Capítulo 43 · Palencia — César escucha pájaros
Palencia — César escucha pájaros
El despertador de Azucena en Palencia fue un sonido como de bisagra sin aceitar.
Abrió un ojo. Nala dormía a sus pies y Zuri, en su cama, levantó las orejas. El chirrido volvió a oírse desde el exterior de La Jubilosa, seguido de tres notas rápidas.
—Como sea otra bomba de agua, vendo la casa con ruedas.
No era una avería. A pocos metros, un hombre delgado miraba hacia las ramas con unos prismáticos. Llevaba un chaleco lleno de bolsillos, gorra gris y una expresión de concentración que hizo que Azucena bajara de la camper sin dar un portazo.
—¿Qué se ha roto? —susurró.
El hombre se volvió, desconcertado.
—Nada.
—Entonces, ¿qué suena como una puerta de película de miedo?
Él sonrió y le tendió los prismáticos.
—Un carricero tordal. Escuche.
Azucena escuchó. La bisagra repitió su queja desde los juncos próximos al río.
—Pues necesita aceite.
El hombre se llamaba César, tenía cincuenta y tres años y había empezado a observar aves al cumplir treinta años trabajando en una gestoría, donde todavía seguía sin mirar casi nunca por la ventana.
No era ornitólogo, aclaró dos veces. Solo un aficionado con buenas botas, paciencia y una aplicación en el móvil que reconocía menos cantos que él.
Caminaron junto al agua. Zuri llevaba la correa larga y un interés democrático por todos los olores.
César no llenaba cada pausa con una explicación.
De vez en cuando levantaba una mano, escuchaba y pronunciaba un nombre: jilguero, mirlo, verdecillo.
Azucena no recordaba la mitad, pero aprendió a distinguir cuándo el hombre quería mostrarle algo y cuándo sencillamente estaba contento de oírlo.
Al cabo de una hora se sentaron en un banco. César sacó un termo y dos vasos.
—Traigo café de sobra por costumbre —dijo—. Mi mujer siempre quería medio y luego se bebía el mío.
No dijo «mi difunta mujer» hasta mucho después.
Tampoco convirtió el recuerdo en una habitación donde Azucena tuviera que entrar de puntillas.
Le contó que ella odiaba madrugar, que confundía todas las aves pequeñas y que había sido capaz de llevar zapatos de tacón a una senda embarrada porque no pensaba permitir que el campo decidiera cómo vestía.
—Me habría caído bien —dijo Azucena.
—Sí. A usted también le habría criticado esas pulseras.
Azucena hizo sonar la muñeca.
—Mis pulseras soportan la crítica mejor que muchas personas.
Se quedaron callados. Un ciclista pasó, Zuri suspiró y apoyó el hocico en el zapato de César. El silencio no tenía tensión ni promesa. Era simplemente un lugar cómodo donde sentarse.
Azucena intentó grabar uno de los cantos para enviárselo a Marisa. En cuanto activó la cámara, los pájaros callaron y Zuri empezó a jadear directamente junto al micrófono.
—La naturaleza se niega a colaborar con mi contenido —dijo.
—Quizá no sabe que tiene perfil.
—Todo el mundo tiene perfil. Lo que pasa es que algunos árboles gestionan mejor la privacidad.
César le enseñó una libreta donde anotaba fecha, lugar, tiempo y especies observadas. La letra era diminuta y precisa. En algunas páginas había solo dos nombres; en otras, una docena.
—¿Nunca le decepciona venir y no ver casi nada? —preguntó Azucena.
—Veo lo que hay. La decepción aparece cuando vengo a exigir otra cosa.
Ella lo miró con sospecha.
—Eso parece aplicable a las personas.
—No sabría decirle. Con las personas uso menos prismáticos.
Azucena acabó publicando una fotografía del termo, las botas de ambos y el hocico de Zuri.
No contó una historia de amor ni intentó fabricar una.
«Palencia. Hoy el hombre especial sabía quedarse callado», escribió.
Marisa reaccionó con un corazón y luego preguntó por privado si aquello era una indirecta para ella.
Cuando regresaron a la camper, César le pidió que le enseñara a Nala. La gata lo observó desde el interior, sin acercarse.
—Eso es una aprobación notable —aseguró Azucena—. A otros les ha enseñado el trasero.
—Yo también he tenido compañeros de oficina así.
César no la invitó a cenar. Le dio el nombre de un área tranquila para pasar la noche, escribió en una hoja tres aves que podía oír al amanecer y se despidió con un apretón de manos.
Marisa llamó al caer la tarde.
—¿Y el hombre especial de Palencia?
—Hemos estado dos horas juntos y no me ha preguntado el signo del zodiaco, ni si vivo sola, ni si me gustan los cruceros.
—¿Y eso es especial?
—Muchísimo.
Azucena abrió el cuaderno amarillo y añadió los nombres de las tres aves, uno de ellos probablemente mal. No importaba. A la mañana siguiente oyó de nuevo la bisagra, sonrió sin levantarse y dejó que el sonido entrara en La Jubilosa.