica, Marina. Si la luz cae de golpe, el corte parece un fallo de cuadro.
—Es una retirada forzada, Leo. Ya te lo dije: la violencia del texto reside en la prisa, no en un atardecer estilizado.
—Marina se enderezó, mirándome de frente—.
Has diseñado un montaje entero alrededor de tus transiciones.
Estás pidiéndole al elenco que habite tus tiempos en lugar de iluminar los suyos.
—No estoy imponiendo una puesta en escena nueva —respondí, intentando mantener la serenidad, aunque sentí el calor subiendo por el cuello—.
Estoy creando un marco visual para que el festival compita con cualquier producción de fuera.
Si dejamos la obra en un plano estático, el público sentirá que está viendo exactamente la misma función que hace diez años.
La renovación no es un capricho; es lo que Beatriz y el patronato están exigiendo para justificar el patrocinio.
—Beatriz exige un festival con público, no un escaparate de Estudio Lumbre donde los actores parezcan siluetas decorativas.
—Tomás y el grupo no van a ser siluetas decorativas —atajé, señalando las marcas del suelo—. La luz los acompaña. Les da escala.
Marina soltó una risa seca, breve, que no tenía nada de humor. Recorrió el perímetro del proscenio con pasos lentos, las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, antes de detenerse a un metro escaso de donde yo estaba.
—Dime una cosa, Leo —dijo, bajando la voz con una calma que cortaba más que cualquier reproche—. ¿Siempre haces lo mismo? ¿Siempre regresas a un lugar ajeno con un plano cerrado bajo el brazo, convencido de que todo lo que había antes necesita ser transformado según tus tiempos?
La frase cayó en el aire del escenario con un peso que no pertenecía al festival. La referencia a los seis años de silencio, al día en que recogí mis cosas y dejé este mismo teatro sin una conversación franca, flotó entre los dos con la nitidez de un foco cenital.
Me quedé inmóvil. Sentí el pulso golpeando en las sienes, la urgencia de explicarle por qué me fui, por qué las decisiones entonces se me vinieron encima como una marea fuera de control.
Pero la disculpa atascada en mi garganta era demasiado grande, demasiado vulnerable para soltarla sobre esas tablas frías.
Desvié la mirada hacia el papel satinado sobre la mesa.
—La curva de atenuación de los proyectores halógenos exige un tiempo mínimo de respuesta —dije, midiendo las palabras con una precisión neutra, casi mecánica—.
Si usamos el filtro 201 en la vara trasera, el filamento tarda casi tres décimas de segundo más en enfriarse.
Si não retrasamos la salida del coro, la silueta de los actores se corta antes de que el haz alcance el nivel cero.
Es una cuestión física de la lámpara, nada más.
Marina me miró fijamente durante un silencio interminable.
La mandíbula se le tensó y sus ojos, que un instante antes buscaban una grieta en mi postura, se enfriaron por completo. No hubo más preguntas ni reproches. Solo esa distancia implacable que yo mismo acababa de levantar al esconderme detrás del filamento de una lámpara.
—La física de tus lámparas tendrá que adaptarse al ritmo del texto, Leo —dijo con sequedad, recogiendo su carpeta de anillas—. Tomás llega en veinte minutos. Apaga los focos antes de que Gabriel venga a revisar los cuadros.
Se dio la vuelta y caminó hacia la primera fila de butacas; me quedé solo junto a la mesa.
Me incliné sobre los mandos y bajé los potenciómetros. La luz ámbar y el azul cobalto se extinguieron con un crujido sordo. El escenario volvió a la penumbra grisácea de la mañana y me quedé allí, con la mano todavía apoyada sobre la palanca fría.
Aparté los dedos de la palanca de metal, con el frío residual del aluminio en la piel.
El silencio en el patio de butacas duró poco: enseguida sonaron los pasos pesados de Tomás entrando por el vestíbulo y el tintineo de la caja de herramientas de mi padre al cruzar la puerta de carga.
La jornada se convirtió en una carrera de comprobaciones, listas de material y lecturas atropelladas donde Marina y yo apenas intercambiamos las palabras indispensables para no bloquear el ensayo.
Para cuando bajé la persiana metálica de Estudio Lumbre, la noche ya había borrado el perfil de las barcas en la dársena.
El taller olía a soldadura fría, a polvo de lija y al salitre denso que se filtraba por las rendijas de los ventanales traseros.
Encendí el flexo articulado sobre mi mesa de dibujo.
Su haz recortado iluminó el orden precario que sostenía el espacio: dos proyectores teatrales de segunda mano a medio restaurar sobre el banco de madera, tres rollos de cable vulcanizado pendientes de etiquetar y, junto al teclado del ordenador, una pila de facturas de proveedores que vencían a fin de mes.
A un lado descansaba la maqueta a escala del Teatro de la Marea, con sus varas de alambre y sus pequeñas gelatinas numeradas.
Estudio Lumbre era exactamente eso: un intento honesto de construir una base técnica propia sin más capital que mi tiempo y un puñado de encargos esporádicos para salas municipales que apenas cubrían el alquiler.
El teléfono vibró sobre el tablero, haciendo oscilar la regla metálica.
En la pantalla apareció el nombre de Beatriz Valdés.
Descolgué mientras me sentaba en la banqueta alta.
—Dime, Beatriz.
—Quería saber cómo ha ido la primera toma de contacto con el escenario —dijo, sin preámbulos. De fondo se escuchaba el tecleo rápido de un ordenador—. Clara me ha pasado el parte de horas, pero no menciona si habéis cuadrado el concepto visual con el elenco.
Pasé la mano por el borde del plano desplegado, alisando una esquina doblada.