Azucena por orden alfabético Capítulo 32 · Jaén — Sebastián ensaya un piropo
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Capítulo 32 · Jaén — Sebastián ensaya un piropo

Jaén — Sebastián ensaya un piropo

Sebastián llevaba cuatro días ensayando un piropo y lo estropeó en la primera palabra.

—Tiene usted unos ojos muy collares —le dijo a Azucena.

Ella se quedó quieta frente al pequeño puesto de una cooperativa, con una rebanada de pan en una mano y un vaso de aceite en la otra.

—Gracias. Me los pongo todas las mañanas.

Sebastián se puso rojo hasta las orejas.

Tenía cincuenta y tres años, el bigote ya salpicado de canas y una acreditación que lo identificaba como catador.

Había reconocido a Azucena por el perfil y quería decirle que tenía unos collares muy bonitos y unos ojos muy vivos. Las dos frases habían colisionado.

—Puedo empezar otra vez —pidió.

—Por favor, no. Esta versión es perfecta.

Azucena había acudido a una muestra de productores porque necesitaba comprar aceite y porque Marisa le había enviado la dirección acompañada de seis signos de exclamación.

Zuri esperaba fuera con ella, en una zona permitida, sujeto al banco y bajo su control.

Nala descansaba en La Jubilosa con todos los sistemas vigilados.

Sebastián le explicó cómo probar el aceite. Azucena obedeció hasta que él utilizó la palabra frutado por tercera vez.

—Sabe a aceite bueno —dictaminó.

—Eso no sirve para una ficha de cata.

—Sirve para comprarlo.

Él la invitó a ver el resto de los puestos. Caminaba a su lado con una mezcla de orgullo y alarma. Cada vez que intentaba decir algo amable, Azucena lo miraba y él perdía el orden de las palabras.

—No tienes que impresionarme —dijo ella.

—Eso empeora mucho las cosas.

—¿Por qué?

—Porque entonces tengo que ser yo.

—Ah. Eso sí es grave.

Comieron juntos en una mesa alta. Sebastián le contó que llevaba un año apuntado a clases de teatro para perder la timidez y que, de momento, había aprendido a hacer de árbol.

—Sin texto —aclaró.

—Un papel exigente.

—Hay que dar sombra.

La catástrofe ocurrió cuando Zuri olió una bandeja de pan. No saltó ni tiró de la correa. Solo se movió lo suficiente para rozar la pierna de Azucena. Ella golpeó un pequeño cuenco y una cantidad sorprendente de aceite cayó sobre su muñeca.

La pulsera roja que llevaba desde el comienzo del viaje quedó empapada.

—¡Papel! —exclamó Sebastián.

—¡Agua! —dijo otra mujer.

—El agua no —corrigió un productor.

Durante un minuto, cinco expertos en aceite debatieron alrededor de la pulsera como si atendieran una emergencia diplomática.

Uno propuso bicarbonato. Otro jabón desengrasante.

Una señora aseguró que lo mejor era harina.

Sebastián apareció con servilletas, una bolsa y una expresión de culpa absoluta.

—Ha sido mi perro —dijo Azucena.

Zuri miraba el pan.

—Ha sido mi cuenco.

—Tu cuenco estaba quieto.

—No puedo permitir que el perro cargue con todo.

Lavaron la pulsera en un fregadero. El tejido rojo conservó una aureola oscura y un olor intenso. Azucena se la acercó a la nariz.

—Ahora coordina con Jaén.

Sebastián insistió en compensarla y la llevó a una mercería.

No encontraron una pulsera parecida, pero compraron un cordón rojo, cuentas de madera y un cierre.

Se sentaron después en una plaza a reconstruirla.

Sebastián tenía dedos torpes. Azucena tampoco sabía hacer nudos resistentes.

El resultado parecía el trabajo escolar de dos niños con muy poca supervisión.

—Es horrorosa —dijo él.

—Me encanta.

—Eso es porque la compara con la anterior.

—No. Es porque no se parece a nada que yo habría comprado.

Sebastián ató la pulsera a su muñeca. Esta vez la miró directamente.

—Tienes unas manos muy bonitas.

—Eso ha salido bien.

—Y muy poca paciencia con los nudos flojos —añadió Azucena.

—Lo llevaba ensayando desde la mercería.

—La segunda parte era improvisada. Se nota por dónde se afloja.

Sebastián insistió en enseñarle el local donde ensayaba teatro. Estaba vacío. En el escenario había una silla, una escoba y tres árboles de cartón.

—¿Cuál eras tú? —preguntó Azucena.

—El del centro. Tenía más conflicto interior.

Sebastián se colocó detrás de las ramas y representó su papel. Permaneció inmóvil durante diez segundos, movió un brazo con gravedad y miró al techo.

—¿Qué ocurre ahora? —susurró Azucena.

—Viento.

Ella subió al escenario, se puso junto al árbol y agitó todas sus pulseras.

—Granizo —anunció.

Terminaron improvisando una tormenta tan ruidosa que el conserje entró para preguntar si se había caído algo. Sebastián se rio hasta tener que sentarse en la silla. Azucena pensó que hacerlo reír sin despertar en él ninguna expectativa era una forma de cercanía que no había valorado bastante.

Azucena envió a Marisa un vídeo corto de la tormenta. La respuesta llegó antes de que salieran del teatro.

—Me lo quedaría para el perfil —dijo Marisa en una nota de voz—. Es mejor que casi todo lo que escribimos.

No se besaron. Sebastián no buscó un momento solemne ni se transformó de repente en un seductor.

Pasearon a Zuri, hablaron de la jubilación de Azucena y de las clases de teatro de Sebastián, y llamaron por vídeo a Marisa, que quiso ver al hombre de «los ojos collares».

Sebastián repitió la frase y volvió a ponerse rojo.

Al atardecer, Sebastián acompañó a Azucena a la camper. Le regaló dos botellas pequeñas de aceite y un delantal de la cooperativa.

—No cabe nada más —protestó ella.

—El delantal se dobla.

—Eso mismo dijo el hombre que me vendió la camper.

Sebastián volvió a ponerse rojo.

—Hablaba del delantal.

—Yo también. No sé qué estabas pensando tú.

Se abrazaron. Sebastián era cálido y olía ligeramente a aceite, igual que la pulsera.

—Me alegro de haberte conocido —dijo él, sin tropezar con ninguna palabra.

—Yo también.

—Eso no lo había ensayado.

—Se nota. Ha salido mejor.

Azucena partió de Jaén con el armario peor cerrado por culpa de dos botellas nuevas y la muñeca perfumada para siempre. Durante varios kilómetros, cada vez que movía la mano, olía el aceite y sonreía.

No todos los hombres especiales tenían que dejarle una duda, un beso o una habitación disponible.

Algunos dejaban una pulsera espantosa.