Capítulo 63 · Portugal empieza donde quiera
Portugal empieza donde quiera
La primera cosa que Darío llevó a casa de Azucena y dejó allí de forma permanente fue una taza.
No un cepillo de dientes, ni una camisa, ni un cargador abandonado con intención colonizadora. Una taza de cerámica azul que había comprado en una feria de encuadernación porque, según él, tenía el asa perfecta. Azucena la guardó junto a las suyas y no organizó una reunión para autorizarlo.
La segunda fue un cepillo de dientes.
Llegó dos meses después, dentro de un neceser que Darío se llevaba cada vez. Un domingo se olvidó el cepillo en el vaso del baño. Azucena lo encontró por la mañana, lo miró durante un rato y salió a pasear con Zuri. Cuando regresó seguía allí. El piso no parecía más pequeño.
Aquella tarde Darío compró otro para su propio piso.
Ahora, a comienzos de marzo, la taza azul estaba sobre la mesa del salón y el cepillo permanecía en el baño.
La ropa de Darío seguía en su propio armario, a treinta minutos.
Algunas noches dormía allí; otras, Azucena iba a su piso y se quejaba de las cortinas oscuras.
Había semanas en las que se veían cuatro días y otras en las que el archivo del taller, los viajes cortos de ella o el deseo de estar solos reducía los encuentros a uno.
No siempre resultaba sencillo.
En octubre, Darío pasó hasta la noche del día siguiente sin responder a un mensaje porque trabajaba con una entrega urgente y tenía el teléfono en silencio.
Azucena escribió tres versiones de una despedida definitiva, ninguna enviada, antes de llamarlo y preguntarle si estaba bien.
Él pidió disculpas por no avisar. Ella admitió que había imaginado un abandono con excelente puntuación y diálogos poco creíbles.
En noviembre, Azucena cambió una cena porque Marisa necesitaba ayuda con su nieta. Darío contestó «vale» y ella leyó frialdad donde solo había una palabra corta. Discutieron veinte minutos, se rieron cinco y acabaron cenando al día siguiente.
En enero viajaron juntos en La Jubilosa por primera vez. Darío ocupó el asiento del copiloto sin tocar la radio y resistió cuarenta minutos antes de sugerir una ruta alternativa. Azucena detuvo la camper en un lugar seguro.
—Puedes opinar —dijo—. Lo que no puedes es usar esa voz de navegador decepcionado.
—No sabía que tuviera una.
—La tienes. Dice «recalculando» incluso cuando callas.
Darío condujo una hora a la vuelta porque Azucena se lo pidió. Ella se durmió en el asiento y despertó sin que su libertad hubiera sufrido daños visibles.
Aquel sábado de marzo estaban preparando Portugal.
Antes de cerrar la ruta, Azucena había revisado los pasaportes europeos de Nala y Zuri, los microchips, la vacuna antirrábica vigente y las demás indicaciones de la veterinaria.
Darío figuraba ya como conductor autorizado de La Jubilosa en el seguro, aunque ella conservaba el derecho a criticarle cada cambio de marcha.
El atlas nuevo —un regalo de Darío, de segunda mano y con margen suficiente para anotaciones— ocupaba media mesa.
El cuaderno amarillo, casi lleno, descansaba al lado de la brújula de Zaragoza.
Azucena había extendido listas, reservas preliminares y un cálculo de kilómetros que ya excedía cualquier propuesta razonable.
Darío llegó del taller con una mochila y encontró a Marisa sentada en el sofá, bebiendo de la taza azul.
—Esa es mía —dijo.
—En esta casa no hay propiedad privada —respondió Marisa.
—No le hagas caso —intervino Azucena—. Vino a crear el perfil sin permiso y ahora se considera accionista mayoritaria.
Marisa había llevado una libreta nueva de tapas verdes. En la portada había escrito: Hombres que quizá sí y cosas que todavía más .
Azucena la leyó y la dejó sobre la mesa.
—No.
—¿No te gusta el color?
—No voy a empezar otra colección de hombres.
Darío se quitó la chaqueta.
—Me tranquiliza. La competencia interprovincial era agotadora.
—Podría llamarse «Portugal y otras formas de perderse» —propuso Marisa.
—Eso no está mal —admitió Azucena.
—Quiero derechos de autora.
—Te invito a café.
—Con la taza de Darío.
Mientras Azucena preparaba la cafetera, el esqueje aromático de Castellón perfumaba el alféizar. Darío abrió el atlas y estudió las líneas trazadas con rotulador turquesa.
—¿Por qué vamos primero al norte, después casi al sur y luego otra vez al norte?
—Orden alfabético.
—Era una broma.
—Yo no bromeo con la estructura.
Marisa soltó una carcajada desde el sofá.
El plan no era repetir el viaje anterior.
Azucena ya no necesitaba demostrar que podía atravesar un país siguiendo una regla absurda.
Pero le divertía la regla y eso le parecía razón suficiente.
Había decidido recorrer varios distritos y ciudades en distintas etapas, sin una fecha cerrada de final.
Darío la acompañaría durante los primeros doce días.
Después regresaría a Madrid para entregar un proyecto.
Más adelante volaría o iría en tren a encontrarse con ella durante otra semana.
El resto, Azucena viajaría sola con Nala y Zuri.
Al contar el plan en el perfil, algunas personas habían preguntado por qué Darío no dejaba el trabajo para acompañarla. Otras querían saber por qué Azucena no esperaba a que él pudiera ir. Una seguidora escribió que las parejas de verdad viajaban juntas.
Azucena respondió: «Las de mentira no sé. Esta viaja como le funciona».
No volvió a leer las respuestas.
Marisa se marchó después del café, llevándose por error deliberado un paquete de galletas. Darío extendió su lista de equipaje.
—Una mochila —dijo Azucena.
—Es una mochila.
—Has puesto cuatro libros.
—Uno es pequeño.
—La Jubilosa no calcula por intención.
—Tú llevas diecisiete pares de pendientes.
—Los pendientes no tienen lomo rígido.
Discutieron el equipaje hasta llegar a un acuerdo: Darío llevaría tres libros y Azucena no opinaría sobre el espacio que ocupaban, siempre que cupieran en su estante asignado.
Nala tendría el mismo escondite de siempre.
Zuri conservaría su arnés y lugar de viaje.
Darío no movería el cuaderno amarillo para colocar ninguna cosa.
Azucena no decidiría por él cuándo necesitaba una chaqueta.
—Estas sí son condiciones contractuales —dijo Darío.
—Deberíamos haber invitado a Lorenzo.
—¿Cuál era Lorenzo?
—Las gafas de Salamanca.
—Empiezo a arrepentirme de aprender los nombres.
Azucena se puso las gafas turquesas de sol, aunque estaban dentro de casa.
—Celos a estas alturas.
—No son celos. Es fatiga geográfica.
Zuri empezó a gemir junto a la puerta. Tocaba paseo. Azucena se levantó, pero Darío tomó la correa.
—Voy yo. Necesito comprar una cosa.
—¿Qué cosa?
—Si te lo digo, dejará de ser misteriosa.
—No compres más libros.
—No organices mi vida.
Darío le dio un beso rápido y salió con el perro.
Azucena se quedó sonriendo en mitad del salón.
Aún había momentos en que la facilidad de una escena cotidiana la sorprendía.
Había temido la rutina como si solo pudiera ser una renuncia.
Pero una rutina elegida no se parecía a preparar las citas de Julián, resolver las urgencias inventadas de Gonzalo o anticiparse al hambre de todo el mundo.
A veces era una taza azul, un paseo que otro daba con Zuri y la libertad de quedarse sola durante media hora sin que eso significara nada.
Nala saltó a la mesa y se sentó sobre el mapa de Portugal.
—Tú no vienes a las reuniones, pero luego bloqueas las decisiones.
La gata empezó a lavarse una pata.
Azucena la apartó con cuidado, entró sola en la galería acristalada y cerró la puerta tras ella para comprobar la maceta. Llevaba meses haciendo lo mismo. Al principio cada mañana; después dos veces por semana; últimamente solo cuando regaba. La tierra parecía idéntica a la del día anterior.
Aquel día había una punta verde.
Azucena se agachó. Era pequeña, apenas un pliegue que rompía la superficie. Tocó la tierra al lado, sin rozar el brote. Sintió una alegría tan inmediata que buscó el teléfono para fotografiarlo. Envió la imagen a Salvador, a Miguel, a Marisa y a Darío, aunque este estaba a dos calles.
Miguel respondió primero: «Ya sabe volver solo hacia la luz».
Curro, informado por Marisa antes de que Azucena pudiera evitarlo, mandó una fotografía de una taza con la frase impresa. Azucena respondió que Sevilla quedaba oficialmente expulsada de la próxima edición.
Darío regresó con Zuri y una bolsa de una tienda de animales.
—¿Qué has comprado?
Sacó un pequeño bebedero plegable para el perro y un juguete de tela para Nala.
—No necesitaban nada —dijo Azucena.
—Yo tampoco necesitaba la taza.
—La taza tiene el asa perfecta.
—Exacto.
Ella hizo entrar a Darío en la galería, cerró la puerta y le enseñó el brote. Nala y Zuri permanecieron al otro lado del cristal. Darío se agachó a su lado.
—No la has matado.
—Tu confianza me conmueve.
—Todavía es pronto.
Azucena le dio un codazo. Darío rodeó sus hombros con un brazo y ambos se quedaron mirando aquella mínima punta verde.
Al otro lado del cristal, Nala apoyó una pata en la puerta cerrada.
—Es mi planta —dijo Azucena.
—Y su frontera —añadió Darío.
—No empieces a invadir competencias.
Regresaron a la mesa. Darío examinó de nuevo la ruta portuguesa y siguió la línea con un dedo.
—Azucena, si hacemos esto por orden alfabético vamos a recorrer muchos kilómetros de más.
Ella miró el mapa, el cuaderno verde aún vacío, las llaves de La Jubilosa y, al otro lado de la puerta, la pequeña azucena que por fin había decidido asomarse.
—Darío, si quisiera hacer únicamente lo sensato, habría seguido trabajando para Gonzalo Montalbán.