Capítulo 37 · Lugo — Xosé da otra vuelta
Lugo — Xosé da otra vuelta
El casco romano cayó al suelo, rodó dos metros y terminó a los pies de Zuri.
El perro lo olfateó con interés. Azucena acortó la correa antes de que pudiera comprobar si el Imperio era comestible.
—Ni se te ocurra —dijo.
—No sería el primer saqueo de Roma —respondió el dueño del casco.
Era un hombre de cincuenta y cuatro años con pantalón de calle, chaqueta acolchada y una túnica blanca asomando por debajo. Llevaba una bolsa llena de objetos metálicos y la expresión cansada de quien había intentado vestirse de otra época en un aparcamiento contemporáneo.
—Se me ha roto la correa —explicó.
Azucena miró su muñeca cubierta de pulseras.
—Soy experta en cierres que abandonan su puesto.
Entre ambos sujetaron la pieza con el cordón rojo que había sobrado de Jaén. El arreglo no resistiría una batalla, pero sí una tarde. El hombre se presentó como Xosé. Era farmacéutico y participaba desde hacía años en un grupo de recreación histórica.
—¿Farmacéutico romano? —preguntó Azucena.
—No. En el grupo soy recaudador de impuestos.
—Eso sí que no ha cambiado con los siglos.
Xosé iba a una actividad cerca de la muralla y la invitó. Azucena aceptó por el casco, no por los impuestos. Primero regresó con Zuri a La Jubilosa para comprobar a Nala. La gata dormía sobre una manta, ajena a los dramas del patrimonio. Azucena resistió la tentación de contarla dos veces.
La recreación terminó antes de lo previsto por una discusión sobre el calzado de un legionario. Xosé guardó la túnica en una bolsa y propuso caminar por la muralla. Subieron despacio. El tobillo de Azucena estaba casi bien, pero ella aún medía algunos peldaños antes de apoyar el pie.
—Podemos dar media vuelta cuando quieras —dijo Xosé.
—¿Media? Con el orden que llevo, me ofende el concepto.
Zuri caminaba junto a ellos con el arnés puesto. Desde arriba, la ciudad aparecía y desaparecía entre árboles y tejados. Xosé conocía cada tramo, pero no lo explicaba todo. Señalaba una ventana, un huerto pequeño, la farmacia donde trabajaba desde hacía veintiocho años.
—Dejé las guardias hace casi un año —dijo.
—Yo me jubilé hace unos nueve meses.
Era una cifra aproximada —aún faltaban unos días para los nueve meses—, pero el tiempo del viaje empezaba a medirse en una unidad más grande que las provincias.
Xosé no echaba de menos las guardias ni estar de pie diez horas seguidas. Desde que redujo el horario, participaba más en las recreaciones, cocinaba para su hermano y daba una vuelta completa a la muralla dos o tres veces por semana.
—Hoy ya la he dado por la mañana —dijo.
—¿Y repites?
—La muralla no se gasta.
El móvil de Azucena vibró. Un mensaje de Gonzalo Montalbán.
Hacía meses que no veía el nombre de su antiguo jefe en la pantalla.
Gonzalo tenía cincuenta y nueve años, cinco menos que ella, y dirigía Montalbán Publicidad, la gran agencia donde Azucena había sido secretaria.
Ocupaba el despacho principal porque era hijo de Eugenio Montalbán, el fundador; el cargo le había llegado antes que la costumbre de escuchar.
A Azucena siempre le había puesto de los nervios aquella superioridad de heredero con la que él convertía una orden mal dada en un fallo de quien la recibía.
Sintió el reflejo antiguo: una contracción en el estómago, la certeza de que algo urgente dependía de ella. Se detuvo junto al pretil.
Azucena, sé que acordamos no molestarte, pero ha aparecido una incidencia con el histórico de proveedores de 2023. Solo tú sabes dónde está la versión completa. Es una cosita de un minuto.
Un minuto. Gonzalo seguía utilizando el tiempo ajeno como si viniera incluido en el contrato incluso después de terminar el contrato.
Azucena vio el archivo en su cabeza. Sabía la carpeta, el nombre y el motivo por el que la versión completa no aparecía: Gonzalo había pedido moverla y luego había olvidado dónde.
Empezó a escribir la ruta exacta.
Se detuvo en la tercera palabra.
Xosé estaba unos pasos más adelante, ajustando la correa del casco dentro de la bolsa. Zuri esperaba. La ciudad seguía bajo ella. Ningún desastre visible se había producido porque Azucena tardara quince segundos en responder.
Borró el texto.
Escribió: Como ya te indiqué, dejé de ser secretaria de Montalbán Publicidad al jubilarme. No conservo ni gestiono documentación de la agencia. Consulta el procedimiento de archivo y al equipo actual. Espero que lo resolváis.
Lo leyó una vez. No corrigió «espero» por «confío», ni suavizó el mensaje, ni añadió un saludo cariñoso que no sentía. Lo envió y silenció la conversación.
—¿Problemas? —preguntó Xosé cuando ella lo alcanzó.
Azucena esperó a notar el impulso de volver atrás, llamar a una antigua compañera o revisar desde la nube una carpeta que ya no era suya.
No apareció.
—No —dijo—. Un error de época.
Continuaron. A mitad de la vuelta empezó a lloviznar. Xosé sacó un paraguas pequeño. Azucena pensó en el suyo, roto y guardado en la camper, y se colocó bajo el de él. Caminaban tan cerca que el hombro de Xosé rozaba el suyo.
—Podemos bajar —propuso él.
—Ya que hemos empezado, quiero la vuelta completa.
—Eso no suena muy flexible.
—Tienes razón.
Azucena miró una salida cercana. Luego el tramo que faltaba.
—Otra vuelta mañana —decidió—. Hoy buscamos café.
Xosé sonrió.
Tomaron café y compartieron una porción de tarta. Él se quitó las gafas para limpiar las gotas. Azucena le arregló el cierre del casco con una goma más resistente que encontró en su bolso, junto a dos broches, un destornillador diminuto y seis barras de labios.
—Llevas una farmacia mejor que la mía —dijo Xosé.
—Pero con más colores. Y aquí no sale nada sin que yo autorice la dosis.
Se despidieron con un beso suave que casi se convirtió en otro. Xosé olía a lluvia y café. Le prometió enviarle una fotografía vestido de recaudador cuando reparara el casco.
Azucena no supo si Gonzalo volvió a escribir. Decidió no abrir aquella conversación de nuevo.