Azucena por orden alfabético Capítulo 54 · Valladolid — Nicolás sale a escena
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Capítulo 54 · Valladolid — Nicolás sale a escena

Valladolid — Nicolás sale a escena

Nicolás confundió a Azucena con una actriz.

—Perdona —dijo, alcanzándola a la salida de un teatro—. ¿Tú hiciste una función en Mérida hace años?

—He hecho muchas funciones, pero ninguna con entrada y unas cuantas con el vestuario mal colocado.

Él se detuvo, mirándola mejor. Tenía cuarenta y seis años, el cabello largo recogido en una coleta y una voz grave que parecía proyectada hacia la última fila incluso en la acera.

—Es la chaqueta —añadió—. Es muy de escenario.

Azucena llevaba la prenda coral de Curro sobre un vestido estampado y las gafas nuevas de Lorenzo. Las turquesas de sol descansaban sobre su cabeza. El conjunto habría agotado a una persona tímida.

—La chaqueta tiene representante —dijo—. Yo solo la llevo.

Nicolás era actor y acababa de salir de un ensayo. La invitó a tomar algo con parte de la compañía. Azucena aceptó después de regresar al área para comprobar a Nala y llevarse a Zuri, que recibió más atención de los intérpretes que cualquiera de ellos.

La conversación giró en torno a memorizar textos, improvisar cuando fallaba un objeto y sostener una emoción incluso cuando el compañero tenía un trozo de lechuga entre los dientes.

Nicolás le preguntó por el viaje. Una actriz joven conocía el perfil y enseñó al grupo la viñeta que Miquel había dibujado en Barcelona.

—Tienes personaje —dijo Nicolás.

—Tengo vida.

—No son incompatibles.

La directora apareció buscando a Nicolás y, al ver a Azucena, le pidió que leyera dos líneas porque faltaba una actriz en el ensayo de una escena.

Azucena aceptó por diversión. Se colocó bajo una luz de trabajo con el bolso todavía colgado y leyó la primera frase como si estuviera comunicando un cambio de proveedor.

—Menos oficina —pidió la directora.

—He tardado casi un año en conseguirlo.

Volvió a empezar. Esta vez levantó la vista del papel.

La frase hablaba de una mujer que esperaba un tren que no pensaba tomar.

Azucena la pronunció con una ironía que no estaba escrita y Nicolás respondió desde el otro extremo del escenario.

Durante un minuto, ella dejó de ser la viajera del perfil y se convirtió en alguien que podía perder aquel tren sin consecuencias.

Al terminar, los actores aplaudieron.

—No pienso empezar una carrera —advirtió Azucena.

—Eso dicen todos antes de pedir camerino —dijo Nicolás.

La directora le ofreció repetir la escena. Azucena dijo que no. No porque temiera que la retuvieran, sino porque una vez había sido suficiente y le gustaba poder dejar un aplauso sin exigirle un futuro.

Más tarde caminaron solos. Nicolás había interpretado durante años al mismo protagonista en una obra popular. El público lo reconocía por una frase concreta y se decepcionaba al descubrir que él, fuera del escenario, no la pronunciaba con la misma voz.

—Al principio me encantaba —contó—. Sabía cómo se movía, cómo respiraba, qué hacía reír. Luego empecé a pensar que yo solo existía cuando era él.

—¿Dejaste la obra?

—Sí. Y durante meses nadie me ofreció otra cosa.

—¿Te arrepentiste?

—Cada martes. Los miércoles estaba encantado.

Azucena pensó en la mujer de las provincias, las monturas llamativas y la frase preparada.

Le gustaba aquella versión de sí misma. No era una mentira creada para las redes.

Había conducido todos los kilómetros, sentido todos los besos y pagado todas las facturas.

Pero el viaje había empezado a proporcionarle un papel claro: llegar, conocer, marcharse.

Ella conocía el texto. El público también.

—Creo que he interpretado a una mujer que no necesita a nadie —dijo.

Nicolás la miró de lado.

—¿Y la mujer real necesita a alguien?

—A la veterinaria, al mecánico y a Marisa cuando no recuerdo una contraseña.

—Buen reparto.

—No sé. Quizá no se trata de necesitar.

Nicolás asintió.

—En el teatro, si solo apareces cuando eres imprescindible, acabas haciendo de perchero.

—Eso es terrible.

—He hecho de perchero. Tenía dos frases.

Azucena se rio. Al despedirse, él besó su mano con exageración escénica y Zuri ladró una sola vez, probablemente para reclamar su parte del aplauso.

Aquella noche Azucena publicó una fotografía del teatro vacío. No apareció ella. No contó que Nicolás la había ayudado a reconocer un personaje. Escribió solamente: «Valladolid. Ensayo terminado».