Capítulo 57 · La casa de una desconocida
La casa de una desconocida
Azucena reconoció Madrid por la impaciencia de los cláxones.
Llevaba menos de cuatro minutos dentro de la ciudad cuando un conductor le indicó con una sucesión de pitidos que el semáforo ya estaba verde, como si ella hubiese pensado pasar allí el resto de su jubilación.
—Ya estamos en casa —dijo.
Zuri levantó la cabeza desde su sujeción. Nala, dentro del transportín, emitió un sonido breve que podía significar reconocimiento o una amenaza dirigida al tráfico.
Marisa la esperaba delante del garaje donde Azucena había reservado una plaza temporal para descargar.
Vestía una camiseta blanca, pantalones anchos y unas gafas de sol que había comprado durante la ausencia de su amiga y que, evidentemente, pretendía fingir que siempre le habían pertenecido.
Agitaba ambos brazos a pesar de que La Jubilosa era imposible de confundir: verde agua, alta y con una pegatina discreta de una flor al lado de la puerta.
Azucena aparcó, apagó el motor y se quedó sentada.
Durante casi once meses, cada llegada había tenido una tarea inmediata. Buscar el área. Comprobar la sombra. Sacar a Zuri. Dar tiempo a Nala. Revisar agua, batería, reservas. Madrid no debía ser diferente, pero sus manos permanecieron sobre el volante.
Marisa llamó a la ventanilla.
—Como te hayas arrepentido, me subo.
Azucena abrió la puerta.
—No caben todas tus cosas.
—He venido sin equipaje.
—Me refería a tus opiniones.
Marisa intentó contestar, pero Azucena ya había bajado. Se abrazaron con una fuerza que desordenó collares, gafas y meses. Marisa olía a la misma crema de siempre. Azucena apoyó la cara en su hombro y sintió que el viaje, por primera vez, quedaba detrás de algo.
—Estás más guapa —dijo Marisa al separarse.
—Estoy más cara. Llevo encima accesorios de veintisiete provincias.
—Y más delgada.
—Eso es mentira y te agradezco el esfuerzo.
—Era por si venías sentimental.
Zuri, blanco y de rizos apretados, interrumpió el reencuentro lanzándose hacia Marisa con un entusiasmo que casi la sentó en el suelo.
Nala necesitó más tiempo. Azucena llevó el transportín al piso, cerró todas las puertas y ventanas y lo abrió en el salón.
La gata grande, casi toda blanca y con manchas anaranjadas sobre la cabeza y el lomo, asomó la cabeza, olfateó y retrocedió.
Tardó veinte minutos en salir. Caminó pegada al suelo, inspeccionó cada habitación y acabó instalada encima de una maleta, como si hubiera decidido que lo único fiable seguía siendo el equipaje.
El piso estaba limpio. Marisa había ido cada dos semanas, ventilado, quitado polvo y comprobado que ninguna tubería decidiera jubilarse también.
Aun así, a Azucena le pareció más pequeño que antes.
El pasillo era demasiado estrecho. El techo, sospechosamente bajo.
En la cocina había una cantidad absurda de objetos dedicados a una sola función: exprimidor, tostador, hervidor, robot, batidora.
En La Jubilosa, una sartén había hecho el trabajo de siete utensilios y nunca se había quejado.
—¿Quién ha puesto esto aquí? —preguntó, señalando una figura de cerámica en la estantería.
—Tú. Te la regaló tu prima en 2019.
—No me gusta.
—Nunca te gustó.
Azucena recorrió las habitaciones como si estuviera viendo una vivienda de alquiler.
Reconocía los muebles, pero no el criterio de la mujer que los había colocado.
Había un armario lleno de ropa negra y beige que apenas recordaba usar.
En un cajón encontró cuatro broches discretos, todos inferiores al de madera de Enrique y al de azucena de Marisa.
Sobre el escritorio seguía una bandeja con facturas antiguas, bolígrafos de Montalbán Publicidad y una libreta donde la última anotación decía «preguntar a Gonzalo vacaciones septiembre».
Marisa la observó desde la puerta.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No tienes que estarlo inmediatamente.
—Estoy bien. Lo que no sé es quién vivía aquí.
—Una mujer con demasiadas chaquetas grises.
Azucena abrió el armario de nuevo.
—Esto es una ofensa.
—Podemos donar lo que no quieras.
—Hoy no. Hoy no tomo decisiones textiles.
Comieron comida encargada en el salón porque la nevera estaba casi vacía.
Marisa quiso oírlo todo, a pesar de haber seguido videollamadas, publicaciones y mensajes.
Preguntó por Gabriel con una neutralidad tan exagerada que resultaba ofensiva, por la noche en Málaga sin neutralidad alguna y por Curro con un respeto reverencial desde que este le había escrito para advertirle que las gafas antiguas de su perfil necesitaban renovación.
—¿Y ninguno? —preguntó al final.
Azucena apoyó los pies descalzos en la mesa baja.
—¿Ninguno qué?
—Nada. Retiro la pregunta antes de que me contestes algo sobre compromisos.
Azucena le lanzó un cojín. Zuri creyó que era el inicio de un juego y lo capturó por una esquina.
Por la tarde bajaron a La Jubilosa. Azucena sacó bolsas, cajas, ropa, regalos y una cantidad de productos para animales suficiente para abrir una tienda.
El esqueje aromático y no tóxico de Castellón había sobrevivido con varias hojas nuevas; lo instaló en el alféizar de la cocina.
El bulbo de Murcia seguía en su recipiente provisional, protegido dentro de una caja rígida que Azucena sacó directamente del compartimento exterior cerrado.
—¿Eso es la famosa azucena? —preguntó Marisa.
—De momento es una cebolla con expectativas.
—No la dejes cerca de la cocina. Vienes con antecedentes.
Eligieron una maceta grande para la galería acristalada del piso, separada del salón por una puerta con cierre que Nala no podía abrir.
Azucena dejó a la gata en el dormitorio mientras mezclaba tierra siguiendo las indicaciones que Salvador había anotado y las recomendaciones posteriores de Miguel.
Hundió el bulbo con cuidado, lo cubrió, regó sin exceso y limpió después las herramientas, el suelo y sus manos.
La maceta, su plato y el agua quedarían siempre dentro de aquella zona vedada a los animales.
Cuando floreciera, ninguna flor cortada saldría de la galería y Azucena limpiaría cualquier resto de polen antes de volver junto a Nala.
—¿Y ahora? —preguntó Marisa.
Azucena miró la superficie lisa de la tierra.
—Ahora no se ve nada.
—Las plantas tienen un sentido del espectáculo nefasto.
Pusieron la maceta donde recibiría luz y cerraron la puerta de cristal.
Nala las observó desde el otro lado, ofendida por la nueva frontera.
Azucena envió una fotografía a Salvador y otra a Miguel.
Ambos contestaron con indicaciones ligeramente distintas.
Ella decidió que la planta tendría que resolver sus propias contradicciones.
Al anochecer llevó La Jubilosa a un aparcamiento vigilado a las afueras, reservado por semanas, no por meses. Esa precisión le pareció importante. Marisa la siguió en su coche y la trajo de vuelta. Cuando Azucena cerró la camper, apoyó la mano en la chapa verde agua.
—No te acostumbres —le dijo.
—¿Hablas con la furgoneta? —preguntó Marisa.
—He hablado con una gata durante años. La furgoneta responde más.
La primera noche en su cama fue peor que muchas noches en áreas junto a carreteras.
El colchón era demasiado ancho y no vibraba.
No oía a Nala moverse por los estantes ni a Zuri respirar a menos de un metro.
Aunque ambos estaban en el dormitorio, la distancia parecía enorme.
A las dos de la mañana Azucena se levantó, bebió agua y abrió el cuaderno amarillo.
La brújula de Zaragoza estaba sobre la mesa. La aguja señaló el norte con absoluta indiferencia hacia la dirección que ella tomara.
Azucena sacó la lista de provincias. Madrid seguía tachada entre Lugo y Málaga. Intentó borrar la línea, pero el bolígrafo había marcado el papel. La palabra reapareció debajo, herida y legible.
La dejó así.
Durante los días siguientes aprendió otra vez su barrio.
La frutera nueva no sabía quién era. El farmacéutico sí y le preguntó si había conducido sola «a su edad».
Azucena respondió que no: Nala se encargaba de las maniobras.
La cafetería de la esquina había cambiado las mesas y mantenía el café.
Dos vecinos la felicitaron por el perfil.
Una mujer del tercero le pidió recomendaciones para viajar en autocaravana y, antes de escuchar la respuesta, confesó que odiaba conducir.
Azucena vació maletas sin guardar todo. Colgó la chaqueta coral en la puerta del armario, como una advertencia contra el beige.
Puso los broches en una caja abierta y las gafas en una bandeja donde podía verlas.
El cuaderno amarillo quedó sobre la mesa del salón.
Ya no necesitaba ocultar su vida dentro de un cajón.
No estaba aburrida. Tampoco sabía qué hacer a continuación. Descubrió que ambas cosas podían coexistir sin que una fuera una emergencia.
Una semana después, durante el paseo de la mañana, Zuri eligió por ella una calle que Azucena no solía tomar.