Capítulo 51 · Teruel — Martín arregla relojes
Teruel — Martín arregla relojes
El reloj de pulsera de Azucena se detuvo a las once y diecisiete.
Lo descubrió mientras tomaba café. Dio dos golpecitos en la esfera, acercó la muñeca al oído y sintió una inquietud absurda.
Era el reloj dorado que había usado durante los últimos años en Montalbán Publicidad, un modelo grande, de esfera oscura, que había seguido llevando durante el viaje aunque también mirara la hora en el móvil.
Las once y diecisiete.
—Muy gracioso —le dijo al reloj.
La camarera le indicó un taller cercano. Martín, el relojero, tenía cincuenta años, el pelo oscuro con las sienes plateadas y una lupa sujeta a las gafas. Recibió el reloj en una almohadilla negra, abrió la tapa y contempló el interior.
—Se ha agotado la pila.
—¿Nada más?
—¿Le parece poco?
—Se ha parado a una hora concreta.
Martín observó la esfera.
—Todos los relojes se paran a una hora concreta. Lo inquietante sería que eligieran una aproximada.
Azucena le explicó por qué las once y diecisiete importaban.
Él cambió la pila sin atribuir intención al universo, limpió la caja y ajustó la correa.
En las paredes del taller había relojes de péndulo, despertadores, cucos y mecanismos sin carcasa.
No marcaban la misma hora. El conjunto producía un murmullo irregular que a Azucena le recordó una sala llena de personas pensando.
—¿No los sincroniza? —preguntó.
—¿Para qué? Algunos adelantan, otros están en reparación y ese de ahí lleva parado desde 1984 porque el dueño no quiere que lo toque.
—¿Lo trae a reparar y no quiere que lo repare?
—Lo trae a limpiar. Era de su madre. Se paró el día que murió y él prefiere que siga así.
Martín le devolvió el reloj. La aguja avanzó más allá de las once y diecisiete.
—Ya está.
Azucena sintió una pequeña decepción. Había esperado algo más complicado, una pieza rara, una espera, tal vez una explicación que pudiera guardar. Solo era una pila.
—¿Cuánto le debo?
Martín se lo dijo y ella pagó.
—Puede quedarse un rato —añadió él—. Está mirando los relojes como si fueran a contarle algo.
—Hasta ahora solo me han pedido dinero.
Fueron a comer cuando el taller cerró. Martín era divorciado, tenía un hijo mecánico y una nieta que prefería los relojes digitales porque «las agujas dan trabajo». Le gustaba reparar objetos que podían medir el tiempo aunque no tuvieran ninguna autoridad para decidir qué se hacía con él.
—La gente dice que hay que darle tiempo al tiempo —comentó Azucena—. Como si el tiempo fuera autónomo.
—Si no le da cuerda, un reloj mecánico se para. Si no cambia una pila, también. El tiempo sigue, pero el aparato no se entera.
—Eso sí parece una metáfora.
—Yo cobro por minutos. No me conviene desperdiciarlos en metáforas.
Pasearon después con Zuri. Martín no era particularmente seductor ni intentaba serlo.
Tenía una presencia amable, la de alguien que sabía esperar a que una pieza encajara.
Azucena se sorprendió imaginándolo en Madrid, sentado en su cocina, reparando el reloj de pared que llevaba años atrasando cuatro minutos.
La imagen no la asustó. Tampoco la tentó.
Pasó por su mente y se fue sin que ella tuviera que expulsarla.
Al despedirse, Martín le pidió que le enviara una foto del reloj cuando llegara a casa.
—Para asegurarme de que sigue funcionando.
—¿Y si no?
—Me lo trae.
—Estoy haciendo la ruta por orden alfabético. Volver a Teruel puede llevarme seis países.
—Entonces busque un relojero más razonable.
Esa noche, Azucena colocó el reloj junto a la brújula del móvil y la lista de provincias. Faltaban doce días para Zaragoza según el plan. Podían ser quince. O veinte. Nadie la esperaba en una oficina. Ninguna máquina iba a cerrarse si ella llegaba tarde.
Aun así, por primera vez deseó llegar.