Azucena por orden alfabético Capítulo 46 · Santa Cruz de Tenerife — Miguel y el jardín improbable
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Capítulo 46 · Santa Cruz de Tenerife — Miguel y el jardín improbable

Santa Cruz de Tenerife — Miguel y el jardín improbable

El camarote apto para animales era más pequeño de lo que sugerían las fotografías y más grande de lo que temía Azucena.

Zuri inspeccionó las cuatro esquinas, bebió agua y se tumbó con la confianza de quien considera que cualquier medio de transporte existe para llevarlo a cenar.

Nala salió del transportín cuando el barco llevaba un rato en marcha, olfateó el aire, detectó una vibración inaceptable y se refugió bajo la litera inferior.

—No se te ocurra esconderte durante todo el trayecto —le dijo Azucena, tumbada en el suelo para verla—. Ya tuvimos suficiente drama en Las Palmas.

La gata le respondió cerrando los ojos.

Azucena había reservado con cuidado, consultado normas, preparado empapadores, arenero portátil, comida, medicación por si la veterinaria la consideraba necesaria y una bolsa que parecía pensada para evacuar un pequeño país.

Aun así, apenas durmió. Cada crujido del barco le parecía una reclamación formal de Nala.

Llegaron con el cansancio pegado al cuerpo. Azucena instaló La Jubilosa, revisó a los animales, hizo una colada y estuvo a punto de pasar el día entero sin hablar con nadie. Fue Zuri quien decidió lo contrario. Durante el paseo de la tarde, se detuvo ante una verja y clavó las patas en el suelo.

Al otro lado había un jardín donde crecían plantas con hojas enormes, flores minúsculas y un árbol retorcido que parecía haber discutido con el viento durante cien años. Un hombre arrodillado junto a un bancal levantó la cabeza.

—¿Le gustan las plantas? —preguntó.

—Le gusta el cubo que tiene usted al lado.

El cubo contenía restos de poda, no comida. Zuri aceptó la decepción con menos elegancia que Nala habría considerado imprescindible.

Miguel tenía cuarenta y ocho años y trabajaba como botánico para una fundación que recuperaba especies locales y diseñaba pequeños jardines capaces de sobrevivir donde, según él, «la gente sensata no plantaría nada».

Llevaba un sombrero de paja deformado, las uñas con tierra y una camisa azul lavada tantas veces que casi se había vuelto blanca.

Le enseñó el jardín. Azucena no sabía los nombres de la mayoría de las plantas, pero sí reconocía la pasión con que alguien hablaba de algo que amaba.

Miguel tocaba las hojas con respeto, apartaba una rama para mostrar un brote y se detenía antes de arrancar una mala hierba, como si quisiera escuchar su versión.

—Me dieron un bulbo de azucena en Murcia —dijo ella—. Va en una caja rígida dentro del compartimento exterior cerrado, lejos de Nala. Empiezo a creer que tendrá carné de conducir antes de que lo plante.

—¿Dónde piensa ponerlo?

—En Madrid. Si todavía reconoce mi casa.

Miguel no preguntó por qué no había regresado cuando le tocaba la M. Había visto el perfil y conocía la provincia tachada. Esa noche, durante una cena sencilla en una terraza, le confesó que seguía las publicaciones desde Huelva.

—Así que usted ya sabía quién era yo.

—Sabía qué enseñaba. No es exactamente lo mismo.

La observación le gustó más de lo que quiso demostrar.

Miguel la miraba sin disimular la atracción, pero no parecía coleccionar anécdotas sobre ella.

Quería saber si le gustaba conducir de noche, qué hacía cuando se enfadaba, por qué llevaba tres collares que se enredaban entre sí y si echaba de menos una taza concreta de su cocina.

Azucena le preguntó si vivía solo.

—Con demasiadas plantas. Mi hija dice que estoy a un paso de tener que abrir caminos con machete.

—¿Y mujeres?

—Las mujeres no suelen necesitar riego por goteo.

—No ha conocido usted a algunas de mis antiguas compañeras.

Se vieron cuatro días. Miguel consiguió para ella una maceta temporal adecuada para el bulbo, aunque convinieron en no plantarlo todavía.

Pasearon con Zuri al amanecer, fueron a un vivero y cocinaron en La Jubilosa mientras Nala observaba a Miguel desde lo alto de un armario.

La segunda noche se besaron bajo el toldo, junto a la puerta cerrada de la camper; Nala seguía visible tras la ventana y el doble cierre permanecía asegurado.

Él olía a jabón, a tierra y a una colonia cítrica casi borrada por el día.

Cuando la mano de Miguel se detuvo sobre su cintura, Azucena la cubrió con la suya y la llevó a la piel tibia de su espalda.

Él entendió el permiso sin convertirlo en prisa.

Azucena sintió deseo. También sintió descanso, que le pareció más peligroso.

Con Miguel no necesitaba ser ingeniosa a cada minuto ni justificar que a veces quisiera quedarse sentada mirando una planta absurda.

Cuando él la rodeó con un brazo, ella apoyó la cabeza en su hombro y se permitió estar allí sin calcular la salida.

En la última mañana desayunaron junto a la camper. El ferry de regreso salía por la tarde.

—Puedes volver cuando quieras —dijo Miguel—. No como una frase bonita. De verdad. Si te apetece dentro de dos meses, bien. Si es dentro de dos años, también.

Azucena abrió la boca y oyó su propia respuesta antes de haberla elegido.

—Ya sabes que no quiero comprometerme.

Miguel untó mermelada en una tostada. No pareció herido, solo extrañado.

—No te he ofrecido un compromiso.

—No, claro. Quería decir…

—Sé lo que querías decir. —Le sonrió sin crueldad—. O eso creo. La cuestión es si lo sabes tú.

Azucena se concentró en ajustar una pulsera que no necesitaba ajuste. Miguel no insistió. Más tarde la ayudó a revisar los cierres de los transportines, se despidió de Zuri y respetó la distancia de Nala.

—Cuando plantes el bulbo, mándame una foto —dijo.

—Eso sí puedo prometerlo.

—Es gravísimo. Ya tenemos un compromiso.

Ella se rio, pero el eco de su frase la acompañó hasta el barco.

En el camarote, con Nala escondida otra vez bajo la litera y Zuri roncando, Azucena abrió el cuaderno amarillo. Tardó mucho en escribir.

«Miguel no me pidió que volviera. Me dijo que podía hacerlo. No es lo mismo. He contestado como si me estuvieran cerrando una puerta cuando la estaba dejando abierta».

No publicó nada aquella noche. Marisa le mandó un mensaje: «¿Todo bien?».

Azucena respondió: «Sí. Demasiado ruido de barco».

Sabía que no se refería al barco.