Bajo las Luces del Teatro Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Acepto las tres —dijo, con voz baja y firme—.

Pero necesito una garantía a cambio: si modificas los recorridos del coro en el segundo acto, las cotas deben quedar registradas en el parte de dirección con cuarenta y ocho horas de antelación.

Este teatro tiene líneas antiguas y no puedo reorientar los proyectores de vara alta si el elenco cruza por la derecha en lugar de la izquierda sin margen para recalcular la caída.

Lo miré con fijeza. Abrí la carpeta por la sección del segundo bloque para comprobar el esquema de la escena central.

—El cruce de entrada del tercer cuadro se hace desde el foro izquierdo —indiqué con la punta del lápiz—. Tomás necesita seis metros despejados para que el grupo avance en cuña antes de que caiga la réplica de la protagonista.

—Son siete metros y medio si cuentas el tiro de la pata dos —completó Leo sin mirar el papel, señalando la marca azul en el suelo—. Si entran con seis, la sombra del telón les cortará la cara a los tres primeros antes de llegar a la marca de proscenio.

El silencio volvió a caer sobre la madera.

Me quedé con el lápiz suspendido en el aire.

Eran las mismas medidas que habíamos calculado juntos a los dieciocho años, colgados de la pasarela técnica con una cinta de tela y las manos tiznadas de grasa.

La naturalidad con la que cerró mi cálculo me rozó la piel como una corriente fría: no era un técnico cualquiera leyendo un plano ajeno; era Leo anticipando mi esquema con una precisión que me negaba a recordar.

Cerré la carpeta con un golpe seco.

—Siete metros y medio. Quedará anotado en el desglose de mañana.

Beatriz recogió su cuaderno de cuero y lo acomodó bajo el brazo, satisfecha con el curso del trámite.

—Clara —dijo, volviéndose hacia la coordinadora de producción—, prepara las adendas a los contratos para la firma de esta tarde.

Pondremos la presentación oficial del festival en el ayuntamiento el viernes a mediodía.

Confío en que para entonces el plan técnico y la propuesta escénica estén perfectamente alineados.

—Tendrás el borrador de producción antes de las seis, Beatriz —respondió Clara, cargando la caja con los archivadores—. Voy abajo a tramitar las autorizaciones de carga para el material de Estudio Lumbre.

Clara me lanzó una mirada rápida por encima del hombro, una de esas advertencias mudas que postergan una conversación para más tarde, y bajó las escaleras del proscenio.

Beatriz la siguió con paso medido. El eco de sus tacones se apagó por el pasillo central hasta que la puerta principal del teatro se cerró con un chasquido sordo que devolvió la sala a su penumbra habitual.

El viento del malecón se filtró por las rendijas de la puerta de carga, trayendo un silbido fino y el olor denso a marea baja.

Me quedé de pie junto a la mesa, ordenando las hojas sueltas y cuadrando los bordes contra el cartón de la carpeta, concentrada en el movimiento mecánico de las manos para no levantar la vista.

—Marina —dijo Leo.

No me moví.

—Los límites están claros, Leo. Mañana a las nueve empezamos la lectura con Tomás.

Dio un paso hacia el centro del proscenio y se detuvo a una distancia prudente, justo donde la claridad grisácea de la claraboya se cortaba contra la penumbra del patio de butacas.

—Sé que las cosas... —Hizo una pausa corta, buscando las palabras con una cautela que no le conocía—. Sé que la forma en que me fui hace seis años no estuvo bien. No debí dejar que pasaran los días sin decirte nada.

El nudo contenido en mi garganta desde que lo vi cruzar la puerta de hierro se apretó de golpe, áspero como el salitre en las vigas.

Dejé el rollo de cinta azul sobre la mesa y me volví hacia él, sosteniéndole la mirada.

—No vine a Puerto Escondido a escuchar una disculpa al vuelo entre dos ensayos, Leo —dije, con voz baja y cortante—.

Hemos cerrado un acuerdo de trabajo para no dejar a Tomás y al pueblo sin festival.

Si vamos a sacar este montaje adelante, hablaremos de tiempos, de cargas eléctricas y de marcas en el suelo.

Y si algún día queda algo más que decir, vas a tener que ser bastante más preciso que eso.

Leo tragó saliva. La mandíbula se le tensó por una fracción de segundo, pero no insistió ni ofreció excusas. Bajó la cabeza en un asentimiento breve.

—Entendido —murmuró.

Se inclinó, recogió el tubo portaplanos apoyado en la silla, se lo cruzó a la espalda y caminó hacia la salida lateral. Sus pasos sonaron firmes sobre las tablas resecas hasta que la puerta de hierro chirrió en sus goznes y se cerró tras él.

Me quedé sola en mitad del escenario.

Fui hasta la pared del fondo, busqué el cuadro de mandos provisional junto a los camerinos y bajé los interruptores de las regletas superiores.

Los focos se apagaron uno a uno con un crujido metálico; solo quedó encendida la bombilla desnuda de la luz de trabajo, suspendida de un cable negro en el centro de la escena.

Su resplandor blanco dibujaba un círculo estrecho sobre el pino gastado: el festival seguía en pie, y la puerta que acababa de abrir permanecía abierta entre las sombras.