Azucena por orden alfabético Capítulo 58 · Darío tiene pegamento en las manos
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Capítulo 58 · Darío tiene pegamento en las manos

Darío tiene pegamento en las manos

Zuri olió el trozo de tortilla antes de que cayera.

El hombre salía de un local estrecho con un plato en una mano y una taza en la otra cuando una esquina de la tortilla se deslizó al suelo.

Zuri no se lanzó —la correa corta y el arnés cumplían su trabajo—, pero realizó una maniobra tan decidida que Azucena tuvo que girar sobre sí misma para no perder el equilibrio.

La correa rodeó las piernas del desconocido.

—Quieto —ordenó Azucena.

Zuri se sentó. Lo hizo encima del zapato del hombre y sin apartar la mirada de la tortilla.

—Es obediente —dijo él.

—Cuando el objetivo coincide con sus intereses.

El hombre dejó la taza y el plato en el alféizar, se inclinó para liberar la correa y entonces enseñó las manos. Tenía los dedos manchados de una pasta blanquecina y una tira de papel adherida al pulgar.

—Espere —dijo Azucena—. Tiene pegamento.

—Lo sé. Llevo un rato preguntándome de dónde ha salido.

—No toque la correa.

—Es reversible.

—¿El pegamento o el perro?

—El adhesivo. Sobre el perro no me pronuncio.

Azucena retiró la correa con cuidado. Zuri seguía mirando el suelo. El hombre recogió el trozo de tortilla con una servilleta y lo dejó en el plato.

—No se lo dé —advirtió ella.

—No pensaba hacerlo.

Zuri soltó un suspiro profundo, decepcionado por la alianza de los adultos.

El local tenía un rótulo pequeño: Darío Cifuentes. Encuadernación y restauración . A través de la puerta abierta se veían mesas altas, prensas, papeles, rollos de tela y varios libros sostenidos en estructuras de espuma. No era una librería, aunque olía a papel, cartón y algo vagamente dulce.

—¿Arregla libros? —preguntó Azucena.

—Intento no estropearlos más.

Él tenía el pelo oscuro con algunas canas, sobre todo en las sienes, y un rostro tranquilo que no necesitaba sonreír todo el tiempo para resultar amable. Vestía camiseta gris y un delantal azul. No llevaba anillo. Azucena registró el dato y se irritó consigo misma.

—Tengo un atlas viejo —dijo—. La cubierta se está separando.

—Tráigalo y lo miro.

—Ha recorrido España.

—Los libros no suelen desplazarse solos.

—Este ha tenido más iniciativa que algunos hombres.

Darío la miró un instante, calibrando si aquello requería una respuesta.

—Entonces procuraremos conservarle el carácter.

Azucena regresó esa misma tarde. Podría haber esperado, pero el atlas llevaba una semana sobre el escritorio y, desde la conversación, la cubierta parecía deteriorarse por minutos. Dejó a Nala en casa, acomodada en su escondite favorito, y llevó a Zuri después de confirmar que podía entrar.

Darío había limpiado el pegamento de las manos.

Eran cuidadas, de dedos largos y uñas cortas, aunque tenían pequeñas marcas y una cicatriz cerca del índice derecho.

Al remangarse para examinar el atlas, dejó al descubierto unos antebrazos firmes.

Azucena se descubrió preguntándose qué tacto tendrían aquellos dedos sin adhesivo y apartó la idea con menos energía de la necesaria.

Darío colocó el libro sobre una mesa cubierta por papel.

—¿Lo usó para planificar la ruta?

—Sí. Por orden alfabético.

Darío levantó la cabeza.

—¿El atlas?

—Las provincias.

—Eso parece poco eficiente.

—Por eso funcionó.

Azucena esperó el reconocimiento. La pregunta sobre el perfil. La sonrisa de quien ya sabía algo de ella. Darío solo abrió el volumen por el centro, observó el cosido y movió con cuidado una guarda.

—Se puede reparar. La tela del lomo está quebrada, pero no hace falta sustituir toda la cubierta.

—Quiero que se note que es viejo.

—Menos mal. Hacerlo pasar por nuevo sería caro y bastante triste.

Le explicó la intervención sin simplificarla como si ella fuera incapaz de entender ni abrumarla con jerga. Conservaría la mayor parte del material, reforzaría el lomo y repararía las guardas. El trabajo tardaría varios días.

—¿Cuánto? —preguntó Azucena.

Darío dio una cifra.

—El atlas me costó menos.

—El precio de la reparación no depende de lo que costara el atlas.

Azucena entrecerró los ojos.

—Eso es una respuesta irritantemente razonable.

—Puede llevarlo a casa gratis.

—No. Arréglelo.

Mientras completaba el resguardo, Darío vio el nombre: Azucena Robles.

—Le pega.

—¿Qué cosa?

—El nombre.

—¿Por las flores?

—Por la zeta en medio. Hay nombres que no se dejan pronunciar con pereza.

Aquella observación la tomó desprevenida.

Los hombres del viaje habían hecho comentarios sobre su nombre: que era raro, bonito, antiguo, apropiado para alguien que llevaba flores.

Nadie le había hablado de una consonante.

Darío había pronunciado Azucena despacio, sosteniendo la zeta, y el sonido le produjo un roce mínimo por debajo de las costillas.

—El suyo tiene demasiadas íes —replicó.

—Es un defecto familiar.

Zuri se acercó a Darío y apoyó el hocico contra su delantal. Él no lo acarició inmediatamente. Primero ofreció el dorso de la mano limpia para que lo oliera y esperó. Cuando Zuri movió la cola, le rascó el cuello.

Azucena registró también aquello. Se perdonó un poco.

Darío le dio una tarjeta con la fecha aproximada.

—La llamaré si encuentro algo inesperado.

—¿Como un mapa de un país que no existe?

—Como hongos.

—Prefería el país.

Al salir, Azucena comprobó el móvil. Tenía mensajes de Marisa, dos comentarios del perfil y una fotografía de Sergio junto a un tranvía. Caminó una manzana antes de darse cuenta de que estaba sonriendo.

Se detuvo delante de un escaparate.

—Ni se te ocurra —le dijo a su reflejo.

Zuri olfateó una farola, ajeno a las instrucciones.

Tres días después, Darío llamó.

—No hay hongos —dijo.

—Qué conversación tan decepcionante.

—Pero encontré un billete de tren dentro del lomo.

Azucena no recordaba haber guardado ningún billete allí.

—¿De dónde?

—Madrid a Valencia. Año 1998.

Pensó en Julián, en unas vacaciones tempranas, en una versión de sí misma con el pelo más largo y menos pulseras. El billete debía de haber quedado atrapado cuando la encuadernación empezó a abrirse.

—¿Lo tiro? —preguntó Darío.

—No. Guárdelo.

—De acuerdo.

Hubo un silencio breve.

—¿Eso era todo? —preguntó ella.

—Eso y que el viernes estará terminado.

—Perfecto.

—Perfecto.

Ninguno colgó inmediatamente. Azucena miró la maceta del bulbo, todavía sin señales de vida.

—¿Sigue teniendo pegamento en las manos? —preguntó.

—Ahora tengo papel japonés en la frente.

—¿Es reversible?

—Casi todo lo bueno lo es.

Cuando la llamada terminó, Azucena dejó el teléfono boca abajo. No buscó a Darío en internet. No preguntó a Marisa si conocía el taller. No convirtió el viernes en una cita antes de que lo fuera.

Pero el jueves eligió qué gafas ponerse.