Capítulo 62 · La provincia número cincuenta
La provincia número cincuenta
Azucena envió el mensaje a las diez y doce.
«Me equivoqué de respuesta. ¿Te apetece tomar café mañana?»
Darío tardó nueve minutos. Ella los contó, lo que anulaba cualquier posibilidad de fingir indiferencia.
«Sí. Pero el libro ya está listo hoy».
Azucena sonrió.
«Mañana. Quiero tomarme en serio lo de no correr».
«A las seis».
No añadió un corazón. Ella tampoco. El alivio que sintió no necesitaba decoración.
Al día siguiente se vistió sin reducir el volumen.
Eligió una blusa fucsia, pantalón verde, las gafas azul y miel, pendientes dorados grandes y el broche de azucena.
Se pintó los labios de frambuesa. Después se quitó dos pulseras porque ocho producían demasiado ruido al mover la taza.
No era contención emocional. Era acústica.
Darío había despejado una mesa pequeña al fondo del taller. Había dos cafés y las pastas que quedaban.
—Te has comido las de chocolate —dijo Azucena.
—No sabía que formaban parte de la negociación.
—Todo forma parte de la negociación.
Darío esperó a que se sentara. Parecía tranquilo, pero golpeaba el cartón de la taza con el pulgar. Azucena no le había visto antes ese gesto. Le recordó que la calma también podía requerir esfuerzo.
—Lo siento —dijo ella—. No por no saber qué quiero. Tengo derecho a no saberlo. Lo siento por haberte respondido como si tú ya hubieras decidido quitármelo.
Darío dejó quieto el pulgar.
—Gracias.
—He pasado meses diciendo que no quiero comprometerme. A veces hacía falta. Otras veces era una forma rápida de no tener que averiguar qué estaba pasando.
—¿Y qué está pasando?
Azucena miró el café.
—Me gustas. Quiero verte. Quiero que me beses desde hace varias citas y empiezo a pensar que tienes una paciencia ofensiva.
Darío abrió la boca, pero ella levantó un dedo.
—No he terminado. También quiero conservar mi casa, viajar sola cuando me apetezca y no convertirme en la gestora de tu vida. No quiero que dentro de seis meses haya una bolsa con tu ropa en mi armario porque ha ido apareciendo sin que nadie la invitara.
—Mi ropa no sabe desplazarse sola.
—Eso dice la gente hasta que un pantalón ocupa un cajón.
Darío sonrió. Luego se puso serio.
—Yo tampoco quiero mudarme.
Azucena sintió una punzada absurda.
—No hacía falta decirlo con tanto entusiasmo.
—¿Ves? Esto va a ser complicado.
Ella se rio y la tensión perdió un poco de peso.
—Vivo bien solo —continuó Darío—. Necesito el taller, mis amigos, días en los que no hablar con nadie. No quiero acompañarte a todas partes ni que tú vengas a todos mis planes. Pero tampoco quiero que cada vez que estemos bien te marches para demostrar que puedes hacerlo.
La frase dolió porque no era del todo injusta.
—No prometo no asustarme.
—Yo tampoco. Quince años existen. No voy a fingir que no.
Azucena esperó.
—Puede que dentro de un tiempo queramos cosas distintas —dijo Darío—. Puede que tu salud cambie antes que la mía. O la mía antes que la tuya. Puede que te canses de mí, yo de ti o Nala organice un accidente. No lo sé. Lo que no quiero es convertir quince años en treinta antes de haber vivido uno.
—Cuando tú tengas mi edad…
—Tú tendrás ochenta. Ya hicimos esa cuenta.
—No quiero que un día sientas que has perdido algo por estar conmigo.
—Eso no puedes decidirlo por el Darío de dentro de diez años. Bastante trabajo tengo tomando decisiones por el de esta semana.
Azucena se pasó el pulgar por el borde de la taza.
—Puedo ser muy mandona.
—Lo había sospechado cuando intentaste controlar la distribución de las pastas.
—Y tú tienes respuestas para todo.
—No. A veces tardo nueve minutos.
Ella lo miró. Darío sostenía su mirada sin seducirla con una versión mejor de sí mismo.
No prometía que la diferencia de edad sería invisible, que nunca discutirían o que cada límite permanecería intacto.
Estaba allí con cincuenta años, una mancha de adhesivo en la manga y una necesidad de espacio que se parecía a la suya sin ser idéntica.
—No quiero reglas cerradas —dijo él—. Si dentro de seis meses te apetece dejar un cepillo de dientes en mi casa, no quiero que una conversación de hoy lo prohíba. Y si no te apetece nunca, tampoco pasa nada. Podemos hablar cuando las cosas ocurran.
—Eso suena peligrosamente razonable.
—Me pasa poco.
Azucena abrió el bolso y sacó la lista de provincias. La extendió sobre la mesa.
—Madrid estaba tachada.
—Lo recuerdo.
—No podía ser una parada cuando aún no sabía regresar. Pero ya he vuelto. Así que es la provincia cincuenta.
Darío contempló la lista.
—¿Y yo soy el hombre especial?
—No te pongas satisfecho. César sabía distinguir pájaros y Miguel tenía un jardín.
—Yo sé quitar hongos del papel.
—Y hacer café mediocre.
—Tengo posibilidades.
Azucena sacó un bolígrafo. No borró la línea sobre Madrid. Dibujó un recuadro alrededor de la palabra tachada y escribió al lado: «Regreso».
—No quiero que seas una casilla —dijo—. Ni el final del viaje, ni un premio por haber aprendido algo. Eso sería injusto para los dos.
—Me alegra oírlo. No tengo cuerpo de trofeo.
—Tienes un cuerpo bastante aceptable.
Darío alzó las cejas.
—Gracias por el entusiasmo.
—No quiero precipitarme.
Él se levantó para tirar las tazas. Azucena lo vio moverse por el taller y sintió otra vez el deseo, ya sin la necesidad de acompañarlo con un plan de contingencia. Cuando Darío regresó, se quedó de pie frente a ella.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora podrías besarme.
—¿Eso no cuenta como avanzar sin comité?
Azucena se levantó.
—El comité ha emitido resolución favorable.
Darío acercó una mano a su rostro. La sostuvo junto a la mandíbula, sin moverla, dando tiempo a que ella cerrara la distancia. Azucena lo hizo.
El beso no tuvo nada que demostrar. Fue lento al principio, casi prudente, y después menos. Darío sabía a café y chocolate robado. Azucena apoyó las manos en su pecho. Las pulseras que había conservado sonaron entre ambos. Él sonrió contra su boca.
—Acústica —murmuró ella.
—Claro.
Volvieron a besarse. El taller, con sus prensas, papeles y libros heridos, pareció quedarse extrañamente quieto.
Azucena sintió el calor de la mano de Darío en la cintura y la presión suave de sus dedos.
No era un beso de despedida como el de Almería ni una noche acordada de antemano como la de Málaga.
Tampoco contenía promesas invisibles. Era una elección en presente, y el presente duró bastante.
Cuando se separaron, Darío tenía una pequeña marca de carmín cerca de la boca.
—Te he manchado.
—¿Es reversible?
—Casi todo lo bueno lo es.
Él la miró con fingida indignación.
—Esa frase era mía.
—Las provincias redistribuyen recursos.
Salieron a caminar con el taller ya cerrado.
Madrid estaba caliente, ruidosa y completamente ajena a que acabara de convertirse en la última provincia de una ruta.
Azucena le enseñó a Darío la cafetería donde Marisa la había obligado a descargar la vida laboral.
Él le mostró el portal donde había vivido cuando abrió el taller y todavía no podía pagar dos habitaciones separadas para dormir y trabajar.
Pasaron frente a una papelería donde Azucena compraba bolígrafos para la oficina y a la que nunca había entrado por placer.
—Podríamos comprar uno —dijo Darío.
—Tengo catorce en casa.
—Eso no te impide comprar gafas.
Entraron. Azucena eligió un bolígrafo de tinta turquesa.
Darío compró una goma con forma de libro para su sobrina.
No visitaron monumentos ni buscaron una imagen reconocible para el perfil.
Recorrieron la ciudad hecha de sus propias capas: trayectos cotidianos, tiendas, calles donde habían discutido con antiguas parejas, bancos donde habían esperado llamadas, esquinas que no significaban nada hasta que el otro las contó.
Al atardecer llegaron al piso de Azucena. Zuri los recibió saltando y Nala se mantuvo a una distancia diplomática. Darío se agachó para saludar al perro y dejó que la gata decidiera.
—La provincia incluye dos autoridades locales —dijo Azucena.
—He traído documentación.
Sacó del bolsillo una pequeña flor de fieltro resistente, fabricada para gatos y sin piezas desprendibles. Nala la olfateó y la empujó bajo un mueble.
—Tramitación en curso —dictaminó Azucena.
Prepararon la cena juntos. Darío cortó verduras; Azucena cocinó. Discutieron por la cantidad de ajo y llegaron a un acuerdo que ninguno cumplió del todo. Tras la puerta cerrada de la galería, la maceta seguía mostrando solo tierra.
—Le estás dando demasiada agua —dijo Darío.
—Tú restauras papel.
—También he matado muchas plantas. Tengo experiencia en los síntomas previos.
—Miguel dijo que estaba bien.
—¿Miguel es Tenerife?
—Sí.
—Entonces retiro mi opinión frente a la competencia provincial.
Después de cenar, Darío recogió su plato y dejó el de Azucena. Ella lo señaló.
—¿Eso qué significa?
—Que dijimos que no iba a ocuparme de todo.
—Eres un manipulador.
—Estoy respetando límites.
Azucena llevó ambos platos a la cocina, riéndose. Al volver, Darío estaba junto a la estantería mirando la viñeta de Miquel enmarcada. Ella se acercó por detrás y apoyó la frente entre sus omóplatos. Lo hizo sin anunciarse. Darío cubrió sus manos con las suyas.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó.
Azucena escuchó la pregunta real.
—No.
Él se volvió. El segundo beso fue menos cuidadoso y más largo. Nala abandonó el salón con expresión ofendida. Zuri permaneció tumbado, satisfecho de que nadie estuviera comiendo sin él.
Darío se quedó aquella noche porque ambos quisieron. No llevó un cepillo de dientes, no dejó una bolsa y no prometió despertarse siempre a su lado.
El beso avanzó de la boca de Azucena a su mandíbula y de allí al cuello. Ella inclinó la cabeza, ofreciéndole espacio. Cuando los dedos de Darío encontraron el primer botón de su blusa, se detuvieron.
—¿Quieres que siga? —preguntó.
—Sí. Y no me trates como si fuera de cristal.
—Tú dime lo que quieres.
—Te lo diré. Tú también.
Se desvistieron sin prisa. Azucena abrió la camisa de Darío y encontró las canas que continuaban sobre el pecho, la cicatriz pequeña de la mano y una piel más cálida de lo que había imaginado en el taller.
Él recorrió con la boca su clavícula y la curva blanda de su vientre sin intentar esconderle el deseo ni corregirle el cuerpo.
Ella no encogió el abdomen, no buscó una postura favorecedora y no apagó la luz.
Una pulsera se enganchó en la camisa de Darío. Tuvieron que separarse entre risas para liberar la tela.
—Esto te pasa por acostarte con una mujer bien equipada —susurró Azucena.
—No pienso presentar una queja.
Hablaron de protección con la misma naturalidad con la que habían hablado de límites. La prudencia no enfrió el deseo; le dio un lugar seguro donde continuar.
En la cama se descubrieron despacio, con la torpeza inevitable de dos cuerpos que aún no conocían sus señales.
Darío preguntó «¿así?» y Azucena respondió con palabras, con las manos y con la forma de acercarlo.
Cuando pidió más despacio, él obedeció; cuando quiso sentirlo más cerca, se lo dijo al oído.
Hicieron el amor sin prisa y sin representar juventud, experiencia ni prudencia.
Hubo respiraciones rotas, carmín sobre un hombro y un placer cálido que le hizo apretar los dedos contra su espalda hasta que los dos acabaron riéndose en voz baja para no alarmar a los animales.
Después, tumbada en su propia cama con él a un lado y Nala reclamando el territorio a los pies, Azucena esperó la sensación de encierro.
No llegó.
A la mañana siguiente, Darío preparó café. Era peor que el suyo.
—Mañana podríamos tomar otro —dijo él.
Azucena bebió un sorbo y puso una mueca.
—En una cafetería.
—¿Eso es un sí?
—Es una medida de protección civil.