Azucena por orden alfabético Capítulo 36 · Lleida — Pau calcula kilómetros
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Capítulo 36 · Lleida — Pau calcula kilómetros

Lleida — Pau calcula kilómetros

Pau se enamoró primero de la hoja de mantenimiento de La Jubilosa.

—Esto no es una hoja —dijo—. Es una colección de recibos con manchas de café.

Estaban sentados en una mesa exterior de un área para autocaravanas.

Azucena había desplegado facturas, anotaciones y manuales porque una luz del cuadro se había encendido durante diez segundos y luego había desaparecido.

Pau, que ocupaba la parcela de al lado con una furgoneta de reparto, se acercó al verla mirar el manual al revés.

—Lo estaba comprobando —dijo ella.

—¿Qué cosa?

—Tu capacidad de observación.

Pau tenía cuarenta y siete años y producía fruta en una finca familiar. Había entrado en Lleida para entregar muestras y recoger piezas para un tractor. Su idea de una conversación agradable incluía comparar consumos de combustible.

—¿Cuántos kilómetros llevas?

Azucena se lo dijo.

Pau dejó de sonreír.

—¿Desde septiembre?

—Orden alfabético.

—Eso no explica nada.

—Lo explica todo.

Sacó el atlas y le enseñó la ruta. Pau recorrió las líneas con el dedo. A Coruña, Álava, Albacete, Alicante, Almería, Asturias. Cuando llegó a las islas, se quitó las gafas.

—Esto es un delito contra la logística.

—Por fin alguien aprecia el proyecto.

Pau abrió una hoja de cálculo en su portátil. Durante veinte minutos calculó distancias aproximadas, ferris, revisiones y costes. Azucena lo observaba con una mezcla de diversión y antiguo pánico laboral.

—Como pongas una columna de indicadores, te vas —advirtió.

—Necesitas saber cuándo cambiar filtros, revisar neumáticos y comprobar la batería auxiliar.

—Eso sí.

—Y has pagado demasiado por dos áreas.

—Eso ya no tiene arreglo.

Pau no intentó corregir el orden del viaje.

Se limitó a organizar el cuidado de La Jubilosa alrededor de aquel disparate.

Anotó revisiones futuras por kilometraje, guardó teléfonos, separó gastos del vehículo y del alojamiento.

Luego salió, se agachó junto a una rueda y le enseñó a localizar la fecha del neumático.

—No necesito que lo hagas tú —dijo—. Necesito saber que sabes mirarlo.

Azucena se agachó a su lado.

—Yo coordinaba operaciones antes de que tú descubrieras Excel.

—Entonces, ¿cómo has hecho esto?

Levantó un recibo pegado a una servilleta.

—La libertad tiene formas extrañas.

Revisaron también el botiquín, el extintor y la linterna de emergencia. Pau encontró dos pilas gastadas y una venda caducada.

—Esto no es romántico —dijo Azucena.

—Todavía no he sacado el chaleco reflectante.

—Con mi chaqueta verde me ven desde Francia.

Pau anotó las pilas en una lista y, esta vez, entregó el bolígrafo a Azucena para que fuera ella quien decidiera dónde guardarla.

La luz del cuadro no volvió a encenderse. Aun así, Pau conectó un lector sencillo y comprobó que no hubiera fallos activos. No tocó el volante. No se ofreció a conducir. Cuando Azucena le pidió que escuchara una vibración, se sentó en el asiento del acompañante y esperó a que ella arrancara.

El ruido procedía de una cuchara en un cajón.

—Avería grave —dictaminó.

—Puedo asumirla.

—Las cosas sueltas no suelen dar problemas hasta que alguien acelera.

—Eso vale para más cajones de los que imaginas.

Comieron juntos en la capital. Pau hablaba de fruta con el pragmatismo de quien sabía que una helada podía convertir un año entero en números rojos. Estaba separado, tenía dos hijos adultos y una relación intermitente con una veterinaria que no soportaba sus tablas.

—¿Le haces hojas de cálculo románticas? —preguntó Azucena.

—Una vez.

—¿Una vez porque aprendiste o porque te dejó?

—Las dos cosas.

Pau le preguntó por el perfil. Había visto la publicación de La Rioja y también la noticia del susto con Nala, que Marisa contó solo después de que todo terminara bien. Azucena se tensó.

—No quiero que eso se convierta en entretenimiento.

—Entonces bórralo.

—Marisa dice que puede ayudar a otra gente a revisar compartimentos.

—Puede. Y también puedes no deberle utilidad a nadie.

Azucena lo miró. Bajo toda aquella aritmética, Pau sabía dejar una casilla vacía.

Después de comer, Pau la llevó a un almacén donde recogía cajas de fruta. Le ofreció una entera.

—¿Dónde pongo doce kilos de peras?

—He calculado el volumen.

—Has olvidado calcular a Nala.

Negociaron hasta reducir la carga a seis piezas, cuatro manzanas y dos melocotones. Pau escribió la fecha en una bolsa. Azucena la tachó y dibujó una boca sonriente.

—¿Qué significa eso? —preguntó él.

—Consumir antes de que deje de apetecerme.

Pau lo consideró y añadió la misma boca a la hoja de mantenimiento, junto al apartado de descansos.

Volvieron al área al caer la tarde. Pau revisó el fragmento de vidrio verde que Ramiro había instalado en León y ajustó el cordón para que no golpeara al conducir. Después examinó el cierre que había colocado Joan en Palma y lo aprobó con un movimiento de cabeza.

—Buen trabajo.

—Me costó una cena.

—Te salió barato.

Azucena le entregó una copia de la hoja de mantenimiento en papel.

—Fírmala —pidió.

—¿Por qué?

—Para saber a quién culpar.

Pau firmó. Debajo escribió: El orden de la ruta no está cubierto por esta garantía.

Se besaron junto a la mesa, entre recibos y un medidor de presión.

Fue un beso inesperadamente cálido para un hombre que numeraba los botes de mermelada.

Pau esperó con la mano cerca de su cadera hasta que Azucena se la colocó allí; ella le mordió muy suavemente el labio inferior y él perdió por fin la cuenta de algo. Después, recogió su portátil.

—La próxima revisión te toca antes de Pontevedra, si mantienes el ritmo.

—Por fin un hombre que mira mi futuro y solo ve un cambio de aceite.

Pau sonrió.

Azucena guardó la hoja en una carpeta nueva. La tituló La Jubilosa: cosas que sí debo controlar .

El viaje seguía siendo absurdo. Ahora, al menos, el absurdo tenía mantenimiento preventivo.