Capítulo 44 · Pontevedra — Roi camina la ciudad
Pontevedra — Roi camina la ciudad
Roi conoció a Azucena porque ella llevaba doce minutos intentando pagar un aparcamiento que no necesitaba pagar.
—Aquí no puede dejar la camper tantas horas —le dijo él.
—Eso ya me lo ha comunicado la máquina, pero de una forma pasivo-agresiva.
Roi examinó la pantalla, pulsó dos botones y le explicó dónde podía estacionar La Jubilosa sin molestar ni arriesgarse a una multa.
Era un hombre de cuarenta y ocho años, alto, con el pelo oscuro, peinado hacia atrás y salpicado de canas, y unas zapatillas rojas que no combinaban con nada salvo con su manera de andar.
—Luego vuelva andando —dijo—. La ciudad se entiende mejor sin vehículo.
—Mi ciudad no se entiende ni con tres líneas de metro y un mapa.
Roi era urbanista y hablaba de las aceras como quien habla de familiares cercanos: algunas eran generosas, otras estaban mal educadas y unas cuantas necesitaban que alguien les pusiera límites.
Acompañó a Azucena hasta el área, esperó mientras ella comprobaba el agua de Nala y ajustaba el arnés de Zuri, y regresaron a pie.
Al principio Azucena tuvo la sensación de estar incumpliendo una obligación.
La Jubilosa quedaba quieta, inútil, mientras ellos avanzaban sin tachar kilómetros.
La ruta alfabética la había acostumbrado a medir el tiempo en distancias, peajes, cargas de combustible y horas de llegada.
Roi, en cambio, se detenía para saludar, mirar un escaparate o apartarse un poco y observar cómo la gente ocupaba una plaza.
—¿Nunca tiene prisa? —preguntó ella.
—Sí. Pero intento no confundirla con tener un plan.
Comieron tarde. Zuri se tumbó bajo la mesa y consiguió un trocito de pan mediante una actuación de hambre extrema.
Azucena eligió unos pendientes de resina verde en un pequeño comercio y se los puso al salir, sin guardar los anteriores.
Durante un rato llevó un pendiente diferente en cada oreja.
Roi lo advirtió y no dijo nada hasta que ella se vio reflejada en un cristal.
—¿Por qué no me ha avisado?
—Parecía intencionado.
—Todo lo que hago parece intencionado si mantengo la barbilla alta.
La lluvia apareció sin fuerza, apenas una humedad suspendida. Roi sacó un paraguas pequeño en el que cabían él, medio Azucena y ninguna de sus pulseras. Ella prefirió ponerse el pañuelo sobre el pelo. Caminaron más despacio todavía.
Roi le habló de una relación que había terminado hacía tiempo porque ambos querían vidas incompatibles y tardaron demasiado en admitirlo. No había resentimiento en su voz, solo cierta gratitud por haber dejado de negociar lo que ninguno quería ceder.
—¿Y ahora? —preguntó Azucena.
—Ahora camino mucho. Ceno con quien me apetece. A veces me enamoro un poco.
—¿Un poco?
—Lo suficiente para estar contento y no tanto como para llamar a una empresa de mudanzas.
—Yo también he probado los formatos breves —dijo Azucena—. Si son buenos, dejan ganas. Si son malos, al menos no hay que vaciar un armario.
Roi soltó una carcajada que espantó a dos palomas.
Pasó dos días en Pontevedra y usó La Jubilosa solo para dormir.
En el segundo, Roi la llevó por calles que ya empezaban a resultarle conocidas.
La saludaron en una cafetería. Zuri tiró hacia el banco donde habían descansado la víspera.
Durante unas horas, Azucena tuvo la curiosa impresión de que viajar podía consistir también en repetir.
Hicieron la compra para la cena y Roi dejó que ella eligiera el camino de regreso, aunque era evidente que daba una vuelta innecesaria.
Azucena se perdió dos veces. En otra época habría sacado el teléfono de inmediato, irritada por desperdiciar minutos.
Aquella tarde siguió una calle porque había macetas en todos los balcones y otra porque Zuri insistió en doblar una esquina.
Terminaron delante de una mercería. Azucena compró una cinta amarilla para marcar las páginas escritas del cuaderno. Roi encontró, en una caja de saldo, un botón grande con forma de casa.
—Para la chaqueta —sugirió.
—Ya lleva dos broches. Si añado una casa, necesitaré licencia de obra.
Guardó el botón en el bolso de todos modos. Más tarde lo cosería en la cortina de La Jubilosa, no como señal de que la camper fuera su única casa, sino porque el color combinaba.
Al despedirse, Roi le dio dos besos y le pidió que le enviara una fotografía cuando llegara a Zaragoza.
—Para comprobar que el alfabeto no la ha derrotado.
—El alfabeto no sabe con quién se ha metido.
Aquella noche anotó únicamente las cuarenta y ocho horas sin arrancar. Nala se acomodó sobre el cuaderno antes de que la tinta se secara y añadió una huella a la contabilidad.