Bajo las Luces del Teatro
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Capítulo 1
La condición de las candilejas
Marina Soler
La cinta de carrocero vieja siempre se resiste a salir entera. Se quiebra en tiras resecas y deja sobre las tablas una marca grisácea que parece mugre acumulada de otro siglo.
Clavé la uña en el borde de una cruz descolorida en el centro del proscenio, tiré despacio y sentí el chasquido del adhesivo cediendo contra el pino desgastado del Teatro de la Marea.
El olor a polvo caliente y a madera encerada se mezclaba con la ráfaga de salitre que se colaba desde el malecón por las puertas entreabiertas.
Si levantaba la vista, entre la penumbra de las trescientas butacas de madera, todavía podía oír el rumor del mar chocando contra las piedras del Paseo de la Bruma.
Me incorporé, me limpié las palmas de las manos en los vaqueros y saqué del bolsillo el rollo de cinta azul nueva.
A mis pies, la carpeta de anillas negra reposaba abierta sobre la primera fila de tablas: doce semanas de producción divididas por colores, listados de intérpretes locales, necesidades de utilería y un cronograma milimetrado para que nada —absolutamente nada— quedara al arbitrio de la improvisación.
Esta vez la dirección era mía. No había una compañía ajena dictando recortes a última hora ni directores consagrados explicándome desde arriba cómo debía sonar mi propia voz.
—Si pretendes barnizar el escenario antes de las nueve, avísame y cancelo el café —dijo una voz desde la penumbra del patio de butacas.
Clara Montes apareció por el pasillo central cargando una caja de plástico llena de carpetas colgantes y dos vasos de cartón humeantes.
Llevaba el pelo recogido en un moño apresurado atravesado por un lápiz de carpintero y esa expresión suya que oscilaba siempre entre la eficiencia implacable y una resignación divertida.
—Solo estoy corrigiendo las cotas de entrada del coro —respondí, pegando un trozo de cinta azul con la puntera de la zapatilla—.
Las marcas del año pasado estaban desplazadas casi medio metro hacia la izquierda.
Si dejamos a Tomás entrar por ahí, el elenco se va a apelotonar contra las patas del telón.
—Tomás se apelotonará de todas formas, Marina.
Es su estado natural cuando dirige aficionados.
—Clara subió los tres escalones laterales con la caja apoyada en la cadera y la dejó sobre la mesa de trabajo que habíamos montado la víspera junto a la embocadura—.
Además, te he visto desde la cabina mover las seis sillas de la reunión, alinear los blocs de notas y colocar tres veces el mismo cenicero que nadie va a usar porque está prohibido fumar desde 1994.
—El orden ahorra discusiones.
—El orden excesivo solo demuestra que tienes demasiado café en sangre y ganas de pelear con quien entre primero por esa puerta.
—Me tendió uno de los vasos—. Tómate esto y suelta el rollo de cinta.
El equipo de producción llega en diez minutos.
Si te ven fregando las esquinas van a pensar que el presupuesto no da ni para escobas.
Acepté el café. El cartón quemaba agradable contra los dedos fríos por la brisa matinal.
Miré hacia el telar, donde las cuerdas de cáñamo colgaban enmadejadas en sombras hasta perderse en el techo abovedado.
El Teatro de la Marea conservaba las cicatrices de cada montaje que había visto desde mi adolescencia: muescas de clavos en el entablado, manchas de barniz en las bambalinas y ese eco profundo que devolvía cada palabra amplificada, obligándote a hablar con claridad o a callar.
—El presupuesto da para lo justo —dije, revisando de reojo el reloj de pared sobre la puerta de camerinos—.
Y precisamente por eso el calendario tiene que ser exacto.
Si cerramos hoy el plan de ensayos con Tomás y definimos los bloques de montaje con el equipo técnico, no tendremos que pedirle favores a nadie a mitad de proceso.
—Beatriz Valdés ya está abajo —me interrumpió Clara en voz baja, asintiendo hacia el fondo de la sala—. Llegó hace cinco minutos. Ha dejado el coche en el muelle y viene revisando papeles en el móvil con cara de balance trimestral.
Sentí una punzada conocida en la boca del estómago, seca y precisa.
Beatriz era la llave del patrocinio principal; sin su visto bueno, los permisos municipales y el dinero para la renovación del vestuario y el alquiler de maquinaria simplemente no existirían.
Respiré hondo, dejé el vaso sobre la mesa y abrí mi carpeta por la página del organigrama.
—Perfecto. Tengo el desglose de costes listo para cuando quiera verlo.
El eco de unos tacones firmes sobre el entablado del pasillo central anunció a Beatriz antes de que su figura cruzara el haz de luz que entraba por las claraboyas.
Impecable, con una gabardina beige doblada en el brazo y un cuaderno de cuero oscuro bajo el codo, Beatriz subió la pequeña rampa de acceso al escenario sin perder el ritmo.
—Buenos días, Marina. Clara. —Nos dedicó una sonrisa ejecutiva, de esas que no conceden terreno antes de empezar a hablar—. Veo que ya habéis tomado posesión del espacio.
—Puntuales y con el calendario cerrado, Beatriz —respondí, señalando las copias ordenadas sobre la mesa—.
Si quieres, podemos revisar los hitos de las tres primeras semanas antes de que llegue el resto del comité.
He ajustado los tiempos para que el grupo local tenga prioridad en el escenario principal.
Beatriz levantó una mano enguantada en piel fina, deteniendo mi gesto hacia los papeles con una suavidad calculada.
—Agradezco la previsión, Marina, pero antes de desplegar nada prefiero que estemos todos. Falta una persona por incorporarse a la mesa.
Fruncí el ceño. Repasé mentalmente la lista de convocados: Tomás Cedeño por el grupo comunitario, Clara por producción, Gabriel Aranda como asesor de la instalación eléctrica municipal y yo como directora.
—Gabriel dijo que vendría a revisar los cuadros de luces a media mañana —apunté, manteniendo la voz neutra—. Y Tomás suele llegar con cinco minutos de retraso teatral. No necesitamos a nadie más para validar el plan de trabajo.
—No me refiero a Gabriel —dijo Beatriz, consultando la pantalla de su teléfono con calma imperturbable—. Me refiero a la codirección artística. Le pedí que viniera directamente al teatro para que la presentación fuera conjunta.
La palabra quedó suspendida en el aire húmedo del escenario con la violencia de un foco fundido. Clara se quedó inmóvil junto a la caja de archivos; sus ojos buscaron los míos en una fracción de segundo.
Tragué saliva y apoyé la palma sobre el borde de la mesa para no perder el pulso.
—¿Codirección? —pregunté con sequedad—. El acuerdo con el patronato estipulaba que la dirección del festival y la puesta en escena estaban bajo mi responsabilidad.
Antes de que Beatriz pudiera responder, el chirrido metálico de la puerta lateral de carga cortó la discusión. Una corriente de aire salado se coló en el escenario, agitando las esquinas de los planos sobre la mesa y haciendo crujir el terciopelo desgastado de las patas del telón.
Una silueta alta se recortó contra la claridad gris del muelle.
El recién llegado cerró la hoja de hierro con un golpe sordo del talón, se detuvo junto a la embocadura y levantó la vista de inmediato hacia las varas del telar, ladeando la cabeza para calcular mentalmente la altura de los tiros y el ángulo de tiro de los focos cenitales.
Llevaba una chaqueta de trabajo oscura arremangada hasta los codos, un tubo portaplanos cruzado a la espalda y una linterna técnica enganchada al cinturón de cuero desgastado.
Reconocí esa forma de estudiar un teatro antes de poder ponerle nombre al perfil: la costumbre obstinada de medir primero la sombra y después el espacio.
Dio dos pasos hacia la luz de trabajo y bajó la mirada hacia el proscenio.
Era Leo Aranda.
El mismo mechón rebelde sobre la frente, la misma calma exasperante en los hombros y los mismos ojos oscuros que, hacía seis años, me habían dejado con la respiración cortada frente a un andén vacío y un portazo seco que todavía me resonaba en el pecho.
Leo no titubeó al verme. Sostuvo la mirada un segundo exacto, lo suficiente para que el silencio entre las bambalinas pesara más que el viento que acababa de entrar del muelle, y después desenganchó el tubo portaplanos con un movimiento fluido, casi rutinario.
—Hola, Marina —dijo. Su voz sonaba más grave que en mis recuerdos, pero conservaba esa cadencia pausada, la misma que en otro tiempo servía para templar los nervios del equipo antes de un ensayo general.
Apreté los dedos contra el cartón rígido de mi carpeta, con el filo metálico de las anillas hincado en la palma. No le devolví el saludo. Me volví hacia Beatriz, manteniendo los hombros firmes y la barbilla en su sitio.
—Estábamos a punto de repasar el cronograma, Beatriz —dije, midiendo cada sílaba para no dejar escapar el menor temblor—.
Si Leo se incorpora al equipo técnico de iluminación para el festival, me parece bien que Gabriel delegue parte del trabajo de campo en él, pero el diseño de producción y las decisiones de dirección ya están cerradas en este documento.
Beatriz dio un paso hacia la mesa, abrió su cuaderno de cuero y extrajo una hoja impresa que depositó con cuidado sobre mis esquemas de colores.
—No se incorpora al equipo técnico de Gabriel, Marina. Tampoco viene a recibir instrucciones sobre un diseño cerrado. Leo asume la codirección artística del festival.
A mi lado, Clara soltó el lápiz de carpintero sobre los archivadores con un chasquido seco.
—Eso no fue lo que se habló con el patronato en diciembre —respondí, bajando la voz para hacerla más cortante—. Mi contrato estipula la dirección del festival y la responsabilidad absoluta sobre la puesta en escena. No necesito que nadie tutele mis decisiones.