Capítulo 49 · Soria — Abel escribe poco
Soria — Abel escribe poco
Después de Curro, Azucena pasó tres días sin buscar al hombre especial de Soria.
No era que antes los buscara. Al menos, eso se repetía mientras paseaba a Zuri, compraba comida y vaciaba depósitos.
Pero había desarrollado una atención particular, una forma de reconocer posibilidades en el desconocido que sostenía una puerta, en el camarero que preguntaba por sus pulseras o en el hombre sentado solo con un libro.
En Soria dejó de hacerlo. Miró árboles, fachadas, perros y el nivel de combustible.
A los hombres les concedió el alivio de no ser candidatos a nada.
Conoció a Abel en la biblioteca porque necesitaba imprimir la confirmación de una reserva.
Podía enseñarla en el teléfono, pero después de tantos meses seguía desconfiando de los códigos que solo existían en una pantalla.
El día en que el móvil cayera a un río, pensaba, media población se quedaría sin identidad, dinero ni derecho a embarcar.
Abel tenía cincuenta y cuatro años, una calva impecable, gafas finas y la voz de quien ha pasado la vida pidiendo silencio sin necesidad de levantarla.
Trabajaba como bibliotecario y, además, coordinaba el club de lectura y el fondo de donaciones porque le gustaba colocar libros que otros dejaban donde no correspondía.
—¿A color? —preguntó, mirando la reserva.
—No hace falta.
—Se lo pregunto porque la impresora en color lleva dos días comportándose como una soprano ofendida.
—En blanco y negro. No quiero alterar su proceso artístico.
Mientras la máquina trabajaba, Abel vio el cuaderno amarillo bajo el brazo de Azucena.
—¿Escribe?
—Anoto.
—Escribir es anotar después de quitar algunas cosas.
—Entonces yo hago lo contrario. Cada día añado más.
Abel le recomendó una mesa junto a una ventana. Azucena había entrado solo para imprimir un papel, pero se sentó. Zuri descansaba en una guardería canina unas horas; Nala dormía en la camper. De pronto no había ningún animal, avería ni hombre que necesitara su atención. Solo una página vacía.
Escribió una fecha. Luego: «Querida Azucena del martes a las once y diecisiete».
Se sintió ridícula. Miró alrededor. Abel estaba al otro lado de la sala, colocando devoluciones. Nadie parecía interesado en juzgar una carta que ni siquiera sabía continuar.
«Al final te fuiste», añadió.
La frase parecía insuficiente. Había conducido kilómetros absurdos, dormido con lluvia golpeando el techo, llevado a Nala en varios ferris, besado a hombres cuyos apellidos no recordaría dentro de diez años y conocido a otros cuya forma de escuchar sí.
Había aprendido a revisar el gas, a pedir ayuda sin sentir que entregaba el mando y a llevar una chaqueta coral a treinta grados porque le daba la gana.
Pero todo aquello no cabía en una lista sin parecer una competición.
Escribió despacio.
«No estabas equivocada al querer salir. No tenías que saber de antemano para qué. Has estado muy ocupada demostrando que puedes irte. Puedes. Ya está demostrado. Lo que hagas con eso ahora no tiene por qué parecerse a nada».
Dejó el bolígrafo.
Abel pasó cerca con un carro de libros.
—¿Mucho?
—Una página.
—Una página puede ser demasiado.
—¿Usted escribe?
—Listas de la compra. Cartas a mi mujer.
Azucena miró su mano. Llevaba alianza.
—¿Está fuera?
—Murió hace seis años.
No había temblor en la voz, pero sí una suavidad que alteraba el aire.
—¿Y sigue escribiéndole?
—Poco. Si escribiera todo lo que pienso, no tendría tiempo de pensar en ella.
Azucena dobló la carta y la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta coral.
Comió con Abel cuando terminó aquella mañana.
Él hablaba con la misma economía con que escribía.
Le contó que tenía una hija en Bruselas, que cocinaba fatal y que una vecina le dejaba fiambreras a cambio de que él paseara a su perro cuando ella trabajaba.
No hubo coqueteo. Hubo una sobremesa larga y la sensación de que ciertas personas no ocupan sitio, sino que lo vuelven habitable.
—¿Qué pondrá de mí en su cuaderno? —preguntó Abel al despedirse.
—Todavía no lo sé.
—Ponga poco.
Azucena obedeció. Aquella noche escribió solo: «Abel. Soria. Una página».