Capítulo 1 #2
—Nadie va a tutelar tu trabajo —intervino Leo desde el lateral de la mesa.
Había apoyado el tubo portaplanos contra una silla vacía y permanecía con las manos en los bolsillos de la chaqueta, observando las notas azules que yo acababa de pegar en el suelo—.
La puesta en escena y la coordinación con el elenco siguen siendo tuyas.
Yo me encargo del diseño lumínico y de la propuesta visual.
Es una codirección compartida, no una sustitución.
Su tono era exasperantemente sereno. Mantenía los hombros caídos con naturalidad, la mandíbula relajada y la mirada fija en mis marcas, sin un parpadeo de tensión, con una templanza que me golpeó con más violencia que una descalificación abierta.
Mostraba la misma soltura de quien calibra un foco secundario, reduciendo la intromisión a un ajuste técnico para que cualquier objeción sonara desmedida.
—Compartida —repetí, mirándolo de frente por primera vez—. Decidida en un despacho a mis espaldas y presentada diez minutos antes de la primera reunión general. Muy profesional, Leo.
—Marina —atajó Beatriz con firmeza ejecutiva, sin elevar el tono pero ocupando todo el espacio—.
Las condiciones del patrocinio principal cambiaron cuando el patronato solicitó una partida extraordinaria para renovar la infraestructura del teatro y garantizar la cobertura en medios regionales.
Nuestra empresa no financia una muestra escolar ni una repetición idéntica de lo que se ha hecho los últimos diez años.
Financiamos un festival capaz de conservar su arraigo local y, al mismo tiempo, proyectar una imagen renovada que atraiga público de fuera.
—Y para eso consideráis que mi criterio no es suficiente —dije.
—Consideramos que una codirección equilibra las dos necesidades —replicó Beatriz, señalándonos a ambos con una leve inclinación de cabeza—.
Tú aportas la vinculación con el grupo comunitario, la dirección de actores y la memoria del festival.
Leo aporta la innovación técnica, el lenguaje visual de Estudio Lumbre y una propuesta capaz de situar este escenario a otro nivel.
Los dos tenéis responsabilidades delimitadas, pero el proyecto artístico que presentemos al comité debe llevar la firma de ambos.
El eco de sus palabras resonó contra las butacas desiertas.
Sentí una punzada helada en el estómago, que me devolvió de golpe a la compañía de la que me había marchado hacía seis meses: las reuniones donde los productores hablaban de sinergias y terminaban recortando mi puesta en escena para adaptarla al capricho del escenógrafo de turno.
Había vuelto a Puerto Escondido para no volver a pedir permiso por cada foco, por cada pausa, por cada movimiento del coro.
—¿Y si me niego? —pregunté, sosteniendo la mirada de Beatriz—. Si decido que la dirección de este festival no admite un bicefalismo que solo va a generar contradicciones en el escenario, ¿qué ocurre?
Beatriz cerró su cuaderno con un chasquido del elástico.
—Si no hay acuerdo en la codirección artística, la comisión de patrocinio retirará la partida complementaria.
Eso significa cancelar el alquiler de la consola digital, reducir el contrato de los técnicos de refuerzo, prescindir de la renovación de vestuario que Tomás solicitó para el elenco comunitario y limitar la programación a dos funciones testimoniales en lugar de la semana completa.
Clara tomó aire despacio a mi espalda. Sin ese dinero, el festival que Tomás y los vecinos llevaban meses esperando se convertía en un ensayo con público, precario y condenado a la irrelevancia.
Beatriz no amenazaba por capricho; aplicaba la lógica de los números sobre un teatro que apenas se sostenía con subsidios municipales.
Miré a Leo. Seguía inmóvil junto a la embocadura, con los ojos fijos en la carpeta abierta sobre la mesa.
—No vengo a imponerte nada, Marina —dijo él en voz baja, dando un paso corto hacia la mesa, sin invadir mi espacio—.
Sé lo que significa este festival para Tomás y para el pueblo.
Si quieres, dejamos mis planos a un lado ahora mismo y repasamos primero tu calendario.
Podemos ver dónde encaja mi trabajo sin tocar una sola de tus marcas.
Apreté los labios.
—Tus planos ya están condicionando el proyecto antes de que los desdobles, Leo —respondí, manteniendo la voz dura—.
Y la iluminación no es un adorno que se pega encima de los actores cuando terminan de hablar.
Si cambias la luz, cambias el espacio, cambias el ritmo y cambias lo que el público entiende.
—Por eso mismo tenemos que trabajar juntos —contestó él, sosteniéndome la mirada con una paciencia que me resultaba insoportable.
Beatriz consultó su reloj de pulsera, inflexible, y apoyó la mano sobre el respaldo de la silla.
—El calendario no admite dilaciones, Marina. Si aceptáis las condiciones, Clara puede tramitar los contratos de producción hoy mismo; si no, tendré que reasignar los fondos antes del mediodía.
La esfera dorada del reloj de Beatriz marcaba las nueve y doce. La aguja de los segundos avanzaba con un chasquido diminuto que el vacío de la sala multiplicaba contra el respaldo de las butacas de castaño.
Miré más allá de la mesa, hacia el fondo en sombra.
En la tercera fila, el apoyabrazos izquierdo del asiento doce conservaba la muesca en media luna que Tomás había tallado con una navaja cuando montamos *La dama del alba* a los dieciséis años.
En la cabina técnica, la barandilla de latón aún tenía la mancha de pintura blanca de la última vez que el grupo comunitario repintó los paneles a contrarreloj.
Si me daba la vuelta y salía por la puerta de carga con la carpeta bajo el brazo, no estaría defendiendo mi criterio: dejaría a treinta vecinos sin presupuesto para telas, sin técnicos de refuerzo y con el escenario a oscuras antes de empezar.
Apreté los dedos sobre el plástico de las anillas hasta notar el reborde frío en la carne, tomé aire despacio y sostuve la mirada de Beatriz.
—Acepto la codirección —dije, midiendo el tono—. Pero no en blanco. Vamos a fijar las reglas antes de que Clara mueva un solo papel.
Beatriz retiró la mano del respaldo y asintió, esperando.
Me volví hacia Leo. No se había movido del lateral de la mesa; mantenía la linterna sujeta al cinto y los ojos fijos en mí, atentos a cada inflexión.
—Primera condición —dije, señalando el entablado bajo nuestros pies—: las indicaciones al elenco pasan únicamente por mí.
Tomás y los actores no van a recibir dos órdenes distintas en mitad de una pasada, ni van a corregir una postura porque a ti te convenga mover un tiro cenital.
Si una luz exige que alguien se detenga dos segundos más en el proscenio, me lo planteas y yo decido si la escena lo admite.
—De acuerdo —respondió Leo de inmediato—. Me parece lo más limpio para el grupo.
—Segunda: cualquier innovación que traiga Estudio Lumbre tendrá que justificar su función dramática. No voy a admitir un solo cambio de temperatura de color, ni una sola transición compleja, que solo sirva para lucir catálogo en la memoria de patrocinio. La luz acompaña a la obra, no la sustituye.
—Nunca he pretendido otra cosa, Marina.
—Y tercera —continué, ignorando la calma de su réplica—: el calendario es sagrado.
Toda modificación técnica que afecte al presupuesto asignado, a los tiempos de montaje o a las horas de ensayo de la compañía se discute en esta mesa con Clara presente antes de tocar una clavija del cuadro eléctrico. Nada de decisiones sobre la marcha.
Leo sacó las manos de los bolsillos y dio un paso hacia la mesa; apoyó los nudillos sobre el plano de planta que yo había desplegado temprano.