Capítulo 35 · León — Ramiro trabaja con luz
León — Ramiro trabaja con luz
El regreso de Gran Canaria fue largo y deliberadamente tranquilo.
Azucena reservó un camarote apto para animales, aseguró el transportín de Nala y revisó dos veces cada cierre antes de salir a cubierta con Zuri.
Ya en la península, hizo la ruta hacia León por etapas cortas, contando orejas, patas y respiraciones en cada parada.
Durante los primeros dos días en León, Azucena localizó a Nala cada vez que entró en La Jubilosa: la primera, sobre la cama; la segunda, detrás de la cortina; la tercera, dentro del transportín.
Si no la veía, se le aceleraba el pulso. Entonces aparecía una oreja detrás de un cojín y Azucena fingía que solo estaba buscando sus gafas.
Ramiro la encontró frente al escaparate de un taller, observando un rectángulo de vidrio rojo. Dentro, la luz atravesaba piezas de colores colocadas contra la ventana. Zuri estaba sentado junto a ella.
—Ese rojo cambia mucho cuando está arriba —dijo una voz desde la puerta.
Ramiro tenía cincuenta y cinco años, el pelo oscuro con canas visibles, las cejas oscuras y un delantal de cuero. Restauraba vidrieras y fabricaba piezas pequeñas por encargo. Sus manos estaban manchadas de una sustancia negra que Azucena prefirió no identificar.
—¿Arriba dónde?
—Donde vaya a colocarse. El vidrio no tiene un color; tiene una conversación con la luz.
—Eso suena caro.
—Muchísimo, si lo digo al entregar el presupuesto.
Azucena entró. Ramiro cerró la puerta para que Zuri pudiera permanecer cerca sin molestar a nadie. No había otros clientes. Le enseñó cómo un mismo fragmento pasaba del vino oscuro al rojo vivo al moverlo unos centímetros.
Trabajaba despacio. Medía, cortaba, pulía. Azucena agradeció aquella lentitud. Después de Las Palmas, el mundo le parecía lleno de bisagras capaces de fallar.
Ramiro no le hizo preguntas personales durante la primera hora. Le preparó una silla, un cuenco de agua para Zuri y café. Cuando Azucena consultó la cámara de la camper por quinta vez, él solo preguntó:
—¿Todo bien?
—Ahora sí.
La radio del taller perdió la emisora a media canción. Ramiro golpeó con un dedo el lateral y recuperó una voz llena de interferencias.
—Pensaba que restaurarías también eso —dijo Azucena.
—Hay cosas que funcionan porque uno conoce exactamente dónde tocarlas.
—Eso sirve para radios y para amantes atentos —dijo Azucena.
Ramiro alzó las cejas y la emisora volvió a perderse, como si también se hubiera distraído.
Zuri se instaló debajo de la mesa de trabajo. Ramiro apartó los cables para dejarle sitio y continuó sin comentar que el perro roncaba más fuerte que la radio. Azucena, que seguía oyendo en la cabeza el viento de Las Palmas, agradeció aquel ruido sencillo.
Le contó lo de Nala. Ramiro dejó la herramienta.
—Qué susto.
Dos palabras. Sin buscar culpables ni tranquilizarla a destiempo. Azucena sintió que podía respirar un poco mejor.
Pasó la tarde en el taller. Él reparaba una pieza antigua agrietada. No ocultaba la línea de la reparación; la reforzaba con plomo nuevo y la integraba en el dibujo.
—¿Se notará? —preguntó Azucena.
—Si sabes mirar, sí.
—¿Y no importa?
—Importaría más que se cayera.
Ramiro le propuso elegir los colores de una pieza pequeña para una puerta interior. Azucena escogió violeta, naranja y verde. Él los colocó sobre la mesa y frunció el ceño.
—Los tres compiten.
—Que se organicen entre ellos.
Probaron combinaciones delante de la ventana. El naranja apagaba el violeta; el verde lo volvía casi negro. Azucena sustituyó una pieza, volvió a la primera y terminó eligiendo un azul que no figuraba en su idea inicial.
—Decidir con luz es una trampa —dijo.
—Decidir sin ella sale peor.
Ramiro le permitió cortar una tira de vidrio sobrante. Le colocó gafas protectoras por encima de sus propias gafas rojas. Azucena parecía un insecto de laboratorio y exigió una fotografía. Marisa la publicó con el texto: León: por fin unas gafas discretas.
El vidrio no se partió por donde Azucena esperaba. Ramiro no corrigió el gesto a mitad ni le quitó la herramienta. Le mostró la línea real y le dio otro fragmento.
—Una vez más —dijo.
En el segundo intento, la rotura siguió el corte. Azucena sintió una satisfacción infantil. Guardó el primer trozo irregular en el bolsillo del delantal.
—Ese tiene borde —advirtió Ramiro.
—Lo pulimos. En mi furgoneta ya no entra nada peligroso sin revisar.
La frase quedó un momento en el aire. Ramiro encendió la pulidora y trabajaron juntos hasta que el borde dejó de cortar.
Comieron tarde en un bar cercano. Ramiro había enviudado hacía nueve años y vivía con una radio que solo sintonizaba bien dos emisoras. Tenía una hija en la ciudad y dos nietos que pensaban que soldar era una forma de magia.
—¿Y tú? —preguntó.
—Tengo una gata que desaparece dentro de muebles y un perro que come servilletas.
—Una familia exigente.
—También una amiga que publica mi vida sin autorización escrita.
Ramiro conocía el perfil. Una de sus alumnas le había enviado la publicación del jersey amarillo. No lo mencionó hasta que Azucena sacó el móvil para enseñarle una foto de Nala.
—Te imaginaba más alta —dijo.
—Eso es porque Marisa fotografía desde abajo. Cree que así parezco poderosa.
—¿Y lo eres?
—A ratos. El resto del tiempo busco aparcamiento.
Al anochecer regresaron al taller. La luz baja atravesaba los cristales y dejaba manchas de color sobre la ropa de Azucena. Un círculo azul le cayó sobre la mano. Ramiro posó la suya junto a ella, dentro de una franja amarilla.
El meñique de Ramiro quedó tan cerca que Azucena sintió el contacto antes de que ocurriera.
—La luz no es lo único que conversa —dijo ella.
—¿Qué dice tu mano?
—De momento, que está escuchando.
No se besaron. Se quedaron así, con las manos cerca y sin tocarse, viendo cómo la luz se movía hasta retirarse de sus dedos.
Ramiro le regaló un fragmento pequeño de vidrio verde, bien pulido en los bordes y perforado para colgarlo.
—En la camper encontrará luz de sobra —dijo.
Azucena lo instaló junto a una ventana con un cordón corto, lejos de Nala. A la mañana siguiente, una mancha verde tembló sobre la pared cuando arrancó.
Antes de salir, contó.
Nala, una.
Zuri, dos.
Azucena, tres.
No necesitó comprobar una cuarta vez.