Capítulo 50 · Tarragona — Jordi excava capas
Tarragona — Jordi excava capas
La Jubilosa empezó a oler a cebolla en Tarragona.
Azucena lo detectó al abrir la puerta después de pasear a Zuri. Revisó la nevera, el armario de comida y la bolsa de basura. Encontró una cebolla convertida en una sustancia blanda y filosóficamente contraria a conservar su forma.
—Casi once meses para que una hortaliza intente matarme —murmuró.
Sacó todo al exterior, limpió el compartimento y dejó airear la camper. Nala observaba la operación desde la cama, con la nariz arrugada. Fue entonces cuando un hombre del área se acercó con un pequeño frasco.
—Bicarbonato —dijo—. Absorbe el olor.
—¿Se dedica a rescatar cocinas?
—A rescatar cosas bastante más antiguas.
Jordi tenía cuarenta y siete años y era arqueólogo.
Llevaba el pelo rizado, salpicado de gris, una camiseta de un congreso celebrado doce años antes y unas rodillas que crujían al agacharse.
Estaba en la zona por un trabajo de documentación y viajaba en una furgoneta blanca tan austera que La Jubilosa parecía, a su lado, una suite presidencial.
Ayudó a Azucena a desmontar un panel del armario donde se había filtrado líquido. Debajo encontraron una moneda de diez céntimos, una horquilla que no era suya y una etiqueta del antiguo propietario.
—Tres estratos de ocupación humana —dijo Jordi.
—Y en todos se peinaban mal.
Al día siguiente le enseñó el trabajo que realizaba.
No la convirtió en alumna ni descargó sobre ella una conferencia.
Le mostró cómo una pared aparentemente uniforme conservaba reparaciones, huecos tapados y materiales de distintas épocas.
Azucena miró una línea irregular que ella habría tomado por suciedad.
—Lo más reciente no borra lo anterior —explicó Jordi—. Se apoya encima. A veces lo rompe. A veces lo conserva sin querer.
Azucena pensó en la carta guardada en su chaqueta, pero se negó a regalarle a la escena una conclusión demasiado limpia.
—En mi furgoneta, lo más reciente era cebolla podrida.
—También es información sobre una civilización.
—Una civilización que debe comprar cantidades más pequeñas.
Jordi le prestó una paleta y la dejó retirar tierra de una zona ya documentada. Azucena esperaba sentir la emoción inmediata de descubrir un objeto, pero solo encontró más tierra, raíces pequeñas y una piedra que resultó no tener ningún interés.
—En televisión siempre aparece algo —protestó.
—En televisión también resuelven un crimen en cuarenta y cinco minutos.
—Yo he recorrido medio país para encontrar una piedra corriente.
—La piedra ya estaba aquí. El viaje ha sido decisión suya.
Jordi le mostró cómo se numeraba una bolsa, cómo se registraba incluso aquello que parecía insignificante y por qué sacar un objeto sin anotar su posición podía quitarle casi todo su sentido.
Azucena pensó en los recuerdos del viaje: un broche sin el gesto de Marisa, una brújula sin Sergio, el billete de un restaurante sin la conversación.
Las cosas eran pequeñas anclas; el lugar que ocupaban era parte de ellas.
Cuando devolvió la paleta, tenía tierra bajo las uñas pastel.
—Esto no combina con mi manicura.
—Es una capa nueva.
—Temporal. En cuanto encontremos jabón, la historia se revisa.
Jordi había estado casado dos veces y mantenía buena relación con una exmujer y ninguna con la otra. Lo contó durante una cena cocinada entre ambas furgonetas, con el bicarbonato trabajando dentro de La Jubilosa.
—¿No le da miedo repetir? —preguntó Azucena.
—¿El matrimonio o el melón?
—El matrimonio. El melón, si sale bueno, merece una segunda oportunidad.
—Repito muchas cosas. Elegir mal un melón, perder bolígrafos, creer que puedo comer picante. En el amor intento prestar algo más de atención.
—No parece muy escarmentado.
—El escarmiento está sobrevalorado. A veces solo sirve para que uno cometa errores distintos con mucha seguridad.
Azucena se quedó mirándolo. Curro habría aplaudido. Eso la molestó.
—¿Y usted? —preguntó Jordi—. ¿Qué hará después de Zaragoza?
—Volver a Madrid, supongo.
Era la primera vez que lo decía con esa sencillez. Hasta entonces había hablado del final como de un borde sin nombre. Jordi asintió y siguió comiendo.
—¿Y después?
—No abuse.
Él levantó las manos.
No hubo beso. Sí una conversación hasta pasada la medianoche y una mañana compartida limpiando los restos del desastre vegetal. Antes de partir, Jordi le regaló una pequeña brocha nueva.
—Para sus excavaciones domésticas.
—La usaré cuando desaparezca una pulsera entre los asientos.
—Eso es arqueología preventiva.
Azucena guardó la brocha junto a las herramientas. Cuando cerró el armario, aún quedaba un eco de cebolla.
En el cuaderno puso solo: «Comprar una sola cebolla».