Capítulo 56 · Zaragoza — Sergio señala el centro
Zaragoza — Sergio señala el centro
Zaragoza no recibió a Azucena con música, confeti ni una comisión del alfabeto. La recibió con una ráfaga de viento que le arrancó el pañuelo del cuello.
El pañuelo voló por la acera, se enganchó en una papelera y fue rescatado por un hombre vestido con uniforme de conductor de tranvía.
—Empieza bien —dijo Azucena.
—Podía haber acabado en la vía.
—El pañuelo o yo.
—Los dos habrían causado retrasos.
El hombre se llamaba Sergio, tenía cincuenta y un años y acababa de terminar el turno. Devolvió el pañuelo, admiró las gafas turquesas y reconoció a Zuri antes que a ella.
—Este es el perro de las provincias.
—Él cree que son las provincias del perro.
Sergio seguía el perfil desde que una sobrina le había enviado la publicación de Murcia. Coleccionaba mapas de transporte, planos antiguos y diagramas de líneas que, según Azucena, solo podían emocionar a una persona que no hubiera tenido que hacer transbordo con bolsas de la compra.
—¿Ya está? —preguntó él—. ¿Última parada?
Azucena miró a su alrededor. Esperaba sentir algo definitivo. En cambio, tenía hambre, una reserva de agua a medias y una vibración en la puerta lateral que quería revisar antes de emprender el regreso.
—Ya está —dijo, probando las palabras.
Sergio la invitó a comer y después le mostró algunos rincones no como guía, sino como alguien que enseñaba su barrio a una visita. Hablaron del viaje, de los turnos, de cómo una ruta podía parecer lógica sobre el papel y resultar completamente distinta cuando se recorría.
—Los mapas engañan —dijo Sergio, desplegando uno pequeño sobre la mesa—. Hacen que todo parezca quieto y a la misma altura.
—Y cerca. Según mi atlas, A Coruña y Álava estaban a un centímetro.
—Eso explica muchas decisiones.
Al saber que Azucena quería una pequeña brújula, Sergio la acompañó a una tienda.
Ella eligió una de latón, sencilla, dentro de una caja de madera.
No necesitaba una brújula para conducir.
La compró porque le gustaba el peso en la mano y porque, después de seguir letras durante casi once meses, le hacía gracia poseer un objeto que insistiera en señalar otra cosa.
—El norte está ahí —dijo Sergio al salir.
—Gracias. Sin usted habría acabado en Noruega.
—¿Y Madrid?
Sergio abrió el mapa en el capó de La Jubilosa. Marcó Zaragoza y luego Madrid con el dedo.
—Más o menos hacia el centro.
—Madrid cree que todo está hacia ella.
—Eso también explica muchas decisiones.
Pasaron la tarde juntos. Sergio ayudó a localizar el origen de la vibración de la puerta: un tornillo flojo en un revestimiento, nada grave.
Azucena llenó agua, revisó neumáticos y organizó la camper para el último trayecto.
Guardó la brújula junto al cuaderno amarillo y sacó la lista de provincias.
Había cuarenta y nueve nombres marcados. Madrid seguía tachada.
—Falta una —dijo Sergio.
—Madrid no cuenta porque era la salida.
—Entonces el viaje tiene cuarenta y nueve provincias.
—He recorrido cincuenta.
—Ha estado en cincuenta. Recorrer es otra cosa.
Azucena lo miró. Sergio tenía la expresión satisfecha de quien acaba de encontrar un error en un plano.
—No pienso darle la razón el último día.
—Puede dármela mañana.
Cenaron junto a La Jubilosa. Nala salió con el arnés al pequeño cerramiento portátil que Azucena instalaba en lugares seguros y pasó diez minutos oliendo el aire antes de regresar por voluntad propia.
Zuri se tumbó entre las sillas. Sergio habló de cómo imaginaba su jubilación, todavía lejana, y confesó que no tenía ningún gran proyecto.
—A lo mejor no hace falta —dijo Azucena.
—Eso lo dice porque ya ha hecho el suyo.
—No. Lo digo porque el mío empezó cuando me aburrí de limpiar detrás del frigorífico.
Sergio levantó el vaso.
—Por los electrodomésticos mal colocados.
Azucena brindó.
A la mañana siguiente se fotografió junto a La Jubilosa.
Llevaba las gafas turquesas, la chaqueta coral, el broche de azucena y el de madera, los pendientes verdes de Pontevedra, el reloj otra vez en marcha y pulseras de varios lugares.
Nala observaba desde la puerta y Zuri, sentado a su lado, miraba fuera de encuadre hacia algo probablemente comestible.
Marisa la llamó por vídeo mientras Sergio sostenía el teléfono.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Azucena no necesitó pensarlo.
—Volver.
Publicó la fotografía con una sola frase: «Zaragoza. La última letra no era el final».
Los comentarios empezaron a multiplicarse, pero no los leyó. Abrazó a Sergio, aseguró los cierres, acomodó a Nala en su transportín para la salida y a Zuri con su arnés de viaje. Después se sentó al volante.
La brújula señalaba el norte.
La Jubilosa tomó la carretera hacia Madrid.