Azucena por orden alfabético Capítulo 40 · Murcia — Salvador cultiva azucenas
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Capítulo 40 · Murcia — Salvador cultiva azucenas

Murcia — Salvador cultiva azucenas

En Murcia, el calor entró en La Jubilosa antes que Azucena.

Aparcó bajo una estructura de sombra en un vivero de las afueras de la capital porque necesitaba comprar una pieza para el riego de una maceta y porque el cartel prometía cafetería.

Bajó con gafas de sol blancas, pantalón verde esmeralda y una blusa estampada con flores que no pertenecían a la misma estación ni al mismo continente.

Salvador estaba colocando bulbos en cajas. Tenía cincuenta y un años, barba gris recortada y un sombrero de paja que habría resultado ridículo en cualquier hombre menos en uno rodeado de plantas.

—Busco un conector pequeño —dijo Azucena.

—¿Para qué planta?

—Un esqueje de una planta aromática resistente que ha cruzado media España y empieza a exigir derechos.

Salvador la condujo hasta una estantería. Cuando ella dijo su nombre para reservar la pieza, él señaló las cajas que acababa de ordenar.

—Azucena.

—Sí. Ya me habían avisado de que era un nombre de flor.

—No todo el mundo sabe qué aspecto tiene el bulbo.

Le mostró uno envuelto en papel. Azucena lo sostuvo en la palma. Era una cosa de escamas pálidas, terrosa y poco convincente.

—Me habían prometido algo blanco, elegante, perfumado y capaz de brotar en primavera.

—Eso viene después. Ahora está guardando fuerzas.

—Yo guardo pendientes. Cada especie tiene sus métodos.

Salvador rio. Cultivaba flores y plantas ornamentales con su hermana.

Había estudiado jardinería, trabajado años en mantenimiento urbano y regresado al vivero familiar cuando su padre enfermó.

No hablaba de las plantas como metáforas humanas.

Hablaba de drenaje, temperatura y hongos con una sinceridad poco romántica.

—¿Podría llevar uno en la furgoneta? —preguntó Azucena.

—Sí, bien seco y protegido. Pero tienes gata, ¿verdad?

Azucena lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Te he visto en internet. Y las azucenas son muy tóxicas para los gatos. La planta, el polen, el agua del florero. Todo. Si te llevas el bulbo, va sellado y fuera de su alcance. Y cuando lo plantes, donde Nala no pueda acercarse.

El susto de Las Palmas se le encendió en el pecho.

—Entonces quizá no deba llevármelo.

—También puedes elegir un lugar seguro en Madrid. Un patio cerrado, una terraza sin acceso. O no llevártelo.

Salvador no intentó vender. Volvió a dejar el bulbo en la caja.

Tomaron café granizado bajo un ventilador que movía aire caliente de un lado a otro. Zuri descansaba a la sombra, con agua. Nala permanecía dentro de la camper climatizada y vigilada. Azucena comprobó la cámara una vez.

—Solo una —observó Salvador.

—Estoy mejorando.

Le habló del viaje. Él conocía el perfil, pero no había seguido todos los hombres. Le interesaban más las plantas que aparecían al fondo de las fotografías.

—Tienes un esqueje que necesita una maceta mayor —dijo.

—No cabe.

—Eso dicen todas las macetas pequeñas.

—A nadie le gusta que le midan las raíces.

—Ni que lo cambien de sitio sin preguntar.

Salvador la ayudó a trasplantarlo a un recipiente estrecho y profundo que encajaba junto al fregadero durante las paradas y podía asegurarse al conducir. Azucena se manchó las uñas azul pastel de tierra. Él le sostuvo la planta mientras ella apretaba el sustrato.

—¿Por qué te llamaron Azucena? —preguntó.

—A mi madre le gustaba el nombre. Mi padre decía que sonaba a mujer que sabía firmar documentos.

—¿Y sabías?

—He firmado demasiados.

Antes del paseo, ayudaron a cerrar el vivero. Salvador regó varias filas con una manguera larga. Azucena sostuvo el tramo que se empeñaba en doblarse y terminó con una sandalia empapada.

Pasearon al atardecer junto al río, cuando el calor aflojó lo suficiente para no discutir con él.

Salvador llevaba una camisa clara y Azucena había cambiado el sombrero por un pañuelo naranja.

Hablaron de la jubilación de Azucena. Salvador no pensaba dejar el vivero por completo, pero quería trabajar menos.

—La flor que lleva tu nombre necesita menos agua que tú —dijo él.

—Yo necesito hielo y una silla.

Salvador le enseñó fotografías de las azucenas en flor de la temporada anterior. Azucena buscó parecido consigo misma y solo encontró una cierta tendencia a ocupar espacio.

—¿Te cansa que todo el mundo haga el chiste del nombre? —preguntó él.

—Me cansaba que Gonzalo Montalbán lo usara para pedirme cosas. «Azucena, como tú eres tan resolutiva…». El hijo del fundador nunca empezaba así una buena noticia; empezaba a regalarme trabajo que debía hacer él.

—Yo tengo un cuñado que dice «Sálvame, Salvador».

—Retírale el saludo.

—Lo estoy considerando desde 1996.

—Me da miedo no saber qué hacer con las mañanas —admitió.

—Yo limpié detrás del frigorífico.

—Eso es grave.

—Por eso compré una furgoneta.

Salvador se detuvo y le colocó bien el pañuelo, que se había torcido. Sus dedos rozaron el pelo caoba. Azucena pensó que podría besarlo. También pensó en Adolfo, no con culpa, sino con una especie de saciedad tranquila.

—Hoy no —dijo.

Salvador bajó la mano.

—No había preguntado.

—Ya. Estoy ensayando responder después de pensar.

Él sonrió.

—Cuando quieras ensayar un sí, avisa al interesado.

—Si ensayo, prefiero hacerlo sin público.

Al día siguiente, Salvador le entregó el bulbo dentro de una caja rígida, cerrada y marcada con letras grandes: MANTENER LEJOS DE NALA .

—Para Madrid —dijo.

—Para un lugar seguro en Madrid.

—Eso.

Azucena guardó la caja en un compartimento exterior de La Jubilosa, inaccesible desde el habitáculo. Anotó las indicaciones de plantación y el teléfono del vivero.

—No me llames si no sale —advirtió Salvador—. A veces no sale.

—Excelente servicio posventa.

—Llámame igual.

Se abrazaron. Salvador le dio un beso junto a la sien, cerca del borde de las gafas.

Antes de arrancar, Azucena abrió el compartimento exterior y comprobó el cierre. El bulbo no era bonito. No olía. No ofrecía garantías. Ocuparía un rincón seguro hasta el final del viaje.

Por primera vez, llevaba algo destinado específicamente al regreso.