Capítulo 33 · La Rioja — Ernesto conoce las cosechas
La Rioja — Ernesto conoce las cosechas
Azucena conoció a Ernesto al negarse a oler un vaso durante más tiempo.
—Ya lo he olido —dijo.
—Otra vez —pidió la mujer que dirigía la cata.
Azucena acercó la nariz.
—Sigue siendo vino.
—Si va a pedirme tanta insistencia, al menos tendrá que invitarme a cenar.
El hombre sentado a su derecha tosió para ocultar una risa. Llevaba jersey azul marino, una barba cuidada y manos anchas apoyadas sobre la mesa. Cuando la instructora habló de frutos negros, madera tostada y sotobosque húmedo, él se inclinó hacia Azucena.
—Si encuentra el sotobosque, avíseme. Llevo treinta años buscándolo.
Se llamaba Ernesto y era enólogo. Tenía cuarenta y nueve años y trabajaba para dos bodegas pequeñas que discutían con él por motivos opuestos: una quería cambiarlo todo y la otra prefería que el tiempo se hubiera detenido en 1987.
Azucena había dejado La Jubilosa estacionada para pasar la noche. Podía probar el vino sin conducir después, aunque escupirlo en un recipiente le parecía un desperdicio y una escena incompatible con sus pendientes largos.
Al terminar, Ernesto la invitó a comer. Zuri los acompañó hasta una terraza protegida del frío. Nala permanecía en la camper, donde Azucena comprobó la cámara antes de pedir.
—¿Siempre miras tanto el teléfono? —preguntó Ernesto.
—Desde hace unos días, sí.
No explicó el miedo a que ocurriera algo. Solo había una inquietud nueva, nacida quizá del tobillo, los ferris y la acumulación de kilómetros. Una conciencia de que las cosas podían torcerse aunque se hicieran bien.
Ernesto no preguntó. Leyó la carta y dijo:
—Aquí sirven una menestra estupenda.
—¿La has olido bastante?
—Años de estudio.
Comieron y hablaron de vino sin solemnidad. Ernesto le explicó que la edad no garantizaba nada. Había vinos hechos para beber pronto y otros que necesitaban tiempo. Algunos se volvían más complejos; otros perdían lo que los hacía buenos.
—O sea, que lo de mejorar con los años es propaganda —dijo Azucena.
—En parte. Madurar y mejorar no son sinónimos. Pero madurar tampoco es estropearse.
—¿Y abrirlo en el momento adecuado?
—Eso ayuda.
—Ya decía yo que no todo era cuestión de etiqueta.
Azucena giró una pulsera alrededor de la muñeca. La nueva, roja y mal hecha, olía todavía a aceite si acercaba la nariz.
—Me gusta más así —dijo—. Menos obligación de ser cada día una edición superior.
Ernesto había estado casado dos veces. Hablaba de ambos matrimonios con afecto y prudencia, como quien conoce la diferencia entre contar su historia y apropiarse de la ajena. Ahora compartía algunos fines de semana con una mujer que vivía en Vitoria. Ninguno quería mudarse.
—¿Y eso funciona? —preguntó Azucena.
—Los fines de semana, sí. Los lunes no hace falta.
La respuesta la hizo pensar en Gabriel. Cuatro semanas seguían instaladas en su cabeza como una reserva que todavía pudiera utilizar. No había vuelto a escribirle. Él tampoco.
Al salir, una ráfaga levantó la falda estampada de Azucena. Ella la sujetó con una mano mientras con la otra mantenía la correa de Zuri. Ernesto atrapó el pañuelo que se desprendió de su cuello.
—Tu ropa tiene intención de viajar sin ti.
—Se está organizando por orden alfabético.
Entraron en una tienda porque Azucena quería comprar un jersey. Eligió uno color mostaza. La dependienta, muy joven, le sugirió un tono «más de temporada», un beige que habría podido pasar desapercibido sobre cualquier sofá.
Azucena se miró con el jersey amarillo.
—Yo no estoy fuera de temporada —dijo.
Ernesto, detrás de ella, sonrió en el espejo.
Azucena se hizo una fotografía frente al espejo y se la envió a Marisa con la frase.
Su amiga la convirtió en una publicación antes de que saliera del probador.
La imagen mostraba el jersey mostaza, el pelo caoba y la pulsera imposible de Jaén.
No estoy fuera de temporada , escribió, sin añadir nada más.
La reacción fue desproporcionada. Durante la merienda, el teléfono vibró tantas veces que Azucena terminó guardándolo dentro del bolso de Ernesto.
—Hay gente compartiéndolo —dijo él.
—¿Con quién?
—Con más gente, supongo que así funciona.
—Qué sistema tan poco selectivo.
Llegaron mensajes de mujeres que contaban jubilaciones, divorcios, cambios de pelo y vestidos comprados después de años usando gris. Azucena leyó algunos. Contestó dos. Cuando una marca de ropa le ofreció enviarle «looks sénior con actitud», bloqueó la cuenta.
—No quiero convertirme en el antes de ningún anuncio —dijo.
Marisa llamó, eufórica, para comunicarle que una locutora de radio había compartido la frase.
—No he inventado la penicilina —dijo Azucena.
—No, pero llevas un jersey mucho mejor.
—No publiques dónde duermo, ni la matrícula, ni cuándo dejo a los animales en la camper.
Marisa dejó de bromear.
—Nunca lo hago. Y si alguna foto te molesta, se quita.
Azucena miró a Ernesto, que fingía leer la etiqueta de una botella para no escuchar. La popularidad repentina era agradable hasta que se parecía demasiado a una puerta sin cierre. Revisó con Marisa la publicación, limitó algunos comentarios y desactivó los mensajes de cuentas desconocidas.
Cuando colgó, Ernesto le devolvió el móvil.
—Buena cosecha, demasiado público —dijo.
—Y eso que no han olido el sotobosque.
Ernesto levantó su copa.
—Por las cosechas sin campaña publicitaria.
Se besaron al despedirse, un beso con sabor a vino y café que dejó de ser breve cuando Azucena le apoyó los dedos en la barba.
Ernesto rozó con el pulgar la comisura de sus labios antes de apartarse.
Él no formaba parte de una posibilidad futura ni ella de la suya.
Habían pasado un día agradable sin pertenecerse ni deberse un futuro.
Antes de irse, Ernesto le dio una botella.
—Ábrela cuando acabes la ruta.
—¿Mejorará?
—No demasiado. Pero tú tendrás más ganas.
Azucena guardó la botella bajo la cama, bien protegida entre toallas. El perfil siguió creciendo durante la noche. Ella apagó las notificaciones.
No estaba fuera de temporada, de acuerdo.
Pero tampoco pensaba pasarla contestando comentarios.