Capítulo 53 · Valencia — Héctor fabrica gafas de sol
Valencia — Héctor fabrica gafas de sol
Héctor levantó una mano hacia las gafas de sol de Azucena.
—¿Puedo?
—Depende. ¿Piensa devolvérmelas o en Valencia desnudan a la gente por partes?
—Solo cuando la montura es una tragedia estructural.
Azucena se quitó las gafas y se las entregó. Héctor las examinó a contraluz.
—Son italianas.
—Italia también se equivoca.
Azucena recuperó las gafas con un gesto rápido.
Había entrado en el pequeño establecimiento atraída por un escaparate lleno de monturas de colores.
Héctor, de cincuenta y dos años, diseñaba gafas y trabajaba con un fabricante local.
Tenía el pelo negro muy corto, camisa turquesa y esa seguridad irritante de los hombres que saben exactamente qué objeto va a quedarle bien a alguien.
—No tienen buena sujeción —explicó—. Por eso se las empuja hacia arriba cada treinta segundos.
—Quizá me gusta tocarlas.
—No.
Azucena estuvo a punto de marcharse. Entonces vio una montura turquesa, amplia, con las esquinas ligeramente elevadas y una pequeña pieza color coral en las patillas.
—Esas.
Héctor negó con la cabeza.
—No.
—¿Cómo que no?
—Es un prototipo.
—Lorenzo también empezó así y acabé comprándole unas gafas.
—¿Quién es Lorenzo?
—Salamanca.
Héctor la observó unos segundos.
—Ah. Tú eres la del alfabeto.
—Y usted acaba de perder el derecho a tutearme.
Una hora después se tuteaban, Zuri dormía junto al mostrador y Azucena se había probado casi toda la colección.
Las turquesas seguían siendo las mejores.
Héctor montó unas lentes solares homologadas con filtro UV y ajustó las varillas.
Ella se miró en el espejo. Las gafas no ocultaban su cara: la enmarcaban como si el verano hubiera decidido firmarla.
—Me las llevo.
—A cambio de que me dejes fotografiarte para el catálogo.
—Además de pagar.
—Podemos negociar.
—No hemos empezado bien si crees que mi cara es gratis.
Negociaron. Azucena obtuvo las gafas con descuento y Héctor, una sesión improvisada en la que ella posó junto a La Jubilosa con la chaqueta coral, labios frambuesa, pendientes dorados y tantas pulseras que hubo que repetir una toma porque reflejaban el sol.
Zuri apareció en casi todas las fotografías.
Nala se negó a salir de la camper, preservando su derecho de imagen.
Comieron después. Héctor estaba separado y tenía un hijo de veinticuatro años que estudiaba diseño industrial y criticaba todas sus bisagras. No parecía interesado en seducirla, aunque la miraba con una curiosidad cálida.
—¿Cuánto te falta? —preguntó.
—Valladolid, Zamora y Zaragoza.
—¿Y después Madrid?
—Sí.
La palabra sonó firme.
—¿Te apetece?
—Creo que sí.
—Entonces, ¿de qué huyes ahora?
Azucena bajó las gafas turquesas para mirarlo por encima.
—¿Perdona?
—Cuando empezaste, huías del trabajo. Luego quizá del aburrimiento. Por lo que cuentas, en algún momento huiste de los hombres que querían organizarte. Pero ahora sigues moviéndote y ya no parece que te persiga nadie.
—No huyo. Estoy terminando lo que empecé.
—Vale.
Héctor llamó al camarero y pidió otro café. No insistió. Azucena agradeció y odió al mismo tiempo que la pregunta quedara flotando.
Esa tarde llamó a Marisa.
—¿Crees que estoy huyendo?
—¿Ahora mismo? Por el ruido, parece que estás junto a una batidora.
—Es la bomba de una fuente.
—Pues aléjate, que no te oigo.
Azucena cambió de banco, arrastrando a Zuri.
—Hablo en serio.
Marisa tardó un poco en responder.
—Creo que empezaste huyendo. Luego empezaste a viajar. No sé qué haces ahora. Supongo que lo sabrás cuando pares.
—Qué poca ayuda.
—No soy Curro. Yo no tengo frases preparadas ni chaquetas caras.
Azucena sonrió.
—Me quedan tres.
—Te queda una —dijo Marisa—. Volver.
Antes de dormir, Azucena guardó las gafas turquesas en su estuche. Pensó en la casa, en su cama, en la taza concreta que Miguel había adivinado que echaba de menos. Por primera vez, Madrid no apareció como el lugar donde el viaje terminaba.
Apareció como un sitio al que ella estaba eligiendo ir.