Azucena por orden alfabético Capítulo 42 · Ourense — Moncho y el agua caliente
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Capítulo 42 · Ourense — Moncho y el agua caliente

Ourense — Moncho y el agua caliente

La primera vez que Azucena metió un pie en el agua termal pensó que se había equivocado de piscina y había entrado en una olla. En el cuaderno, el quince anotado junto a Ourense esperaba convertirse en catorce; antes tendría que sobrevivir al hervor.

—Esto no está caliente —dijo, retrocediendo—. Esto está a punto de servir para cocer pasta.

El hombre que ocupaba el banco de piedra del otro extremo abrió un ojo. Tenía el pecho ancho, algunas canas visibles y una toalla doblada sobre la cabeza con la dignidad de un maharajá.

—El cuerpo protesta porque sabe que luego va a tener que reconocer que le gusta.

Azucena lo miró por encima de sus gafas de sol.

Había elegido unas enormes, color vino, que a Marisa le parecían apropiadas para una viuda millonaria con tres secretos.

Aquel día llevaba un bañador azul cobalto, un caftán estampado y seis pulseras que había dejado en una bolsa impermeable junto a la toalla.

Sin ellas se sentía extrañamente desnuda, aunque estuviera cubierta hasta los hombros.

Volvió a hundir el pie. Después la rodilla. Por último, con una sucesión de sonidos poco elegantes, se sentó en el agua.

—¿Ve? —dijo el desconocido—. Ya solo le falta reconocerlo.

—Todavía no. Estoy negociando con mis capilares.

Se llamaba Moncho, tenía cincuenta y cinco años y llevaba media vida trabajando en el mantenimiento de instalaciones termales.

Cinco años antes había dejado las guardias y reducido la jornada, pero seguía acudiendo a bañarse tres mañanas a la semana porque, según explicó, una cosa era trabajar menos y otra muy distinta renunciar a sus ventajas.

Zuri esperaba con una cuidadora recomendada por el área de autocaravanas.

Nala permanecía en La Jubilosa, estacionada a la sombra, con climatización activa, ventilación, agua fresca, sensor remoto de temperatura y la cámara que Azucena consultaba cada pocos minutos.

La gata aparecía en la pantalla dormida sobre una balda, indiferente al hecho de que su dueña estuviera hirviéndose voluntariamente.

—¿Es usted la de las provincias? —preguntó Moncho.

Azucena cerró la aplicación de la cámara.

—Depende. Si va a venderme una suscripción, no.

—Mi hija me enseñó un vídeo. Sale usted discutiendo con una persiana de la furgoneta.

—Ganó la persiana.

—Eso se veía.

Moncho no le pidió una foto ni la trató como si fuera famosa.

Le preguntó por el ruido que hacía la bomba de agua, le recomendó un taller y después se quedó callado.

A Azucena le sorprendió la facilidad con que aquel silencio se instaló entre ambos.

No exigía ser llenado. El agua corría, el aire de la mañana olía a vegetación húmeda y, al otro lado del río, alguien paseaba con una chaqueta demasiado gruesa para la época.

Azucena se quitó las gafas. Durante los primeros meses del viaje habría pensado en el rímel, en la papada vista desde cierto ángulo, en las marcas del bañador sobre la piel.

Aquella mañana miró sus brazos flotando bajo el agua, la blandura de su vientre, las pequeñas manchas que el tiempo le había ido dejando, y no sintió la necesidad de emitir un veredicto.

Era su cuerpo. Había cargado cajas de mudanza, sostenido teléfonos durante miles de llamadas, bailado, deseado, enfermado poco y resistido mucho.

Ahora la mantenía a flote en una olla gallega.

—¿Qué mira? —preguntó Moncho.

—El material.

Él contempló sus propias manos, nudosas y grandes.

—Va saliendo bueno.

—Y todavía funciona sin libro de instrucciones —dijo ella.

Al mediodía compartieron mesa en un local pequeño.

Moncho pidió lo de siempre y Azucena lo que le dio la gana.

Él habló de una novia que vivía a cuarenta kilómetros y a la que veía cuando ambos tenían ganas, de dos hijos adultos que creían que podía romperse si levantaba una maceta y de su afición reciente a hacer maquetas de estaciones de tren.

—¿Y usted? ¿Va dejando novios por toda España?

Azucena casi respondió con su frase habitual. La tenía ya detrás de los dientes, lista como una contestación automática del correo. Se detuvo para beber agua.

—Voy dejando personas que me ha gustado conocer.

Moncho asintió, como si aquella fuera la única respuesta sensata.

Antes de despedirse, él le señaló el cuaderno amarillo que asomaba del bolso.

—¿Qué escribe ahí?

—Gastos, tonterías, cosas que no quiero olvidar.

—Apunte que el agua no cocía pasta.

—Apuntaré que un señor con una toalla en la cabeza difundía información peligrosa.

Aquella tarde, mientras una mecánica revisaba la bomba de La Jubilosa y Zuri intentaba congraciarse con un gato que lo despreciaba, Azucena abrió el cuaderno y dibujó una olla con sus piernas asomando. Debajo corrigió el quince por un catorce y se echó a reír sola.