Capítulo 47 · Segovia — Enrique mueve los hilos
Segovia — Enrique mueve los hilos
El títere de madera llevaba una chaqueta naranja, una flor en el sombrero y unas gafas redondas pintadas de azul.
—Se parece a mí —dijo Azucena.
—Solo en que los dos queréis mandar —respondió Enrique.
—Yo no quiero mandar.
El títere cruzó los brazos.
—Qué insolencia.
Enrique tenía cincuenta y dos años, una barba estrecha y unas manos largas que parecían seguir moviendo hilos incluso cuando estaban vacías.
Había trabajado como titiritero desde los veintitrés, en teatros, plazas, colegios y festivales donde a veces le pagaban con retraso y siempre le daban bocadillos demasiado secos.
Azucena lo conoció en una función al aire libre.
Se había detenido porque Zuri, fascinado por un dragón de tela, se sentó entre los niños con una seriedad impecable.
Nala descansaba en la camper, estacionada en un área autorizada y ya recuperada del último trayecto en ferry.
Al terminar, Enrique salió de detrás del pequeño escenario y señaló al perro.
—Es el único adulto que no ha mirado el teléfono.
—Porque no tiene la contraseña.
Enrique invitó a Azucena a ver los títeres de cerca.
Ella sostuvo una marioneta por los controles y consiguió que caminara como si acabara de bajar de un crucero con barra libre.
Él le enseñó a repartir la tensión de los hilos.
No se trataba de tirar más, explicó, sino de saber cuál debía quedar suelto.
—No empiece con metáforas —advirtió Azucena—. Llevo muchas provincias y detecto una enseñanza a tres calles de distancia.
—Señora, yo solo intento que no estrangule a Pablito.
Pasaron la tarde en el taller móvil de Enrique, un remolque ordenado con precisión.
Había reyes con narices desproporcionadas, ancianas diminutas, monstruos tristes y un perro blanco tallado a medias.
Azucena le habló de su ruta, aunque él ya conocía una versión por las redes.
Enrique escuchó mientras pintaba la pupila de un muñeco.
—Así que en cada provincia encuentra a un hombre especial.
—No es una norma. Ha ocurrido.
—Y luego se marcha.
—Esa sí es la norma.
—Muy teatral.
Azucena hizo tintinear las pulseras.
—Mi vida no es una obra.
—Todas las vidas tienen algo de obra. El problema empieza cuando el personaje gusta tanto que uno no se atreve a quitarse el vestuario.
Ella se puso rígida. Enrique siguió pintando, como si no acabara de rozar una zona que Miguel había dejado al descubierto.
—¿Y qué personaje se supone que interpreto?
—No la conozco lo suficiente. —Sopló suavemente sobre el ojo del títere—. Pero parecer libre puede convertirse en un papel tan exigente como parecer feliz, parecer joven o parecer que a uno no le importa nada.
—Yo no parezco libre. Lo soy.
—Entonces no tendrá ningún problema.
Enrique le guiñó un ojo y cambió de tema. Eso la irritó más que si hubiera discutido.
A la mañana siguiente, Azucena volvió para ayudar en otra función.
Se colocó tras el teatrillo, manejó al personaje de la chaqueta naranja y olvidó una parte del diálogo.
Improvisó. Los niños se rieron cuando la marioneta anunció que no pensaba casarse con el príncipe porque él tenía un castillo sin ascensor.
—Te has salido del texto —susurró Enrique.
—El texto era poco práctico.
Al final, el títere se marchaba solo por un camino. Azucena sostuvo los controles y notó que, si tensaba todos los hilos a la vez, el muñeco quedaba inmóvil. Aflojó uno. La pierna avanzó.
No dijo nada.
Enrique le regaló una pequeña flor de madera con un imperdible en la parte posterior.
—Otro broche —dijo ella—. Me voy a quedar sin solapa.
—Puede guardarlo.
Azucena se lo puso junto a la azucena de Marisa.
—También puedo llevar dos.
En el cuaderno escribió solo una línea: «Enrique hace hablar a muñecos para no tener que repetir las cosas».
Debajo, tras pensarlo un momento, añadió: «Me ha caído fatal durante aproximadamente siete minutos».