Capítulo 59 · Un café sin itinerario
Un café sin itinerario
Darío había reparado el atlas sin borrar el viaje.
La tela original seguía mostrando los roces de las esquinas. El lomo mantenía una pequeña mancha de café y la cubierta cerraba con firmeza, pero no con la rigidez de algo recién comprado. Azucena pasó la mano por ella.
—Parece el mismo.
—Ese era el encargo.
Darío le mostró las zonas reforzadas y colocó el antiguo billete de tren dentro de un sobre de papel fino. Había anotado a lápiz dónde lo encontró, con una letra pequeña y clara.
—No hacía falta tanto —dijo Azucena.
—Esa frase es peligrosa en un taller.
Ella pagó. Darío guardó las herramientas, se quitó el delantal y miró hacia la cafetera del fondo.
—Iba a hacer café. ¿Le apetece?
Azucena sintió aparecer la respuesta de siempre, no como una frase completa, sino como una contracción en los hombros. Respiró.
—Sí.
—Es de cápsula. No respondo de las consecuencias.
—He bebido café de áreas de servicio a las tres de la mañana. Ya no tengo miedo.
Se sentaron junto a la puerta abierta. Zuri ocupó el espacio entre ambos y recibió un cuenco de agua.
Darío no preguntó por todos los hombres de la ruta porque todavía no sabía que existían.
Preguntó por la furgoneta, por el orden alfabético y por qué Madrid aparecía tachada en el índice manuscrito del atlas.
—Era el punto de partida —explicó Azucena—. No quería hacer trampas. Al llegar a la M seguí hasta Málaga.
—Eso no evita la trampa. Solo la aplaza.
—Sergio dijo algo parecido.
—¿Quién es Sergio?
—Zaragoza.
Darío apoyó la taza.
—¿Le pone nombres de personas a las provincias?
—No. En cada capital conocí a un hombre especial.
Esperó la reacción. Darío miró a Zuri.
—Tú también, por lo que veo.
—Zuri considera especial a cualquiera con bocadillo.
—Un criterio estable.
—¿No va a preguntar?
—¿Por cincuenta hombres?
—Cuarenta y nueve. Madrid está pendiente.
—¿Y tengo que preguntar algo concreto?
Azucena bebió café. Curro habría disfrutado muchísimo aquel momento.
—No.
—Entonces cuénteme lo que quiera.
Le habló de Moncho y el agua hirviendo, de César escuchando pájaros, de Curro y su chaqueta coral.
Mencionó a Gabriel sin detalles y a Adolfo con menos.
Darío no adoptó esa expresión de curiosidad competitiva que algunos hombres empleaban al oír hablar de otros.
Se rio con las cosas divertidas y no intentó extraer confesiones de las pausas.
—¿Y usted? —preguntó Azucena—. ¿Siempre ha arreglado libros?
—No. Estudié Bellas Artes, trabajé en montaje de exposiciones y acabé formándome en restauración. Abrí este taller hace doce años.
—¿Solo?
—Trabajo con una colaboradora algunos meses. Y comparto proyectos con otros talleres. Solo suena muy heroico hasta que hay que mover una prensa.
Vivía a media hora andando, en un piso pequeño con un balcón donde se le morían plantas resistentes.
Tenía una hermana mayor, dos sobrinos y un grupo de amigos con los que jugaba al mus los jueves.
Había terminado una relación de casi ocho años tres años antes.
No añadió explicaciones ni una campaña de desprestigio contra la exnovia.
—¿Y cuántos años tiene? —preguntó Azucena.
Darío la miró con diversión.
—Cincuenta.
—Justo en mi franja favorita.
—¿Tiene una franja?
—Tengo criterios. Entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco. Y una cláusula de treinta y pocos para casos de fuerza mayor.
—Muy prudente.
—La prudencia depende de lo que haga cada uno con las manos.
Azucena hizo la resta.
—Quince.
—Su viaje no ha perjudicado el cálculo mental.
—Yo tengo sesenta y cinco.
—Lo imaginaba.
—¿Tantos?
—No con precisión administrativa. Entre sesenta y sesenta y cinco.
—Y no pienso fingir que no me interesa saber si eso le frena.
—No me frena.
Azucena se tocó el pelo, un gesto que detestó en cuanto lo hizo.
—No me preocupa parecer mi edad.
—No he dicho que le preocupe.
—Bien.
Darío sonrió apenas.
—Bien.
Cuando se levantó para atender una entrega, Azucena se vio reflejada en el cristal.
Llevaba las gafas azul y miel, pendientes coral, una blusa verde y cinco pulseras.
No había elegido nada para parecer joven.
Lo había elegido porque le gustaba. La diferencia le gustaba en teoría y en la práctica.
Lo difícil era permitir que un hombre de cincuenta años la mirara como si también le gustara sin buscar la trampa.
Antes de irse, Darío le pidió permiso para fotografiar el atlas reparado para su archivo. Azucena sostuvo el libro abierto por la página del mapa de España. Él hizo la foto sin incluirle la cara.
—Puede incluirme —dijo ella.
—Creía que quería el atlas.
—Y yo. Pero quiero comprobar si manejas igual de bien un retrato.
Darío dejó la cámara.
—Podemos hacer otra.
Azucena se colocó junto a la mesa. Zuri apareció por debajo. En la fotografía quedaron sus manos sobre el mapa, las pulseras, el carmín y la cabeza blanca del perro.
—Envíemela —pidió.
Darío lo hizo esa tarde. No añadió ningún mensaje salvo «El atlas y parte del equipo».
Azucena respondió con un agradecimiento. Diez minutos después escribió: «Nala se siente excluida». Borró la frase. La volvió a escribir. La envió.
Darío contestó: «Tendré que presentar disculpas oficiales».
Dos días más tarde le llevó el sobre con el billete de 1998, que Azucena había olvidado en el taller.
Podría haberlo enviado por correo, pero tenía que recoger material cerca y le preguntó si estaría en casa.
Ella dijo que sí. Después pasó veinte minutos cambiando de pendientes y se enfadó consigo misma por los veinte minutos, aunque no por el resultado.
Darío llegó con el sobre y una pequeña caja de cartón.
—¿Qué es eso?
—Una ofrenda diplomática.
Dentro había un ratón de tela fabricado para gatos, vestido con tiras de papel japonés sin tintes y fijadas bajo las costuras para que no pudiera tragárselas.
Nala apareció en el pasillo cuando oyó voces. Se detuvo a varios metros. Darío dejó el ratón en el suelo y no intentó acercarse. La gata avanzó por etapas, lo olfateó, tocó con una pata y se sentó encima.
—¿Eso es aprobación? —preguntó él.
—A medias. La otra mitad consiste en esperar a que se marche para criticarlo.
Azucena le enseñó la maceta del bulbo, el cuaderno amarillo y la caja de broches. Preparó café. Darío se quedó cuarenta minutos y se levantó antes de que ella tuviera que preguntarse cómo terminar la visita.
—El martes hay una exposición pequeña sobre encuadernación contemporánea —dijo en la puerta—. Pensaba ir al cerrar. Si le apetece, podríamos verla juntos.
Azucena miró a Nala, que seguía sentada sobre el ratón.
—Me apetece.
Darío asintió.
—Entonces el martes.
—Y, si vamos a fingir que no es una cita, podríamos tutearnos —dijo Azucena.
—Me parece un compromiso asumible.
—No abuses de la palabra.
Darío no llamó cita a la cita. Ella tampoco.
Cuando se fue, Nala atrapó el ratón de tela entre los dientes y lo llevó debajo del sofá.
—Eso ha sido una aprobación entera —dijo Azucena.