Capítulo 48 · Sevilla — Curro no era un pretendiente
Sevilla — Curro no era un pretendiente
Curro apareció armado con una cinta métrica.
Azucena estaba en una tienda de telas, sosteniendo contra el cuerpo una pieza estampada con hojas fucsias y pájaros turquesa, cuando aquel hombre de barba perfectamente recortada la recorrió con la mirada.
—Eso te quedaría estupendo con una caída distinta —dijo.
—A mí me queda estupendo hasta el chaleco reflectante.
—No he dicho que te quede mal. He dicho que la tela merece no acabar convertida en una funda de sofá.
La dependienta soltó una risa. Curro sacó la cinta métrica del bolsillo como un pistolero y preguntó a Azucena si podía acercarse. Ella lo permitió, divertida. Él midió el ancho de la tela, no su cuerpo, hizo un pliegue rápido y lo sujetó con dos alfileres.
—Mira ahora.
En el espejo, el estampado dejó de abultar y empezó a moverse. Azucena inclinó la cabeza. Con sus gafas azul y miel, el pelo caoba revuelto por el calor y el carmín frambuesa intacto, parecía una criatura tropical que hubiera exigido aire acondicionado.
—¿Eres sastre?
—Diseñador cuando cobro y modisto cuando mi madre habla de mí.
Curro tenía cincuenta y cinco años, un estudio a dos calles y una manera de pronunciar «beis» que lo convertía en una acusación moral.
Terminó invitando a Azucena a ver unas chaquetas.
Zuri fue recibido con un cuenco de agua y la advertencia de que no se acercara a las sedas.
Nala permanecía en La Jubilosa, protegida del calor en un camping con buena sombra, conexión eléctrica, climatización activa, sensor remoto y cámara interior.
El estudio era un estallido de color ordenado. Maniquíes, retales, cajas de botones y percheros ocupaban el espacio sin asfixiarlo. Curro sacó una chaqueta color coral con un cuello asimétrico.
—Pruébatela.
—No necesito otra chaqueta.
—Yo tampoco necesito otro hombre y no por eso he dejado de mirar.
Azucena se rio y entró en el probador.
Durante los últimos meses se había habituado a registrar a los hombres casi sin querer.
Edad aproximada. Manos. Voz. Anillo. Forma de mirar a Zuri.
Reacción ante Nala. Probabilidad de querer conducir La Jubilosa.
La edad era el primer filtro: entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco solía estar su zona favorita; Samuel, Miquel y Joan habían demostrado que los treinta y pocos también podían defender muy bien una candidatura.
Con Curro había iniciado el mismo inventario: barba cuidada, hombros bonitos, humor rápido, sin alianza.
Al oírlo hablar de hombres, sintió una pequeña vergüenza, como si la hubieran descubierto revisando un bolso ajeno.
Salió con la chaqueta puesta.
Curro dio una vuelta a su alrededor y ajustó el cuello.
—Tienes una relación intensa con los accesorios.
—Son una forma de expresión.
—No te defiendas. Yo tengo cuarenta y tres pañuelos y solo un cuello.
Azucena se miró. El coral hacía más cálida su piel, encendía los reflejos del pelo y quedaba sorprendentemente bien junto a los dos broches que llevaba en la solapa.
—Me la quedo.
—Todavía no te he dicho el precio.
—Dímelo cuando ya esté emocionalmente vinculada.
Curro cerró el estudio al anochecer y la llevó a cenar con su marido, Jesús, enfermero de urgencias, que llegó veinte minutos tarde y con hambre suficiente para pedir antes de sentarse.
Llevaban diecisiete años juntos, siete casados, dos rupturas breves y una reforma de cocina que ambos consideraban la prueba más dura.
—¿Tú eres la de los novios provinciales? —preguntó Jesús.
Azucena casi se atragantó.
—No son novios.
—Curro ha dicho que en cada capital conoces a un hombre.
—Especial —precisó ella—. Un hombre especial. Y no en ese sentido siempre.
Curro bebió un sorbo de vino.
—Pero tú compruebas por si acaso.
—No compruebo nada.
—Esta tarde me has mirado las manos, el anular y el culo.
—El culo no.
Jesús levantó la mano.
—Yo sí. Lo tiene muy bien.
Curro hizo una pequeña reverencia desde la silla. Azucena se echó a reír. La cena avanzó entre historias de clientes, guardias hospitalarias y la ruta absurda que la había obligado a viajar de un extremo a otro por respeto a una lista confeccionada por funcionarios y alfabetos.
—¿Qué haces cuando uno te gusta? —preguntó Curro.
—Lo conozco.
—¿Y después?
—Sigo viaje.
—¿Y si quiere algo más?
Azucena se encogió de hombros.
—Dejo claro que no quiero comprometerme.
—¿Te lo preguntan todos?
—No con esas palabras.
—¿Te lo preguntan la mayoría?
Ella cortó un trozo de comida demasiado grande y se concentró en masticar.
Pensó en Lorenzo y su botella de vino. En Miguel dejando una puerta abierta.
En Oriol, que no había preguntado por el día siguiente.
En César, cuyo gesto más íntimo había sido compartir un termo.
Incluso en algunos hombres que sí habían querido retenerla, como Pelayo o Unai, y en cómo aquellos encuentros parecían haber escrito el guion de todos los posteriores.
—No llevo una estadística —dijo.
—Pues para viajar por orden alfabético eres muy poco sistemática.
Jesús tocó el brazo de Curro.
—Déjala cenar.
—Está cenando.
—Está diseccionándome —replicó Azucena.
Curro negó con la cabeza.
—Te estoy diciendo que quizá llevas meses respondiendo a preguntas que nadie te ha hecho.
La frase llegó sin música, sin solemnidad y sin el menor cuidado por parecer importante. Por eso encontró sitio.
Azucena dejó los cubiertos.
—No sabes nada de mí.
—Sé que has entrado en mi estudio, te has probado una chaqueta, has cenado con mi marido y conmigo y todavía tienes una parte de la cabeza preguntándose qué lección vas a sacar del hombre de Sevilla.
—Curro sonrió, pero sus ojos no se burlaban—.
No tienes que sacar ninguna. Yo no soy una prueba. Y tú tampoco.
—El viaje no consiste en hombres.
—Me alegro.
—Consiste en hacer lo que quiero.
—Eso está fenomenal.
—No necesito que un desconocido me explique mi viaje.
—Mucho mejor, porque cobro las consultas carísimas.
Jesús le dio una patada suave bajo la mesa. Curro hizo una mueca.
Azucena sintió deseos de irse. También sintió deseos de quedarse y demostrar que no la habían molestado, lo cual era otra manera de obedecer. Al final pidió café.
—Mi exmarido no era malo —dijo tras un rato—.
Ni controlador. Ni nada de eso. Simplemente, yo acabé encargándome de todo.
De las citas, los cumpleaños, las vacaciones, la compra, lo que había que llevar a cada sitio.
Si él quería hacer algo, yo encontraba cómo.
Si yo quería hacer algo, miraba primero si encajaba.
Un día me di cuenta de que llevaba años aplazándome.
Curro no intervino.
—Después me divorcié —continuó—. Y trabajé.
Mucho. Era secretaria de dirección en Montalbán Publicidad, una agencia enorme.
Mi jefe, Gonzalo Montalbán, tenía cinco años menos que yo y ocupaba el despacho grande porque era hijo de Eugenio, el fundador.
Se pasaba el día hablándome desde una superioridad que me ponía de los nervios y después me preguntaba dónde había dejado su propia agenda.
Estaba encantado con una mujer que solucionaba cualquier cosa antes de que se la pidieran.
Cuando me jubilé, decidí que nadie volvería a organizarme la vida.
—Tiene sentido —dijo Jesús.
—Claro que tiene sentido —añadió Curro—. Lo que no sé es por qué has decidido que querer a alguien y organizarle la vida son la misma cosa.
Azucena se recostó. Las pulseras sonaron contra el borde de la mesa. Durante años habían sido un aviso de presencia, una pequeña fanfarria cada vez que alargaba la mano. En aquel momento le parecieron demasiado ruidosas.
—No lo he decidido.
—Entonces no decidas tampoco lo contrario antes de que te lo pregunten.
Jesús suspiró.
—Tiene la delicadeza de una grapadora industrial, pero a veces acierta.
Curro le lanzó un beso.
Después del café caminaron hasta el estudio para recoger la chaqueta, que necesitaba un pequeño ajuste.
Curro trabajó mientras Azucena observaba.
Esta vez el silencio no fue cómodo. Ella repasaba nombres, cenas, despedidas.
Gabriel y aquellas cuatro semanas que no aceptó.
Adolfo y una noche que sí. Miguel y el jardín donde habría podido regresar sin entregar las llaves de su casa.
No lamentaba haberse marchado. Eso era importante.
No quería convertir cada elección en un error retrospectivo solo porque ahora veía otra cosa.
Curro cortó un hilo con los dientes.
—No te estoy diciendo que vuelvas a buscar a nadie.
—No he dicho que estuviera pensando eso.
—Tu cara sí. Tienes una cara muy informativa.
—Y tú una boca sin comité de supervisión.
—Por eso nos hemos caído bien.
Le entregó la chaqueta dentro de una funda.
—La libertad no se encoge si la compartes bien —dijo—. Pero eso no hace falta que lo apuntes. Suena a frase de taza.
Azucena lo miró.
—Acabas de estropear un momento aceptable.
—Es mi especialidad.
Al despedirse, Curro la abrazó. Jesús le dio dos besos y le pidió que regresara algún día sin necesidad de seguir ninguna letra.
En La Jubilosa, Nala olfateó la funda de la chaqueta y se metió debajo del banco. Zuri bebió agua y se tumbó boca arriba. Azucena abrió el cuaderno amarillo, pero no escribió. Puso el bolígrafo sobre la página y se quedó mirando los apuntes de meses anteriores.
«No quiero comprometerme» aparecía solo unas cuantas veces, aunque la idea estaba escondida en muchas más líneas: me fui, no me quedé, protegí el volante, no prometí nada. Ninguna era falsa. Le gustaba la mujer capaz de marcharse. No quería perderla.
Lo que no sabía era si, de tanto defender su puerta, había empezado a cerrarla desde dentro.
A la mañana siguiente publicó una fotografía de la chaqueta coral colgada en la puerta de La Jubilosa. El texto decía: «Sevilla. He conocido a Curro, que diseña ropa, cobra caro y hace preguntas gratis. Me llevo una chaqueta y una ligera irritación».
Curro comentó: «La irritación te hace juego con el carmín».
Azucena respondió con un corazón, borró la respuesta, la volvió a escribir y esta vez la dejó.