Capítulo 45 · Salamanca — Lorenzo cambia los cristales
Salamanca — Lorenzo cambia los cristales
Azucena entró en la óptica para que le apretaran una patilla y salió dos horas después habiendo bebido café, probado veintisiete monturas y discutido con Lorenzo sobre el color morado.
—No es un color difícil —sostenía ella—. Hay gente sin valor.
—Hay tonos de morado que hacen que hasta el valor parezca una enfermedad.
Lorenzo tenía cuarenta y cinco años, barba corta, camisa blanca impecable y una colección de monturas antiguas que guardaba en cajones forrados de terciopelo.
La óptica había pertenecido a su padre y antes a su abuelo.
Él había añadido lámparas modernas, una máquina que parecía capaz de diagnosticar el porvenir y una cafetera escondida detrás del mostrador.
La patilla floja pertenecía a las gafas rojas de Azucena, las de ver, no las de sol. Había entrado con Zuri después de comprobar que admitían perros, y Nala dormía en La Jubilosa, instalada en un camping a las afueras. Mientras Lorenzo trabajaba, Azucena curioseó una bandeja de monturas.
—Esas no son para vender —dijo él.
—Entonces no debería ponerlas al alcance de una mujer jubilada con tarjeta de crédito.
Una era de acetato traslúcido, azul eléctrico en la parte superior y amarillo miel en la inferior. Azucena se la colocó. Lorenzo dejó el destornillador sobre el paño.
—Demasiado.
—Perfecto.
—He dicho demasiado.
—Y yo he dicho perfecto. Por eso usted ajusta gafas y yo tomo decisiones.
Lorenzo acabó riéndose. Le explicó que aquella montura era una pieza de muestra de una firma que ya no existía.
Podía montarle cristales nuevos, pero tardaría hasta la mañana siguiente.
Azucena llevaba meses viajando de un sitio a otro y, sin embargo, la idea de esperar por unas gafas le pareció completamente razonable.
Fueron a cenar cuando cerró la óptica. Lorenzo conocía su perfil porque una clienta le había enseñado una publicación de La Rioja, pero tuvo el detalle de no mencionarlo hasta después del postre.
—¿Por qué no me lo ha dicho antes?
—Porque quería averiguar si en persona también habla como si llevara siempre un micrófono delante.
—¿Y?
—Peor. En internet se pueden bajar el volumen.
Azucena se llevó una mano al pecho, fingiendo una ofensa que no sentía.
Aquella noche llevaba una chaqueta verde esmeralda ajustada por Anselmo, el broche de azucena de Marisa y un collar de cuentas amarillas.
Antes habría calculado si todo junto era excesivo.
Hacía tiempo que había dejado de contar.
Lorenzo habló de ojos durante la cena, pero no de forma romántica.
Le fascinaban como mecanismo. La manera en que el cerebro corregía, completaba y a veces inventaba lo que faltaba.
Le contó que había llevado gafas desde los seis años y que, cuando se quitaba los cristales, el mundo perdía bordes sin volverse menos real.
—¿Usted siempre ha visto bien? —preguntó.
—En las revisiones, sí. En la vida, he necesitado varias graduaciones.
—Eso no lo arreglamos aquí.
—Menos mal. Me cobraría una fortuna.
Al día siguiente, Lorenzo le colocó las gafas nuevas. Azucena parpadeó ante el espejo. La montura enmarcaba sus ojos atentos, resaltaba el caoba vivo del flequillo y convertía el carmín frambuesa en una declaración. No parecía más joven. Parecía más ella.
—Son atrevidas —dijo Lorenzo.
—Yo también, a ratos.
Él apoyó las manos en el mostrador.
—Si se queda otra noche, podríamos cenar otra vez.
Azucena notó la vieja respuesta preparándose. Aquello no era una petición de matrimonio ni un intento de secuestrarle el volante. Solo otra cena. Aun así, la frase llegó hasta la punta de la lengua.
—No estoy… —Se detuvo—. Sí, me quedo a cenar.
Lorenzo alzó una ceja.
—Estupendo. Yo solo estaba buscando a alguien con quien terminar una botella de vino que abrí ayer.
—Me ha parecido prudente revisar las condiciones.
Azucena se echó a reír, aunque algo quedó rozándole por dentro. Aceptó la cena. Terminaron el vino, hablaron de películas malas y se detuvieron junto a la puerta de la óptica. Lorenzo rozó con un dedo la patilla de sus gafas nuevas.
—¿Puedo? —preguntó.
Azucena lo agarró suavemente por la camisa y acortó la distancia.
—Para cambiar cristales tienes mucha vista.
El beso empezó con una sonrisa y se demoró al perderla. Lorenzo le sostuvo la cintura; ella le mordió apenas el labio inferior y notó cómo a él se le escapaba el aire. Fue un beso agradable y cálido, sin preguntas posteriores: la única necesaria ya había quedado respondida antes de empezar.
De regreso al camping, guardó las gafas antiguas y no necesitó redactar ninguna advertencia. Subió una fotografía con las nuevas. Marisa comentó en menos de un minuto: «Te las quiero robar». Azucena respondió: «Tendrás que alcanzarme».