Azucena por orden alfabético Capítulo 34 · Las Palmas — Néstor y la puerta abierta
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Capítulo 34 · Las Palmas — Néstor y la puerta abierta

Las Palmas — Néstor y la puerta abierta

Antes de subir al ferry hacia Gran Canaria, Azucena hizo una lista de veintisiete comprobaciones. Marisa añadió una vigesimoctava:

No perder la cabeza.

Azucena la tachó por poco específica.

Había reservado un camarote para animales, consultado la atención veterinaria a bordo y preparado comida suficiente por si el trayecto se alargaba.

Nala viajó en su transportín hasta el camarote cerrado.

Zuri llevaba el arnés puesto. La Jubilosa quedó en la bodega con el freno asegurado, las llaves guardadas y ningún animal dentro.

El viaje fue largo. Nala comió poco, pero bebió y utilizó el arenero.

Zuri paseó por la zona autorizada en los horarios indicados.

Azucena apenas durmió. Cuando desembarcó en Las Palmas de Gran Canaria, tenía ojeras, el carmín torcido y la certeza de haber transportado dos joyas de la corona a través de un océano hostil.

Eligió un camping pequeño, cercado y tranquilo, a las afueras de la capital.

La parcela tenía sombra parcial y un bloque de servicios cerca.

Lo primero que hizo fue pasear a Zuri. Lo segundo, revisar a Nala.

Lo tercero, dormir una siesta de dos horas con ambos animales dentro y las puertas cerradas.

Néstor llamó a la puerta al atardecer.

—Va a entrar viento por este lado —dijo.

Azucena, todavía medio dormida, vio a un hombre delgado de cuarenta y cinco años señalando el toldo.

—¿Es una opinión o una amenaza?

—Meteorología. Trabajo con amenazas impersonales.

Néstor era meteorólogo y, dos noches por semana, profesor de baile. Estaba alojado en una parcela cercana durante unas reparaciones en su casa. Ayudó a Azucena a recoger el toldo antes de que llegaran las rachas anunciadas.

—Si mañana te apetece, doy una clase en el centro —dijo—. Nivel principiantes y personas que creen que no lo son.

—Yo pertenezco a la categoría de personas con accesorios que pueden herir a otros bailarines.

—Quitamos las pulseras con pinchos.

—Las de defensa, sí. Las de seducción tienen permiso de pista.

El susto empezó a la mañana siguiente.

Azucena había preparado a Zuri para salir.

Antes de abrir, comprobó que Nala estaba en la zona trasera, sobre la cama.

La puerta lateral tenía una mosquitera interior y la exterior se sujetaba con un tope.

Salió con el perro, cerró la mosquitera y se agachó para recoger una bolsa que se le había caído.

Una ráfaga soltó el tope. La puerta exterior golpeó la carrocería. La mosquitera, cuyo cierre parecía encajado, se abrió varios centímetros.

Fueron quizá cuatro segundos.

Azucena se incorporó, cerró y miró hacia dentro.

—Nala.

No hubo respuesta. Entró con Zuri, aseguró la puerta y buscó en la cama. Debajo. En el estante. En el escondite junto al depósito. En el transportín abierto.

—Nala.

La llamó con la voz tranquila que usaba cuando no quería asustarla. Agitó la bolsa de premios. Abrió un armario, después otro. La camper era demasiado pequeña para que una gata desapareciera y, sin embargo, Nala no estaba.

Azucena salió. El camping estaba cercado, pero había setos, bajos de vehículos, cuartos de instalaciones y una puerta de servicio al otro extremo.

Avisó en recepción. Pidió que nadie arrancara sin comprobar debajo.

Dejó a Zuri asegurado dentro de La Jubilosa, con agua, porque temía que su entusiasmo espantara a Nala.

Néstor apareció al verla arrodillada junto a una caravana.

—¿Qué ha pasado?

—Nala ha salido.

Él no dijo que las gatas siempre volvían. No dijo que se calmara. Preguntó cómo era, cuánto tiempo llevaba fuera y dónde había sido vista por última vez.

Buscaron alrededor de la parcela. Azucena llevaba el cuenco de comida y una manta con su olor. Miró detrás de cada rueda, dentro de cada arbusto, bajo cada escalón. Enseñó la fotografía de Nala a los vecinos. El viento movía las ramas y fabricaba sonidos que parecían maullidos.

Pasó una hora.

Después dos.

Néstor organizó la búsqueda en círculos. Un empleado revisó las cámaras de la entrada: no se veía a ningún gato cruzando. Cerraron la puerta de servicio. Alguien dejó agua en un punto protegido.

Azucena llamó a la clínica más cercana, comprobó que los datos del microchip estuvieran actualizados y envió una fotografía nítida a recepción.

Néstor pidió a los vecinos que no gritaran su nombre ni formaran un grupo demasiado grande; una gata asustada podía esconderse aún más.

Buscaron con linternas bajo las plataformas, aunque todavía era de día.

Dejaron el transportín abierto junto a la parcela y una camiseta usada de Azucena dentro.

Marisa llamó al ver el mensaje que Azucena había enviado casi sin pensar: No encuentro a Nala.

—Dime qué estás haciendo —pidió.

Azucena enumeró cada medida, atropellando las palabras.

—Bien —dijo Marisa—. Sigue con el plan. Yo estoy aquí.

—Estás a dos mil kilómetros.

—Y aquí.

Azucena no supo qué contestar. Guardó el teléfono en el bolsillo sin cortar la llamada. Durante varios minutos, Marisa escuchó el viento, los pasos y las preguntas a desconocidos. No ofreció teorías. Su respiración al otro lado impidió que el miedo ocupara todo el espacio.

Azucena volvió a La Jubilosa para comprobar a Zuri. El perro gimió al verla. Ella se sentó en el suelo y, por primera vez desde que empezó, imaginó seguir el viaje sin Nala.

No pudo sostener la imagen.

Recordó a la gata ocupando el teclado el día que descargó su vida laboral.

El primer bufido dentro de la camper. Las noches de ferry.

El modo en que se asomaba detrás de una cortina para juzgar a cada hombre.

Pensó que había convertido a Nala en compañera de una aventura que no había pedido.

Había preparado cada traslado, cada temperatura, cada arnés, y aun así una puerta podía abrirse cuatro segundos.

—No tendría que haberla traído —dijo.

Néstor estaba fuera, junto al escalón.

—Ahora no decidas eso.

—Si le pasa algo…

—Ahora buscamos.

Azucena se levantó. Al hacerlo oyó un roce leve bajo el banco.

Se quedó inmóvil.

—Nala.

Nada.

Néstor apagó el sonido de su móvil. Azucena se agachó y retiró el cajón inferior. Detrás había un panel de acceso que se había desplazado con el viaje. En el hueco oscuro, entre una tubería y la pared, brillaron dos ojos.

Azucena dejó escapar un sonido que no se parecía a ninguna palabra.

Nala estaba encajada en el compartimento. No había salido. El golpe de la puerta y el viento la habían asustado; había empujado el panel y se había ocultado en un espacio que Azucena no sabía que existía.

Tardaron diez minutos en convencerla de salir. Azucena no metió la mano ni intentó arrastrarla. Puso comida, habló bajo y esperó. Nala avanzó al fin, estiró una pata, después la cabeza y salió con el cuerpo pegado al suelo.

Azucena la envolvió en la manta sin apretar. Comprobó ojos, patas y respiración. Llamó a una clínica y la llevó en el transportín para una revisión. Estaba bien, solo asustada.

De vuelta, aseguró el panel con dos cierres. Revisó la mosquitera. Luego volvió a revisarla.

Néstor sustituyó el cierre por uno más firme que compraron esa misma tarde y colocó un segundo seguro mecánico. Azucena comprobó desde dentro que pudiera abrirlo deprisa en caso de emergencia. Después hizo fotografías del panel desplazado y anotó la reparación en la hoja de La Jubilosa.

Llamó de nuevo a Marisa. Al ver a Nala en pantalla, su amiga se tapó la cara. Permaneció así unos segundos.

—No se lo cuentes al perfil todavía —pidió Azucena.

—No cuento nada que no quieras.

—Quizá luego. Con los pasos de búsqueda. Sin convertirlo en una historia graciosa.

—Luego.

Azucena acercó el teléfono a Nala. La gata olfateó la pantalla y se marchó. Marisa se rio con la voz todavía mojada.

—La tercera vez no cambiará el cierre —dijo Néstor.

—Puede cambiarme a mí.

Él se sentó fuera. Esperó hasta que Azucena salió.

—He cancelado la clase —dijo.

—No tenías que hacerlo.

—He dicho que había una emergencia familiar. Nadie ha discutido.

Azucena llevaba la cara limpia, sin carmín, y todas las pulseras guardadas. Se sentía vacía y temblorosa.

—Enséñame un paso —pidió.

Néstor la miró.

—¿Ahora?

—Uno. Necesito que el cuerpo haga algo que no sea buscar.

En la parcela, con la puerta de La Jubilosa cerrada y Nala visible detrás de la ventana, Néstor le enseñó un paso lento.

Uno, dos, tres. Pausa. Azucena se equivocó.

Volvió a empezar. Él no la tocó hasta que ella levantó las manos.

Entonces apoyó una palma cálida entre sus omóplatos y la otra en su mano.

Azucena sintió el cuerpo abandonar por fin la rigidez de la búsqueda; no era deseo todavía, pero sí el recuerdo de que también estaba hecho para el placer.

Bailaron una sola canción desde el teléfono de Néstor.

Esa noche, Azucena durmió con Nala pegada al costado y Zuri atravesado a los pies. Se despertó cinco veces para comprobar que respiraban.

En el cuaderno no escribió nada. Solo dibujó una puerta, la dejó abierta y, después, la cerró con una línea gruesa.