Capítulo 39 · Málaga — Adolfo vende libros al sol
Málaga — Adolfo vende libros al sol
Adolfo vendía libros bajo una sombrilla amarilla y tenía la camisa abierta un botón más de lo necesario.
Azucena lo decidió antes de saber cómo se llamaba.
Había llegado a Málaga con calor, sueño y una línea roja todavía fresca sobre Madrid.
Paseó a Zuri, instaló La Jubilosa en un área con vigilancia y sombra y salió a buscar comida.
Encontró una pequeña feria de libros junto al paseo.
Las mesas estaban cubiertas con telas de colores y los vendedores sujetaban las páginas cada vez que levantaba brisa.
Zuri se detuvo ante una caja de novelas románticas.
—Buen gusto —dijo Adolfo desde el otro lado.
—No sabe leer.
—Eso amplía mucho el mercado.
Adolfo tenía cincuenta años, la piel tostada, el pelo gris peinado hacia atrás y una voz grave que parecía reservar las palabras para cuando pudieran servirle. Vendía libros en ferias, playas y mercados desde hacía dos décadas. En invierno trabajaba en un almacén; en verano seguía el sol.
Le ofreció agua a Zuri y una silla a Azucena. Ella se quitó las gafas de sol. Él miró sus ojos y después los pendientes de coral.
—Es difícil saber dónde mirar primero.
—Ese es el objetivo.
Adolfo le enseñó una novela con una mujer madura en la portada.
—Esta se vende mucho.
Azucena leyó la contraportada. La protagonista tenía cincuenta y ocho años, heredaba una casa frente al mar y se enamoraba de un arquitecto que sabía reparar tejados y heridas emocionales.
—Demasiadas prestaciones en un solo hombre —dijo.
—Es ficción.
—Yo prefiero especialistas.
—¿En cubiertas o en interiores? —preguntó Adolfo.
—En interiores. La cubierta ya sé escogerla yo.
Pasó casi una hora en el puesto. Adolfo atendía a la gente sin perder el hilo de la conversación. Recomendaba libros breves a quienes no tenían costumbre de leer, ediciones resistentes a la arena y novelas largas a una mujer que acababa de romperse una pierna.
Eligió para Azucena un libro de viajes escrito por una mujer que recorría Europa en tren a comienzos del siglo pasado. Ella leyó dos párrafos de pie.
—No hay ningún hombre sin camisa en la portada —dijo.
—Lo guardamos dentro.
—¿Me lo estás recomendando o cortejando?
—Las dos cosas. Si no te gusta el libro, conservaré una posibilidad.
Azucena pagó. Adolfo escribió en la primera página: Para que las rutas no tengan que justificarse. Ella cerró el volumen antes de que la frase adquiriera importancia y lo guardó en el bolso.
Una clienta habitual se acercó a Adolfo y miró a Azucena con curiosidad.
—¿Tu novia? —preguntó.
—Todavía no hemos establecido la bibliografía —respondió él.
Azucena soltó una carcajada. Le gustaba que Adolfo flirteara a plena luz, sin tratarla como una oportunidad sorprendente para su edad.
Cuando cerró, invitó a Azucena a cenar.
—¿Siempre recoges así de rápido? —preguntó ella mientras él guardaba cajas.
—Solo cuando tengo un motivo.
Era una frase ensayada. Azucena lo sabía. Aun así, le gustó.
Volvió a la camper para atender a Nala y Zuri. Paseó al perro durante largo rato, dejó agua fresca, comida y la cámara conectada. El área era segura, el clima interior estable y pensaba regresar en unas horas. Le envió la ubicación a Marisa por costumbre.
¿El librero? , contestó ella.
El librero.
Azucena abrió el armario. Eligió un vestido negro ligero, sandalias planas y una chaqueta color coral para más tarde. Se puso aros dorados, un collar largo y varias pulseras finas que sonaban poco. Dudó ante el broche de azucena y lo dejó sobre la mesa. Aquella noche no necesitaba ninguna insignia.
Se pintó los labios. Nala la observó.
—No pongas esa cara. Tú duermes con quien quieres.
Adolfo la esperaba en una terraza apartada del ruido. Al verla, se levantó. Su mirada descendió por el vestido y regresó a la cara sin prisa.
—Has cambiado los pendientes.
—Muy observador.
—Vendo objetos llenos de detalles.
Cenaron despacio. Adolfo le contó que se había divorciado dos veces y que no pretendía convertirlo en una credencial de libertad. Tenía un hijo de treinta años, una casa pequeña y una colección de primeras ediciones que protegía mejor que sus relaciones.
—¿Cuánto tiempo estás en Málaga? —preguntó.
—Hasta mañana.
—Bien.
Azucena alzó una ceja.
—¿Bien?
—Esta noche no necesita fingir que es el principio de nada.
La respuesta habría podido molestarle. En cambio, le recorrió los brazos como el aire tibio.
—Ni el final —dijo.
—Ni el final.
Caminaron después de cenar. El calor se había retirado apenas. Azucena llevaba la chaqueta doblada sobre el brazo. Adolfo le apoyó una mano en la espalda para cruzar y la dejó allí un segundo más. Ella se giró.
—¿Vas a besarme o estás esperando una reseña favorable?
Adolfo sonrió.
—Voy a besarte.
Lo hizo. Azucena sintió primero su barba, después el calor de su boca y la firmeza de una mano en su cintura. El beso no preguntaba por la ruta ni por la jubilación. Ella se pegó a él, consciente del pecho, del vientre, de sus sesenta y cinco años completos dentro del vestido.
—Vivo cerca —dijo Adolfo.
Azucena sostuvo su mirada.
—Quiero ir.
No dejó la frase en manos de una insinuación. Quería poder oírse elegir.
En el portal consultó la cámara. Nala estaba sobre la cama; Zuri dormía en el suelo.
El sensor marcaba la temperatura correcta.
Como la noche iba a alargarse, confirmó la visita acordada con Elena, una cuidadora acreditada que colaboraba con el área: pasaría a medianoche, sacaría a Zuri y comprobaría el agua, la comida y el arenero de Nala.
Azucena ya la había conocido aquella tarde, le había explicado la rutina y había dejado una llave en recepción dentro de un sobre precintado.
Envió a Marisa un mensaje breve: Todo bien. Vuelvo luego.
La casa de Adolfo tenía libros apilados en el pasillo, una lámpara roja y arena junto a la puerta. Él le ofreció agua. Azucena bebió. Dejó el bolso, se quitó los aros y los colocó con cuidado sobre una mesa.
—¿Estás segura? —preguntó Adolfo.
—Sí. ¿Tú?
—También.
Se besaron de nuevo. Esta vez no hubo prisa porque no había que demostrar nada.
Adolfo desabrochó el vestido con dedos pacientes.
Azucena no apagó la luz. Cuando él recorrió con la mano la curva de su cintura, ella no pensó en cómo se veía desde fuera.
Pensó en la piel, en el deseo y en el extraño lujo de no estar representando una versión más joven de sí misma.
El vestido descendió por sus hombros. Adolfo besó la hendidura de la clavícula y el nacimiento del pecho, despacio, hasta que Azucena le hundió los dedos en el pelo. Después ella abrió el botón de la camisa que llevaba toda la tarde observando.
—Este ejemplar venía marcado —murmuró.
—Esperaba que quisieras abrirlo tú.
Azucena deslizó las manos por su torso y volvió a buscarle la boca.
Cuando Adolfo llevó una palma bajo el borde del vestido y recorrió la cara interior de su muslo, se detuvo para mirarla.
Ella le indicó con la mano dónde quería el contacto y cuánto.
No hubo adivinanzas premiadas ni pudor utilizado como prueba.
Hablaron de protección antes de continuar.
Adolfo abrió el cajón de la mesilla y Azucena agradeció que la previsión no se tratara como una interrupción, sino como otra forma de atención.
Después quedaron la luz roja, las sábanas frescas, la boca de él sobre su piel y la respiración de ambos perdiendo el compás.
Azucena pidió más despacio, luego más cerca.
Cuando el placer le tensó el vientre y le cerró los ojos, no intentó ser silenciosa ni elegante.
Hubo risas cuando una pulsera quedó prendida en la colcha y una pausa para beber agua.
Adolfo preguntó antes de cada gesto que podía cambiar el ritmo de la noche; Azucena respondió sin pudor y sin prisa.
Volvieron a tocarse, ahora con la confianza inmediata de quienes ya habían aprendido una parte del mapa.
El deseo no borró las cicatrices, el cansancio ni el cuerpo real. Los incluyó.
Más tarde, acostada junto a Adolfo, Azucena consultó de nuevo la cámara. Elena ya había realizado la visita y enviado una fotografía de Zuri después del paseo. Nala había cambiado de lado. El perro volvía a estar dormido.
—Puedes quedarte —dijo él.
—Tengo que volver.
—Lo sé.
No intentó convencerla. Se vistieron en silencio. Adolfo le abrochó el collar y Azucena recogió uno de los pendientes debajo de la cama. Eran cerca de las cuatro cuando caminaron hasta el área.
La Jubilosa estaba en calma. Azucena abrió con cuidado, saludó a Zuri sin excitarlo y encontró a Nala en el hueco habitual, no en ninguno secreto. Adolfo esperó fuera.
—Gracias —dijo Azucena al volver a la puerta.
—Gracias a ti.
—Mañana me voy a Murcia.
—Y yo abro el puesto a las diez.
Se besaron por última vez. No intercambiaron frases sobre volver a verse. Sí números de teléfono, porque negar la posibilidad de un mensaje habría sido otra clase de actuación.
Azucena durmió tres horas. Se despertó con el pelo aplastado, el cuerpo agradablemente cansado y ningún arrepentimiento disponible.
Adolfo le envió una fotografía del puesto abierto bajo la sombrilla amarilla.
La sección de especialistas pregunta por ti.
Azucena respondió con una fotografía de sus pendientes sobre la mesa.
Uno apareció bajo la cama. El otro se niega a declarar.
Arrancó hacia Murcia con las gafas de sol puestas y música baja. La noche no había sido una promesa ni una despedida. Había sido una noche.
Le parecía suficiente y, precisamente por eso, hermosa.