Azucena por orden alfabético Capítulo 41 · Navarra — Íñigo no corre ya
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Capítulo 41 · Navarra — Íñigo no corre ya

Navarra — Íñigo no corre ya

Íñigo medía una distancia con una rueda amarilla cuando Zuri decidió acompañarlo.

El perro caminó a su lado durante tres pasos, atento al pequeño clic de la rueda sobre el pavimento. Azucena mantuvo la correa corta y siguió detrás.

—No le pagues —dijo Íñigo sin volverse—. Es voluntario.

—Si hay comida al final, reclama dietas.

Íñigo detuvo la rueda. Tenía cuarenta y seis años, piernas largas, el cuerpo seco de quien había corrido durante décadas y una gorra con el logotipo de una carrera popular. Estaba midiendo un recorrido corto para una prueba infantil en Pamplona.

—Faltan ciento doce metros —dijo.

—Puedes mover la meta.

Íñigo miró a Azucena como si acabara de formular una propuesta revolucionaria.

—Eso llevo diciendo media hora.

Dos voluntarios discutían más adelante junto a unas vallas. Íñigo levantó la mano, señaló un punto nuevo y ellos aceptaron por agotamiento.

—Problema resuelto —dijo Azucena.

—¿Quieres formar parte de la organización?

—Me he jubilado de organizar a personas que no quieren ser organizadas.

Tomaron café cuando terminó. Íñigo había sido corredor de fondo, no profesional de grandes titulares, pero sí lo bastante bueno para estructurar media vida alrededor de entrenamientos, viajes y marcas. Dejó de correr dos años antes. Una lesión en el tendón se recuperó; las ganas, no.

—¿Y no lo echas de menos? —preguntó Azucena.

—Echo de menos algunas mañanas. Otras no. Sigo andando.

—No es lo mismo.

—Por eso lo hago.

—Me gustan los hombres que saben cuándo parar.

—Y a mí las mujeres que no confunden parar con rendirse.

Azucena llevaba una montura azul eléctrico y un collar de cuentas blancas que Marisa llamaba «la instalación eléctrica». Sobre la mesa había abierto el cuaderno amarillo para comprobar las siguientes provincias. Ourense. Palencia. Pontevedra. Salamanca. Santa Cruz de Tenerife.

Íñigo leyó al revés.

—Te quedan pocas.

Azucena cerró el cuaderno.

—Quince.

—Eso, para alguien que ya lleva tantas, son pocas.

—También son miles de kilómetros.

—No he dicho que sean fáciles.

El comentario se quedó entre ambos. Hasta entonces, cada nombre pendiente había sido una promesa de movimiento. Quince provincias eran muchas cuando pensaba en combustible, ferris, lavanderías y áreas. Eran pocas cuando imaginaba que, después de Zaragoza, no habría una letra siguiente.

La carrera infantil se celebraba al día siguiente. Íñigo invitó a Azucena a colaborar entregando botellas de agua. Ella aceptó. Zuri permaneció a su lado, sujeto y lejos del paso de los niños. Nala descansaba en La Jubilosa, estacionada cerca y vigilada.

Durante una hora, Azucena abrió botellas, recogió envases y señaló una dirección que algunos corredores ignoraban por entusiasmo. Una niña cruzó la meta, siguió corriendo y estuvo a punto de entrar en una cafetería. Íñigo la alcanzó caminando deprisa.

—Tienes técnica —dijo Azucena cuando volvió.

—Años de entrenamiento.

—Pensaba que ya no corrías.

—No he corrido. He negociado con zancadas largas.

Después desmontaron las vallas. Azucena levantó una y el tobillo protestó levemente. Íñigo se hizo cargo del otro extremo sin quitársela de las manos.

—Fermín diría que no haga heroicidades —comentó ella.

—¿Fermín es tu traumatólogo?

—Un hombre que apareció junto a un bordillo. Mi viaje está lleno de profesionales casuales.

Comieron con otros voluntarios. Nadie preguntó por el perfil hasta que una mujer reconoció a Azucena por el jersey mostaza de La Rioja. Quiso una fotografía con ella. Azucena aceptó, incómoda y divertida.

—Mi hermana empezó a viajar sola por ti —dijo la mujer.

—Espero que no lo haga por orden alfabético.

—Por cercanías.

—Una sensata.

Al volver a la camper, el número de seguidores había crecido otra vez. Había mensajes que preguntaban qué haría al terminar, si escribiría un libro, si empezaría Europa, si elegiría a uno de los hombres.

Azucena apagó la pantalla.

Intentó grabar el vídeo que Marisa le había pedido. Apoyó el teléfono frente a la puerta de La Jubilosa, se colocó el pañuelo y sonrió.

—Navarra es la provincia número treinta y…

Se detuvo. No recordaba si debía contar Madrid tachada. Volvió a empezar.

—Después de Navarra me quedan quince paradas y…

Apagó la grabación.

En la pantalla congelada parecía contenta. Lo estaba. El miedo no desmentía el viaje; solo se había sentado a su lado sin avisar. Azucena grabó una tercera versión hablando de Íñigo, de la carrera infantil y de Zuri intentando cobrar dietas. No mencionó los quince nombres restantes.

Marisa llamó al recibirla.

—Has cortado justo cuando ibas a decir cuánto falta.

—Casualidad.

—Claro.

—No pongas voz de amiga que detecta cosas.

—Es mi voz natural.

Azucena abrió un armario para guardar el pañuelo. Dentro estaban la botella de La Rioja, el trozo de madera de Joan y la carpeta de Pau. Objetos elegidos para durar más que una parada.

—¿Qué harás cuando vuelva? —preguntó, antes de poder evitarlo.

—¿Yo? Seguir con mi vida. Y verte. En ese orden variable.

—Muy tranquilizador.

—¿Querías que alquilara una banda de música?

—No.

—Pues deja de organizar mi recibimiento con tres meses de adelanto.

Azucena sonrió. No eran tres meses exactos. Ya había calculado dos veces la fecha aproximada y borrado ambas cuentas.

Íñigo caminó con ella por la ciudad. No llevaba la rueda amarilla ni la gorra de la carrera. Sin esos objetos parecía menos corredor, pero no menos él. Le contó que, durante meses después de dejarlo, seguía despertándose a la hora de entrenar.

—Me ponía las zapatillas y luego no sabía adónde ir —dijo.

—¿Qué hiciste?

—Al principio, recorría el mismo circuito andando. Era espantoso. Todo el mundo me adelantaba.

—La gente tiene esa mala costumbre.

—Después cambié de camino.

Azucena pateó una hoja seca. Zuri la siguió con el hocico.

—¿Y ahora no necesitas una meta?

—Para una carrera, sí. Para salir de casa, no siempre.

Ella pensó en Madrid. En la palabra tachada. En el piso cerrado que Marisa ventilaba de vez en cuando. En la caja exterior donde viajaba el bulbo de Murcia. Terminar la ruta significaba regresar, pero regresar no era todavía un plan. Era una dirección.

—Me da miedo acabar —dijo.

Íñigo no fingió no entender.

—¿El viaje?

—El viaje, el perfil, esta forma de saber qué hago mañana. Me despierto y hay una provincia pendiente. Cuando no la haya…

—Moverás la meta.

Azucena lo miró.

—Eso lo he dicho yo.

—Era una buena idea.

—No sé dónde ponerla.

Íñigo se encogió de hombros.

—Todavía faltan quince provincias. No tienes que colocar hoy una meta que no vas a cruzar mañana.

Sonaba razonable y no resolvía nada. Azucena agradeció ambas cosas.

Se besaron al atardecer. Íñigo tenía una boca seria que se volvió cálida al tocar la suya.

Azucena notó sus pulgares presionando despacio sobre la tela a ambos lados de la cintura y prolongó el beso hasta que los dos tuvieron que recuperar el aire.

No fue un beso de llegada ni de salida. Se quedaron juntos unos segundos, las manos de él en la cintura de Azucena, las de ella apoyadas en sus hombros.

—¿Vas a correr detrás de mí cuando arranque? —preguntó.

—Ya no corro.

—Cierto.

—Pero puedo enviarte un mensaje muy rápido.

Lo hizo al día siguiente. Azucena había recorrido apenas veinte kilómetros cuando apareció en la pantalla del salpicadero, leído por el sistema manos libres:

No mires la meta desde la salida. Y revisa la presión de las ruedas; Pau tiene razón.

Azucena soltó una carcajada.

En la primera parada, abrió el cuaderno por la lista. Pasó el dedo por los nombres que faltaban. Quince. Por primera vez no parecían una aventura interminable, sino una cuenta atrás.

Al lado de Ourense , escribió un número.

Luego lo rodeó con un círculo y cerró el cuaderno demasiado deprisa.