Azucena por orden alfabético Capítulo 60 · Quince años
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Capítulo 60 · Quince años

Quince años

La primera cita que no llamaron cita empezó con Darío llegando siete minutos tarde y sin una excusa elaborada.

—Una clienta ha querido explicarme durante media hora que su gato no había orinado sobre el libro —dijo.

—¿Y había orinado?

—El gato o alguien muy pequeño con problemas de conducta.

Azucena llevaba un vestido rojo con círculos blancos, gafas oscuras turquesas y pendientes grandes de resina.

Darío se había cambiado la camiseta de trabajo por una camisa azul, aunque conservaba una mancha de adhesivo cerca de la muñeca.

Al verla, no dijo que estaba elegante ni que parecía más joven. Dijo:

—Esas gafas podrían dirigir el tráfico.

—Ya lo intentaron en Zaragoza.

La exposición ocupaba dos salas y tenía pocos visitantes.

Darío conocía varias técnicas y algunos autores, pero no convirtió el recorrido en una clase.

Le enseñó costuras, papeles y estructuras; Azucena decidió cuáles le gustaban sin pedir permiso técnico.

Discutieron delante de una encuadernación completamente blanca.

—Es preciosa —dijo Darío.

—Parece un electrodoméstico.

—La limpieza formal…

—Se ensucia con mirarla.

—No todo tiene que llevar tres colores y un broche.

—Eso es cierto. Puede llevar cuatro.

Después fueron a cenar a un local cercano. Darío pidió para ambos agua y luego se detuvo.

—¿Vino?

—Sí. Gracias por no decidirlo.

—¿Era una prueba?

—No. Una costumbre antigua.

Azucena le habló de Gorka, el cocinero de Gipuzkoa que elegía detalles por ella hasta volverlos una jaula diminuta. Darío escuchó.

—Si alguna vez lo hago, dímelo —pidió.

—Lo diré.

—No hace falta que lo apuntes en el cuaderno y esperes a que lo deduzca.

—El cuaderno no está sindicado.

—Me tranquiliza.

Al terminar, caminaron hasta una parada.

La noche estaba cálida y Madrid seguía llena de gente que parecía dirigirse a lugares urgentes.

Darío acercó una mano a la espalda de Azucena para guiarla entre dos mesas, pero no llegó a tocarla.

Ese centímetro de aire le produjo más conciencia del cuerpo que muchos contactos.

—Me alegro de haber ido contigo —dijo él.

—Yo también.

—Podríamos repetir algo distinto.

—Una repetición distinta es una contradicción.

—Por eso funciona.

No se besaron. Darío no hizo un amago que ella tuviera que aceptar o rechazar. Le dio dos besos tranquilos y se marchó hacia el metro. Azucena lo observó alejarse y sintió una mezcla poco manejable de alivio y decepción.

La segunda cita sí recibió el nombre durante una conversación con Marisa.

—¿Qué vas a ponerte para la cita? —preguntó su amiga.

—No es una cita. Vamos a una librería y después a comer.

—Eso es una cita con posibilidad de comprar libros.

—Voy con la chaqueta coral.

—Entonces es una cita.

Darío la llevó a una librería de viejo cuyo dueño, Esteban, lo conocía desde hacía años. El hombre salió de detrás de unas estanterías, abrazó a Darío y miró a Azucena.

—¿Tu madre? —preguntó.

El silencio duró menos de un segundo, pero a Azucena le dio tiempo a cumplir sesenta y seis, setenta y ochenta años.

Darío no se puso rojo ni empezó a justificar nada.

—No —dijo—. Mi madre odia los collares y tiene peor carácter.

Esteban comprendió el error.

—Perdona. Yo…

—Azucena —se presentó ella, tendiéndole la mano—. Mujer misteriosa de clasificación pendiente.

—Esteban. Hombre que acaba de perder la capacidad de hablar.

—La recuperará. A algunos les ocurre demasiado deprisa.

La incomodidad se disolvió, pero no por completo.

Azucena notó la mirada del librero varias veces mientras recorrían el establecimiento.

Tal vez la estaba situando como pareja, amiga, clienta o tía atractiva.

Ella se vio desde fuera: una mujer de sesenta y cinco años junto a un hombre de cincuenta.

Quince años podían ser una operación sencilla en un taller y una distancia enorme bajo la mirada de otro.

Compró dos novelas y un libro infantil antiguo con ilustraciones de flores. Darío encontró un catálogo de papeles marmoleados. Al salir, esperó hasta que doblaron la esquina.

—Lo siento.

—No lo has dicho tú.

—Podría haberle avisado.

—¿De qué? ¿De que ibas a entrar con una persona mayor sin supervisión?

—De que iba a entrar contigo.

Azucena se quitó las gafas de sol. Necesitaba verle los ojos.

—¿Te ha molestado?

—Me ha molestado que te molestara.

—No me ha molestado.

Darío guardó silencio.

—Un poco —admitió ella—. No porque piense que parezco tu madre.

—No la pareces.

—Es que podría. Biológicamente.

—También podrías ser campeona de lanzamiento de disco. No pareces ninguna de las dos cosas.

—Quince años son quince años.

—Sí.

—A mí me gustan más jóvenes —dijo ella—. El problema no eres tú ni los quince años. Es la costumbre de que los demás crean que debería disculparme.

—Entonces no te disculpes.

No dijo que la edad no importaba. Azucena agradeció que no intentara borrar una realidad evidente con una frase amable.

—Tú tendrás sesenta cuando yo tenga setenta y cinco —dijo ella.

—Tu cálculo mental continúa impecable.

—Y cuando tú tengas mi edad…

—Tú tendrás ochenta. ¿Vamos a recitar todas las combinaciones?

—No tienes que burlarte.

—No me burlo. Pero tampoco entiendo qué decisión esperas que tome con esas cifras.

Azucena volvió a ponerse las gafas.

—Ninguna.

—Bien. Porque me gustas con sesenta y cinco. No necesito que parezcas tener cincuenta para justificarlo.

Ella notó que el carmín se le había quedado pegado al interior del labio. Se concentró en arreglarlo con la lengua.

—Eso ha sonado preparado.

—Llevo ensayándolo desde que Esteban ha dicho «madre».

Azucena soltó una risa. Darío también.

Comieron en un pequeño restaurante. Esta vez, cuando el camarero preguntó si querían compartir, Darío miró a Azucena antes de responder.

—Depende de qué —dijo ella.

Compartieron un entrante y no el postre.

Azucena le contó que había estado casada, que el matrimonio se había vaciado sin grandes traiciones y que durante años había confundido ser útil con estar querida.

Darío habló de su última relación. Su exnovia había querido mudarse a otra ciudad; él no quiso ir y durante meses ambos trataron el desacuerdo como un problema de comunicación, cuando en realidad se habían comunicado perfectamente.

—A veces nadie se equivoca y aun así se termina —dijo.

—Eso es lo peor.

—También es lo mejor. No necesitas fabricar un villano.

Al despedirse, Darío le tomó la mano. Sus dedos estaban tibios, sin adhesivo. El pulgar le rozó una vez la parte interior de la muñeca, justo bajo las pulseras, y el gesto pequeño le recorrió el brazo entero. La sostuvo unos segundos y después la soltó antes de que Azucena decidiera acercarse.

Azucena caminó hasta casa con los dos libros pegados al pecho.

Tenía ganas de que la besara. La claridad del deseo la asustó menos que la posibilidad de que, después del beso, apareciera una secuencia conocida: más citas, más tiempo, objetos en un baño, expectativas, explicaciones, una vida reorganizada.

La tercera cita fue en su casa.

Darío se ofreció a preparar la cena y Azucena aceptó con la condición de que no reorganizara la cocina. Él llegó con una bolsa de ingredientes, una botella de vino y otro juguete de tela para Nala, decorado con papel sin tintes sujeto bajo las costuras. Esta vez era un pez.

—Soborno —dijo Azucena.

—Diplomacia continuada.

Nala olfateó el pez y se alejó, preservando el equilibrio de poder. Zuri acompañó cada movimiento de Darío entre la encimera y la mesa. Azucena se sentó a mirar, algo que al principio le resultó casi imposible.

—¿No necesitas ayuda? —preguntó tres veces.

—No.

Azucena apoyó la barbilla en una mano y siguió observándolo.

—Estás muy concentrado.

—Porque sigues mirándome.

—¿Y te desconcentra?

—Bastante.

—Pues avísame cuando empiece a molestarte.

Darío sostuvo su mirada por encima de la sartén.

—No he dicho que me moleste.

—Ese cuchillo no corta bien.

—Ya lo he notado.

—Las especias están en el segundo cajón.

—Las he encontrado.

—Puedo…

Darío dejó la cuchara.

—Puedes elegir música.

Azucena obedeció. Tardó tanto que él tuvo terminada media cena cuando sonó la primera canción.

Comieron en el salón. Al otro lado de la puerta de cristal, inaccesible para Nala y Zuri, la maceta del bulbo seguía dormida en la galería.

Darío habló de un proyecto complicado: un archivo familiar dañado por humedad que iba a ocuparle varias semanas.

Azucena le contó que pensaba sacar La Jubilosa el fin de semana y conducir sin objetivo hasta algún lugar cercano.

—¿Quieres compañía? —preguntó él.

La pregunta le produjo un tirón. Parte de ella quiso decir que sí. Otra imaginó a Darío ocupando el asiento, comentando la ruta, abriendo armarios, instalándose demasiado pronto en un espacio que había sido exclusivamente suyo.

—Todavía no —dijo.

—Vale.

Darío no pidió motivos. Después recogió su parte de la mesa, no toda, y no abrió ningún armario sin preguntar. En el salón escucharon música con Zuri tumbado entre ambos. Nala apareció, saltó al respaldo del sofá y se instaló detrás de la cabeza de Darío.

—Eso puede ser aprobación o preparación para atacar —dijo Azucena.

—Prefiero no precipitarme.

Sus hombros se rozaron. Ninguno se apartó. Darío giró la cara hacia ella. Azucena vio las canas de sus sienes, la línea pequeña junto a la boca, la calma que no parecía falta de deseo.

Entonces Nala estornudó sobre él.

Darío cerró los ojos.

—Veredicto emitido.

Azucena rio hasta tener que secarse las lágrimas. El beso volvió a quedar pendiente.

Cuando él se fue, ya de madrugada, la abrazó en la puerta.

No fue un abrazo amistoso. Tampoco una promesa.

Darío apoyó una mano en la parte baja de su espalda y Azucena acercó la boca a su cuello; no llegó a besarlo, pero aspiró su olor y notó cómo él contenía el aire.

Se quedaron así un segundo más de lo razonable.

Su cuerpo entendía perfectamente lo que su cabeza seguía intentando convertir en un expediente.