Azucena por orden alfabético Capítulo 52 · Toledo — Ismael y el metal flexible
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Capítulo 52 · Toledo — Ismael y el metal flexible

Toledo — Ismael y el metal flexible

La pieza que llamó la atención de Azucena no era una espada, sino una hoja de metal curvada como una cinta al viento.

—¿Eso qué es? —preguntó.

—Todavía no lo sé —respondió Ismael.

El artesano trabajaba en un pequeño taller abierto a un patio.

Tenía cuarenta y nueve años, cabello oscuro con canas, brazos fuertes y un delantal salpicado de marcas.

Azucena había entrado porque buscaba un cierre para el broche de madera de Enrique, que amenazaba con independizarse de su solapa.

Ismael aceptó repararlo y ella se quedó mirando cómo manejaba herramientas que le recordaron a Tomás, el cuchillero de Albacete.

—El primer artesano de la ruta me arregló un collar —dijo—. Usted casi está al final y me arregla un broche.

—¿Hay examen?

—De momento va aprobando.

Ismael sustituyó el cierre y le enseñó la lámina curva. Era una prueba para una escultura: acero trabajado para mantener una torsión sin quebrarse. Azucena la tocó. Esperaba rigidez, pero al presionar notó una vibración mínima.

—Parece más blanda de lo que es.

—No. Parece más dura. Lo que pasa es que confundimos dureza con inmovilidad.

Azucena retiró la mano.

—¿Se ponen de acuerdo entre ustedes?

—¿Quiénes?

—Los hombres con oficio. Siempre acabáis diciendo cosas aplicables a la vida.

—Yo estaba hablando de acero.

—Eso dicen todos.

Antes de encender el equipo, Ismael cerró el acceso a la zona de trabajo.

Zuri quedó en el patio sombreado, sujeto en un punto seguro y con agua; Nala descansaba en el camping, bajo la vigilancia de la cámara y el sensor de temperatura.

Azucena se quitó todas las pulseras, recogió las mangas y se puso las gafas, los guantes y el delantal de protección que Ismael le indicó.

Ismael calentó otra tira, la aseguró sobre el yunque y le ofreció un martillo más ligero.

—Pruebe.

—¿Quiere conservar el taller?

—Golpee donde le diga.

El primer golpe sonó tímido. El segundo, demasiado fuerte. La vibración le subió por el brazo hasta los guantes. Desde el patio, Zuri levantó la cabeza al oír el metal.

—No es cuestión de descargar enfado —dijo Ismael—. Hay que acompañar la forma.

—Eso sí estaba coordinado con los demás.

Él colocó la mano de Azucena un poco más atrás en el mango y señaló el punto. Después de varios golpes, la tira empezó a adoptar una curva mínima. No era bella, pero tampoco se había roto.

—Parece fácil cuando lo hace usted.

—Llevo casi treinta años estropeando metal con cierta regularidad.

Azucena miró la pieza que había ayudado a doblar. Ismael la enfrió y le hizo un orificio.

—Puede servir de llavero.

—Parece una judía torcida.

—También puede tirarla.

Azucena la guardó en el bolso. Más adelante colgaría de las llaves auxiliares de La Jubilosa y golpearía el salpicadero en cada curva, recordándole que algunas cosas adquirían forma haciendo ruido.

Cuando el metal estuvo frío y el equipo quedó apagado, Azucena se quitó la protección y recuperó sus pulseras.

Ismael la invitó a almorzar en el patio.

Zuri se tumbó bajo una mesa alejada de las herramientas y recibió agua en un cuenco limpio.

Nala descansaba en el camping, donde Azucena había extendido el toldo y comprobado dos veces la temperatura.

Ismael había cuidado a su padre durante los últimos años de vida de este.

No lo contó como sacrificio ni como medalla.

Dijo que había aprendido a trabajar con interrupciones, a no enfadarse con los días que cambiaban de forma y a aceptar que querer a alguien podía resultar incómodo sin convertirse por ello en una condena.

—¿No sintió que perdía libertad? —preguntó Azucena.

—A veces. Y otras veces elegía estar allí. Las dos cosas pueden ser verdad.

La respuesta la acompañó durante el resto del día. No tenía el brillo de una frase perfecta. Era incómoda, precisamente porque admitía dos verdades al mismo tiempo.

Antes de irse, Ismael fabricó un pequeño aro para sujetar juntos los broches de la solapa.

—Así no compiten por el sitio.

—No competían.

—Uno estaba a punto de caer al suelo.

—Era una salida dramática.

Azucena pagó el trabajo y le pidió permiso para fotografiar sus manos. Publicó la imagen junto a la pieza curva, sin mostrar su rostro. Escribió solamente: «Toledo».

Marisa comentó casi de inmediato: «Esas manos no parecen patrimonio histórico, pero deberían estar protegidas».

Azucena tuvo que sentarse de la risa. Ismael, desde la puerta del taller, la miró sin entender nada y levantó una mano para despedirse.