Capítulo 55 · Zamora — Mauro fotografía puentes
Zamora — Mauro fotografía puentes
Mauro esperaba la luz junto al río.
Azucena lo vio al amanecer, inmóvil detrás de un trípode.
Ella llevaba un chándal morado, gafas de sol aunque el sol apenas había aparecido y el pelo caoba aplastado por un lado.
Zuri olfateaba la orilla. Había dormido mal.
Zaragoza estaba demasiado cerca y Madrid empezaba a ocupar más espacio que la provincia en la que se encontraba.
—No pase por delante todavía —pidió Mauro.
—¿Cuánto es todavía?
—Dos minutos.
Azucena miró el puente, luego al fotógrafo.
—Tiene uno.
Mauro sonrió sin apartar el ojo de la cámara. Tenía cincuenta y tres años, barba entrecana, espalda ancha y una paciencia que no parecía pasividad. Esperó hasta que la luz alcanzó una zona concreta de la piedra y disparó tres veces.
—Ya puede cruzar.
—Qué alivio. Temía alterar la historia de la fotografía.
—La habría alterado. No necesariamente para mal.
Caminaron juntos. Mauro fotografiaba puentes desde hacía quince años, primero como parte de un proyecto y luego porque no había encontrado una razón convincente para dejarlo.
No le interesaban solo los monumentales.
Tenía imágenes de pasarelas industriales, tablones sobre acequias y estructuras modernas que la mayoría atravesaba sin mirar.
—Un puente sirve para ir y para volver —dijo.
—También para quedarse en medio estorbando a los fotógrafos.
—Esa función está poco documentada.
Desayunaron en una terraza. Mauro viajaba solo, pero no de forma continua. Pasaba temporadas fuera y regresaba a una casa en León que compartía con su hermana en plantas separadas. Tenía una compañera sentimental en Salamanca. Se veían con frecuencia, viajaban juntos algunas veces y otras no.
—¿Y os funciona? —preguntó Azucena.
—Desde hace nueve años.
—¿Nunca habéis pensado en vivir juntos?
—Sí. Lo pensamos y se nos pasó.
Azucena sonrió sobre la taza.
Mauro le pidió permiso para retratarla en el puente con Zuri.
Ella regresó a La Jubilosa, se cambió el chándal por un vestido amarillo, se puso las gafas turquesas y volvió con la chaqueta coral sobre el brazo.
No era armadura. Era puro gusto. Quería verse así en la fotografía que quizá marcaría el final del viaje.
Mauro hizo varias tomas. En una, Azucena miraba hacia la otra orilla. En otra, Zuri tiraba de la correa y ella reía con el cuerpo inclinado. En la última, se había quitado las gafas y miraba directamente a la cámara.
—Esa —dijo cuando Mauro le mostró la pantalla.
Mauro amplió la imagen. Las líneas del rostro de Azucena se veían con claridad y una ráfaga había levantado el flequillo caoba. Ella no pidió que eliminara nada.
—¿La retoca? —preguntó.
—Ajusto luz y color. No cambio a la persona.
—Muy bien. Mantenga todas mis personas.
Mauro le enseñó otras fotografías de puentes.
En algunas, la estructura ocupaba casi todo el encuadre; en otras, era apenas una línea al fondo y la imagen mostraba a quienes la cruzaban.
Había una mujer empujando una bicicleta, dos adolescentes, un hombre con una caja y una pareja que caminaba separada por varios pasos.
—Nunca sé si vienen o van —dijo Azucena.
—Yo tampoco. Una foto no tiene por qué saberlo todo.
La idea le gustó. Durante el viaje, cada publicación había intentado explicar la parada: el hombre, el lugar, lo que ocurría. Quizá la fotografía de Zamora podía quedarse sin conclusión. Una mujer y un perro sobre un puente. Lo demás podía continuar fuera del encuadre.
No parecía una mujer que huyera ni una mujer que hubiera llegado. Parecía alguien en mitad de una decisión.
—Quiero volver a Madrid —dijo.
Mauro guardó silencio.
—No porque no sepa qué más hacer. Quiero volver a mi casa. Ver a Marisa sin una pantalla. Plantar el bulbo. Dormir en una cama que no se convierte en banco. Quiero descubrir si sigo cabiendo allí.
—Entonces vuelva.
—Me queda Zaragoza.
—Entonces vaya a Zaragoza y después vuelva.
La sencillez de la solución la hizo reír. Llevaba semanas examinando el regreso como si necesitara una justificación administrativa, un formulario, tres copias y el sello de una autoridad emocional.
Llamó a Marisa antes del mediodía.
—Llegaré dentro de una semana, más o menos.
Al otro lado hubo un silencio y luego un ruido parecido a un sollozo rápidamente disfrazado de tos.
—Avísame con tiempo para depilarme.
—No pienso abrazarte las piernas.
—Nunca se sabe cómo vuelve una viajera famosa.
—No soy famosa.
—La pescadera me pregunta por ti.
Azucena miró el río, el puente y a Mauro revisando sus fotografías.
—Marisa.
—¿Qué?
—Tengo ganas de verte.
—Yo también, idiota.
Azucena colgó con los ojos húmedos. Zuri apoyó el hocico en su rodilla. Ella le rascó detrás de las orejas y no intentó explicar nada.