BAJO EL SOL DE ROSWELL Sombras bajo el sol de Roswell #3
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Sombras bajo el sol de Roswell #3

Se subió al vehículo y cerró la puerta, buscando un refugio que ya no existía.

No, esta definitivamente no está siendo mi semana, pensó mientras se apoyaba contra el volante, dejando que el silencio del coche —ahora lleno de una soledad nueva y punzante— la envolviera por fin.

Pero, aunque intentara escapar, la chispa que Noah había encendido en el cementerio seguía quemando bajo su piel, una advertencia de que, en aquel pueblo perdido, el pasado no solo regresaba: venía dispuesto a reclamar su futuro.

Noah se quedó inmóvil en el centro de la tienda, con el eco de la campanilla de la puerta aún resonando en sus oídos.

Observó a Charlotte y a James; ambos compartían un gesto de preocupación genuina, esa clase de inquietud que solo surge cuando una pieza fundamental de un puzle, que acaba de aparecer, amenaza con romperse antes de ser encajada.

Elena , había huido como si el mismo diablo le pisara los talones.

Noah suspiró. La idea de tener una tarde tranquila en la oficina se evaporó.

Sabía, con una certeza que le molestaba tanto como le fascinaba, que no podía dejarla sola.

No era solo por hacerle un favor a Charlotte; era una atracción magnética, una curiosidad que le quemaba las entrañas.

Se despidió de su hermano y su cuñada con un gesto rápido y salió al calor sofocante de la calle principal.

El sol de Roswell golpeaba con fuerza, haciendo que el horizonte vibrara. Caminó con pasos largos, recorriendo la acera, escaneando cada escaparate, cada rincón de sombra, con la mirada de un cazador que no busca una presa, sino una respuesta.

Entonces, la vio.

Un destello de color rosa palo se filtró entre el gris polvoriento y el marrón del desierto.

Era ella. No había nadie más en Roswell con ese estilo, ese vestido tan sumamente femenino, ajustado con una elegancia que desafiaba la rudeza del entorno.

Parecía una aparición delicada en un escenario que no le pertenecía.

Noah redujo la velocidad, sintiendo cómo su pulso se aceleraba sin que pudiera evitarlo.

Ella caminaba con los hombros tensos, como si estuviera a punto de romperse, pero mantenía esa elegancia natural que le cortaba la respiración.

Estaba allí, a pocos metros, ajena a que él la observaba.

Noah sintió una punzada de protección mezclada con una impaciencia feroz.

—No vas a llegar muy lejos —susurró para sí mismo, con una media sonrisa desafiante dibujándose en sus labios mientras comenzaba a seguirla, manteniéndose a una distancia prudente, decidido a ser quien la encontrara antes de que ella decidiera desaparecer del mapa por completo.

Noah se detuvo un instante, permitiendo que la distancia entre ellos se mantuviera, pero sin perderla de vista. Aquella mujer era un enigma que no encajaba con el polvo y la aridez de Roswell, y eso, lejos de repelerlo, lo atraía con una fuerza gravitatoria.

No encontraba a Elena simplemente interesante; la encontraba encantadora, mucho más de lo que su orgullo le permitiría confesar jamás.

Le obsesionaba saber de dónde venía, qué calles de qué ciudad habían sido testigo de su crecimiento, qué capítulos de su vida la habían moldeado hasta convertirla en esa criatura tan sofisticada.

Quería saberlo todo: sus miedos, sus sueños olvidados, el nombre del idiota que la había dejado escapar.

Había algo en ella que lo descolocaba por completo: su forma de moverse, con una gracia natural que rozaba lo aristocrático; su manera de articular las palabras, con una educación y una elegancia que brillaban incluso en medio de su evidente tormento interior.

Sus vestidos, tan femeninos y ceñidos, eran una declaración de principios que contrastaba de forma fascinante con la rudeza del desierto.

Noah aspiró el aire, notando cómo el ambiente a su alrededor empezaba a cambiar. El aroma a tierra seca y leña que dominaba el pueblo fue sustituido, de repente, por una estela sutil y embriagadora.

Era ella.

El rastro de su perfume la seguía como una sombra invisible.

Era una fragancia a rosas, dulce, delicada y profundamente seductora.

Un aroma que, según dedujo Noah, debía ser su firma, algo tan inconfundible y encantador como la mujer que lo portaba.

Aquel olor le golpeó los sentidos, despertando un instinto primitivo que le exigía acortar la distancia, rodearla y protegerla de cualquier daño, incluso de sí misma.

La vio detenerse frente a un escaparate, apoyando una mano contra el cristal con una delicadeza que le oprimió el pecho.

Noah apretó los puños en los bolsillos de su pantalón, sintiéndose más vulnerable de lo que se había sentido en años.

Tenía que acercarse. Tenía que descubrir qué escondía esa elegancia que parecía esconder una tormenta, y estaba dispuesto a arriesgarlo todo —incluso su propia paz mental— para ser el hombre que descifrara el aroma de sus secretos.

—¡Elena! —la voz de Noah cortó el aire seco, obligándola a detenerse en seco.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Noah se detuvo, manteniendo una distancia respetuosa. La observó, con la chaqueta de marca aún impecable, a pesar de que el sol de la tarde empezaba a declinar.

—Tenemos que dejar de encontrarnos así —dijo Noah, con un tono que pretendía ser ligero, pero que se quebró al ver la expresión de ella.

Elena lo miró, seria, sin una pizca de humor en sus ojos verdes. La mirada de Noah no era la de un extraño; era la de alguien que la observaba con una intensidad que la desarmaba.

—¿De verdad crees que Charlotte es mi hermana? —preguntó ella, con la voz apenas un susurro.

—Tal vez —respondió él, evitando ser más explícito. Sabía que confirmar sus sospechas solo la alejaría más—. Pero es muy simpática, ¿no crees?

—Lo es. ¿Y tu hermano está verdaderamente enamorado de ella?

La pregunta cayó entre ambos como una piedra en un estanque.

Noah lo comprendió al instante: el dolor de Elena no era solo por la decepción de su propia boda fallida, sino por el contraste brutal de ver a una posible hermana, Charlotte, viviendo un cuento de hadas mientras el suyo se había hecho añicos.

Noah decidió abandonar su postura de observador distante.

—Te propongo algo —dijo, dando un paso adelante—. Si me dices quién es el imbécil que te hizo llorar, le daré su merecido.

Elena se detuvo y esbozó una sonrisa fugaz, una sombra de lo que seguramente era su alegría antes de toda aquella pesadilla.

—¿Tú? ¿Tú harías eso?

—Sin pensarlo —respondió Noah. Y lo decía en serio. Su instinto protector, ese que sentía por sus propias hermanas, se había activado. Para él, defender a las mujeres de su círculo no era una elección, era una naturaleza.

Como si el aire empezara a enfriarse con la caída del sol, Noah se quitó la chaqueta y, con un movimiento firme pero delicado, la dejó caer sobre los hombros de Elena. Ella se encogió, juntando las solapas del tejido, sintiendo el calor residual del cuerpo de él.

—Gracias —murmuró.

—¿Quieres comer algo?

—Hoy no, gracias.

—Vamos, Elena —insistió él, sin ceder—. Han pasado horas desde el desayuno y odio comer solo.

Elena dudó. Noah era un hombre que, por su porte y seguridad, podía tener a cualquier mujer.

Se sintió halagada, aunque su orgullo herido le gritara que debía resistirse.

Necesitaba autoestima, sí, pero no a costa de malentendidos.

Y entonces, la lógica de su desconfianza tomó el mando: él solo quería ser amable porque ella era la posible hermana de su cuñada.

—Hombre —masculló ella, perdiendo la paciencia.

—¿Perdón? —preguntó Noah, confundido.

—Solo estás siendo amable conmigo porque crees que soy la hermana de Charlotte.

Noah arqueó una ceja, imperturbable. —¿Y qué tiene eso de malo?