Azucena por orden alfabético Capítulo 61 · La frase equivocada
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Capítulo 61 · La frase equivocada

La frase equivocada

Azucena pasó el fin de semana sola en La Jubilosa.

Condujo menos de dos horas, eligió un área tranquila y no se lo comunicó a Darío hasta que estuvo instalada.

No lo hizo para ocultarse, sino para comprobar que aún sabía marcharse sin convertir la salida en una declaración.

Él respondió a la fotografía de Zuri junto a la camper con un mensaje: «Espero que esta vez el alfabeto te haya dado tregua».

No preguntó por qué no lo había invitado.

Azucena cocinó algo sencillo, leyó bajo el toldo y paseó hasta que el cielo se oscureció.

Nala exploró con arnés el pequeño recinto seguro y regresó al interior en cuanto oyó una bicicleta.

Todo era familiar. El banco que se convertía en cama.

El sonido de la bomba. La puerta del armario que exigía un golpe en el sitio exacto. Se sentía bien allí.

Ya de noche, se tumbó con el teléfono mientras Zuri dormía junto a la puerta y Nala ocupaba el estante del que había expulsado dos libros.

Azucena navegó por Internet: pasó fotografías, recetas que jamás prepararía y consejos de organización impartidos por personas que parecían no poseer objetos.

Entonces el algoritmo, que carecía de delicadeza pero tenía instinto, le mostró un vídeo.

Una mujer hablaba a la cámara desde el salón de su casa.

Contaba que llevaba años magníficamente instalada en su soltería, sin sobresaltos sentimentales y con la estabilidad emocional de un organismo unicelular, hasta que se le había ocurrido intercambiar mensajes con un hombre.

Él no era precisamente material de portada, pero ella había razonado que los guapos ya le habían dado suficientes disgustos y quizá rebajar las exigencias visuales mejoraría el carácter.

La teoría había resultado defectuosa.

Después de dos semanas de mensajes nocturnos y emoticonos con intenciones, el hombre la invitó a cenar.

La mujer describía una preparación corporal tan laboriosa que parecía una inspección técnica: cuchilla en territorios que no recibían visitas, encaje nuevo, perfume suficiente para dejar rastro y una logística destinada a impedir que los nervios le alcanzaran las axilas.

Él canceló cuando ella ya estaba vestida y propuso dejarlo para la semana siguiente.

La mujer concluyó que no habría semana siguiente y que, si alguna vez volvía a sentir ganas de alterar una soltería perfectamente funcional, elegiría una forma de entretenimiento eléctrico con resultados más rápidos.

Azucena soltó una carcajada, retrocedió el vídeo y lo vio otra vez.

—Esta chica me representa.

Nala la miró desde el estante con la severidad de quien no encontraba ningún parecido razonable.

Azucena se lo envió a Marisa. Su amiga respondió con un audio.

—Darío no es feo, no te ha dejado plantada y, según tus informes, sabe utilizar una servilleta.

Azucena pulsó el micrófono.

—No me representa el individuo. Me representa la pérdida de inmunidad. Una vive tranquila, con sus animales, sus horarios y sus bajos en régimen de soberanía nacional, y de pronto dedica veinte minutos a elegir pendientes para un señor.

La respuesta llegó enseguida.

—Tú no estabas aburrida. Has recorrido España y convertido una furgoneta en una agencia matrimonial con ruedas.

—Precisamente. Ya tenía emoción sin esperar mensajes de nadie.

—Y ahora esperas los de Darío.

Azucena dejó el teléfono boca abajo. No le representaban el plantón ni el desconocido del vídeo. Le representaba la indignación de descubrir que el deseo no se había jubilado con ella y aún pretendía reorganizarle los sábados.

Nala saltó sobre la mesa y se sentó encima del teléfono.

—Exacto —dijo Azucena—. Censura preventiva.

También echó de menos a Darío.

No como se echa de menos un objeto olvidado ni como una urgencia que tuviera que resolverse.

Pensó que le habría gustado oír su opinión sobre el libro que estaba leyendo.

Imaginó su mano apartando una taza antes de que Nala la tirara.

Al preparar café, recordó su cara al probar el de cápsula del taller.

La ausencia no estropeó el fin de semana. Lo acompañó.

El domingo por la tarde regresó a Madrid. Pasó primero por el aparcamiento, vació depósitos, limpió la camper y dejó cada cosa lista para una nueva salida. Al cerrar, sintió satisfacción. La Jubilosa seguía siendo suya. Que hubiera pensado en Darío no había modificado la cerradura.

El lunes lo visitó en el taller. Llevaba una caja de pastas compradas durante el viaje y el libro infantil de flores que había encontrado en la librería de Esteban. Una página estaba suelta.

—No es una excusa —dijo al dejarlo sobre la mesa.

—¿Para verme o para traer comida?

—Para ninguna de las dos cosas.

Darío llevaba horas trabajando en el archivo dañado por humedad. Había dispuesto documentos sobre mesas cubiertas, ventiladores suaves y materiales absorbentes. Tenía cansancio bajo los ojos y una hebra de papel pegada al antebrazo.

—No deberías estar comiendo aquí —dijo Azucena.

—No estoy comiendo.

—Exactamente.

—Eso ha sonado a supervisión.

Azucena abrió la caja.

—Retiro las pastas.

—Entonces ha sonado a cariño.

Comieron de pie junto a la entrada, lejos de los documentos. Darío le preguntó por el fin de semana y ella le contó la verdad: que había disfrutado sola y que lo había echado de menos. Lo dijo deprisa, mirando una mancha del suelo.

—Las dos cosas —añadió.

—Me alegro de las dos.

No hubo preguntas sobre por qué necesitaba estar sola. No hubo orgullo herido por no haber sido invitado. Azucena se sintió tan aliviada que empezó a sospechar del alivio.

Darío reparó la página del libro mientras ella miraba. Aplicó una tira casi transparente, alisó con cuidado y dejó el volumen bajo un peso ligero.

—Mañana puedes recogerlo —dijo—. Si vienes a última hora, nos tomamos otro café.

La propuesta era tan pequeña que pasó por debajo de todas sus defensas y activó una de ellas por error.

—Darío, yo no quiero comprometerme.

Él dejó la plegadera sobre la mesa.

No pareció enfadado. Eso habría sido más fácil. La miró con atención, como cuando evaluaba un lomo roto antes de tocarlo.

—Yo no te he pedido que te comprometas. Solo te he preguntado si mañana te apetece otro café.

La frase cayó exactamente donde Curro había dejado espacio.

Azucena cruzó los brazos.

—Ya sé lo que has preguntado.

—No estoy seguro.

—No quiero que las cosas avancen sin que nadie decida nada y de pronto tengamos una rutina, compromisos y expectativas.

—Eso sí lo entiendo. Pero no ha ocurrido. —Darío se limpió las manos con un paño—. Hemos quedado tres veces. Has ido de viaje un fin de semana. Yo he seguido trabajando. Nadie se ha mudado a ninguna parte.

—No he dicho que tú quieras mudarte.

—Has respondido como si te hubiera pedido una llave.

—Porque sé cómo empiezan estas cosas.

—Yo también he tenido relaciones, Azucena.

El uso de su nombre, sin diminutivos ni suavidad, la hizo sentirse injusta y, por tanto, más defensiva.

—Tú tienes cincuenta años.

Darío parpadeó.

—Esto acaba de convertirse en otra conversación.

—No. Es la misma. Tú puedes querer cosas dentro de cinco años que yo…

—Yo puedo querer cosas mañana. Tú también. Si quieres saber qué quiero, pregúntame. No contestes por adelantado a una pregunta que quizá no haga.

Azucena miró el libro bajo el peso. Una flor azul asomaba por el borde.

—No estoy contestando por ti.

—Entonces contesta por ti. ¿Te apetece tomar café mañana?

La respuesta era sí. Tan sencilla que le resultó insoportable.

—No lo sé.

Darío asintió.

—Eso es distinto.

Volvió hacia la mesa de trabajo. No la castigó con silencio ni intentó convencerla. Se puso los guantes y comprobó uno de los documentos.

—Tengo que seguir con esto —dijo—. El libro estará listo mañana. Puedes venir cuando quieras.

Azucena recogió el bolso. Quería que él la detuviera y le irritaba quererlo. Darío levantó la vista.

—No me enfada que necesites espacio —añadió—. Pero no quiero ser un peligro imaginario del que tengas que defenderte cada vez que me acerco un poco.

—No eres un peligro.

—Bien.

—Bien.

Salió del taller con las pastas todavía sobre el mostrador.

Zuri no la acompañaba; lo había dejado en casa después del viaje, dormido junto a Nala.

Sin la correa en la mano, Azucena no sabía qué hacer con los brazos.

Caminó sin rumbo hasta que se encontró en una avenida por la que había pasado miles de veces camino del trabajo.

Un autobús tapó durante unos segundos la calle lateral que llevaba a Montalbán Publicidad.

Cuando se apartó, vio el edificio de la gran agencia.

No sintió miedo ni nostalgia. Recordó a Gonzalo pidiéndole que corrigiera un documento correcto; seguía usando el apellido del fundador como título y la superioridad como sustituto del talento.

Recordó también a la secretaria que había sostenido su agenda, sus clientes y sus olvidos mientras esperaba instrucciones para hacer algo tan suyo como dejar de trabajar.

No entró. Tampoco necesitó cambiar de acera.

En casa, Nala olfateó su bolso y Zuri buscó las pastas ausentes. Azucena se quitó las gafas, las pulseras y los pendientes. No porque fueran una armadura, sino porque le dolían las orejas. Se sentó descalza en el suelo del salón y abrió el cuaderno amarillo.

Leyó desde el principio. Antón y el amanecer. Pelayo haciendo planes demasiado deprisa. Unai queriendo conducir. Gabriel ofreciendo cuatro semanas. El miedo después de perder a Nala. Adolfo y una noche sin culpa. Miguel diciendo que podía regresar. Curro haciendo preguntas gratis.

En muchos encuentros se había marchado porque quería. No iba a falsificar su propia historia y convertir la independencia en una enfermedad. La libertad le había permitido conocer esos lugares, cuidar de los animales, decidir sobre su cuerpo y regresar a Madrid por deseo. Era real.

También era real que Darío le había ofrecido un café y ella había escuchado una alarma.

Sacó del bolsillo interior de la chaqueta coral la carta escrita en Soria. El pliegue estaba gastado. Leyó la última frase: «Lo que hagas con eso ahora no tiene por qué parecerse a nada».

Tomó una página nueva y escribió dos columnas.

En una puso: «Lo que no quiero».

En la otra: «Lo que sí».

La primera empezó deprisa: convivir por inercia, dejar de viajar, pedir permiso, cuidar la agenda de otro, responder a todas horas, ser tratada como una señora a la que hay que proteger de su propia vida.

La segunda tardó más: café, deseo, conversación, dormir juntos alguna vez, viajar juntos algunas veces, viajar sola otras veces, echar de menos sin sentirse culpable, que Nala no estornudara sobre las visitas.

Al final escribió «Darío» y lo rodeó con un círculo. Luego tachó el círculo porque parecía una actividad escolar.

No le mandó un mensaje aquella noche. Pedir perdón deprisa habría sido otra manera de aliviar una incomodidad sin entenderla. Durmió mal, pero no dramáticamente. A las seis, Nala saltó sobre su pecho y convirtió cualquier reflexión en un problema respiratorio.

Por la mañana preparó café en su cocina. Lo bebió sola, mirando la tierra quieta del bulbo. Después abrió el atlas reparado por la página de España, desplegó la lista de provincias y recorrió con el dedo la línea que tachaba Madrid.

Sergio tenía razón. Había vuelto a la capital, pero aún no había recorrido la provincia número cincuenta.

Y el hombre especial de Madrid no estaba pendiente.

Tenía pegamento en las manos y probablemente se había comido todas las pastas.