Azucena por orden alfabético Capítulo 38 · Madrid — La provincia tachada
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Capítulo 38 · Madrid — La provincia tachada

Madrid — La provincia tachada

La palabra Madrid apareció en la lista entre Lugo y Málaga como una casa que se ve desde el tren y en la que una no piensa bajarse.

Dos días antes, Azucena había cumplido sesenta y cinco.

Marisa apareció en la videollamada con una magdalena y una vela encendida; Nala intentó cazar la llama en la pantalla y Zuri recibió un premio apto para perros.

Azucena había esperado notar una frontera.

Solo notó que el café del área seguía siendo malo y que cumplir años viajando le sentaba mejor que cumplirlos aplazándose.

Azucena estaba en un área de servicio, con el atlas abierto sobre el volante y un rotulador rojo en la mano.

Había dormido mal. La ruta hacia el sur le ofrecía varias maneras de acercarse demasiado a su piso, a su cama grande, a la cafetera y al armario donde había dejado ropa de invierno creyendo que volvería antes de necesitarla.

Zuri bebía agua en un cuenco plegable. Nala, tumbada en el salpicadero, seguía el movimiento del rotulador.

—Madrid —leyó Azucena.

Podía entrar. Cambiar sábanas. Recoger correo. Comer con Marisa. Revisar si las plantas habían sobrevivido a los cuidados intermitentes de una vecina. Podía pasar una noche y seguir hacia Málaga al día siguiente.

También podía subir «solo un momento» y empezar a vaciar la furgoneta.

Dejar una bolsa en el recibidor, otra en el dormitorio, poner una lavadora, descubrir el sofá y sentarse.

Podía decirse que reanudaría la ruta el lunes y llegar al lunes con la nevera llena, una cita médica pendiente y Montalbán Publicidad a veinte minutos de metro.

No temía que Madrid la encerrara. Temía el cansancio que sentiría al tener que volver a salir.

Había una carta del banco esperando, un paquete que Marisa había recogido y una fuga mínima en la cisterna que el seguro ya había reparado.

Su vida doméstica seguía fabricando asuntos sin ella.

La certeza resultaba tranquilizadora y molesta: la casa no se había desmoronado, pero tampoco se había detenido con elegancia.

La idea de seguir de largo le produjo un alivio tan inmediato que desconfió de él.

Llamó a Marisa.

—Estoy cerca —dijo.

—¿Cerca cuánto?

—Lo bastante para que me tiente mi colchón.

—Con todo lo que has encontrado por España, no pensé que echaras de menos justo el colchón.

—El colchón no me pide conversación a la mañana siguiente.

Marisa se quedó callada. Detrás se oía una televisión infantil; probablemente estaba con su nieta.

—Ven si quieres —dijo—. No vengas si no quieres. Puedo hacer lentejas en cualquiera de los dos casos, porque las congelo.

—Madrid toca ahora.

—Madrid estaba antes de la a.

—En mi lista no.

Azucena pasó el dedo por el nombre. Madrid no era una parada.

Era el lugar desde el que había salido sin saber aún en qué mujer se convertiría.

Entrar unas horas podía ser solo una comodidad, pero no lo sentía así.

Le parecía abrir el final antes de tiempo, mirar la última página para comprobar que seguía allí.

—Voy a tacharla —dijo.

—¿A la ciudad entera? Tienes un rotulador potente.

—De la lista.

—Me parece bien.

—¿No vas a decir que estoy huyendo?

—No. Cuando huyes, conduces más deprisa y no llamas para pedir permiso.

Azucena miró los carteles de la autovía. Uno señalaba la dirección de Madrid con una familiaridad indecente.

—No te estoy pidiendo permiso.

—Entonces vas estupendamente.

Trazó una línea roja sobre Madrid . No borró la palabra. Quedó legible debajo, reservada.

—Te veo cuando termines —dijo Marisa.

Azucena sintió un pequeño vértigo.

—Sí.

—O antes, si cambias de idea.

—Sí.

—Y trae el paraguas roto. No pienso permitir que lo conviertas en herencia.

—¿Cómo está el piso?

—Como un piso. La planta grande ha perdido dos hojas y la vecina de arriba sigue andando con tacones a las siete.

—No usa tacones. Mueve muebles.

—Entonces tiene una colección extraordinaria.

—¿Huele cerrado?

Marisa tardó un segundo.

—Un poco. Fui ayer a abrir las ventanas.

Azucena imaginó a su amiga entrando con su llave, levantando persianas y dejando que el aire ocupara las habitaciones. Sintió gratitud y una punzada de extranjería.

—Gracias.

—Cuando vuelvas, seguirá siendo tu casa.

Azucena no preguntó si ella seguiría siendo la misma dueña.

Cuando colgó, Azucena puso rumbo al sur sin entrar en la capital. Durante un tramo, las señales siguieron ofreciéndole salidas conocidas. Reconoció nombres de barrios, enlaces, carreteras que había recorrido para trabajar y para volver a casa cansada.

No tomó ninguna.

Al dejar atrás el último desvío, no sintió triunfo. Sintió una ausencia concreta, como el hueco de un pendiente que una sabe guardado en un bolsillo.

En el cuaderno escribió solo: Madrid: pendiente.

Luego consultó el mapa hacia Málaga y suspiró.

—El alfabeto podría haber puesto esto un poco más cerca —dijo.

La Jubilosa siguió adelante con la cuchara del cajón vibrando en cada bache.