Azucena por orden alfabético Capítulo 31 · Illes Balears — Joan repara barcos
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Capítulo 31 · Illes Balears — Joan repara barcos

Illes Balears — Joan repara barcos

El camarote apto para animales costó más de lo que Azucena había presupuestado y menos de lo que valía su tranquilidad.

Subió al ferry con Nala dentro de su transportín, bien cerrado y asegurado en el carrito de equipaje hasta llegar al camarote, y Zuri con arnés de seguridad.

Había consultado las normas tres veces, reservado con semanas de antelación y preparado una bolsa con empapadores, agua, comida, bolsas, arena y una cantidad de toallitas capaz de atender una catástrofe nacional.

—Nos vamos a una isla, no a fundar una colonia —dijo Marisa por videollamada.

—Habla con Nala. Ella ha pedido dos tipos de arena.

En el camarote, cerró la puerta antes de abrir el transportín. Nala salió agachada, olfateó el suelo y se ocultó bajo la cama. Zuri aceptó el movimiento del barco como una rareza más de la vida con Azucena. Ella lo sacó solo por las zonas autorizadas y permaneció siempre con él.

Durmió poco. Entre el motor, las comprobaciones y una pulsera que golpeaba la pared cada vez que se daba la vuelta, llegó a Palma con el aspecto de una cantante famosa después de una gira muy mal organizada.

Joan apareció esa misma tarde en una tienda de suministros náuticos. Azucena necesitaba un cierre resistente para un armario de La Jubilosa. El vendedor le enseñó cuatro piezas que parecían idénticas y desapareció para atender una llamada.

—Esa se oxidará —dijo Joan, señalando la más barata.

—No pensaba instalarla debajo del mar.

—El salitre tiene ambición.

Era carpintero de ribera. Tenía treinta y cuatro años, manos grandes con pequeñas cicatrices y una camiseta azul desteñida.

Olía a madera y a protector solar. Eligió un cierre, explicó cómo fijarlo y, al ver la venda ligera del tobillo de Azucena, se ofreció a instalarlo.

Treinta años de diferencia, calculó Azucena.

Una excepción considerable, aunque aquellas manos justificaban revisar el reglamento.

—Puedo hacerlo yo.

—Seguro.

—Pero tú tardarías menos.

—También.

Aquella aceptación sin teatro decidió el asunto.

Joan trabajó en La Jubilosa con la puerta abierta. Preguntó antes de encender la herramienta, para que Azucena pudiera llevar a Nala al fondo y sujetar a Zuri. Ajustó la pieza, comprobó el cierre y reparó además una moldura que vibraba desde Barcelona.

—¿Cuánto te debo?

—Una cena.

—Eso puede salirte más caro.

—Me arriesgaré.

Azucena pasó una hora preparándose. No porque necesitara convertirse en otra mujer, sino porque hacía semanas que guardaba una túnica azul cobalto esperando una noche adecuada.

Se puso pendientes dorados del tamaño de dos lunas pequeñas, cuatro collares, sandalias rojas y un pañuelo estampado en el pelo caoba.

Se pintó los labios de frambuesa, se miró en el espejo estrecho y añadió un broche amarillo.

—Demasiado —murmuró.

Nala parpadeó desde la cama.

—Exacto. Un poco más.

Añadió otra pulsera.

Joan la esperaba junto al puerto. Al verla, dejó de hablar a mitad de una frase. No fingió discreción ni exclamó como un presentador. La miró despacio, con un placer limpio que Azucena sintió recorrerle la piel.

—Valió la pena reparar ese armario —dijo.

—No sabes la cantidad de accesorios que contiene.

Cenaron pescado, verduras y pan con aceite en una mesa exterior. Joan hablaba poco, pero sus silencios no eran huecos. Llevaba desde los diecisiete años reconstruyendo embarcaciones de madera que otros consideraban demasiado viejas.

—¿Y por qué no construir nuevas? —preguntó Azucena.

—También. Pero lo antiguo ya sabe flotar. Solo hay que escuchar dónde cruje.

—Mi furgoneta grita directamente.

Después caminaron. Azucena avanzaba despacio por el tobillo, casi recuperado.

Joan no adaptó el paso de forma ostentosa; simplemente caminó al suyo.

Varias personas miraron los colores de Azucena.

Ella no bajó la voz ni se tocó el vientre.

Durante años había elegido ropa que «favorecía», palabra que casi siempre significaba ocultar.

Esa noche no quería favorecerse. Quería estar presente.

Joan le tomó la mano. Sus dedos ásperos contrastaron con las uñas azul claro de Azucena.

—Te gusta que te miren —dijo él.

No sonó a acusación.

—Cuando he elegido yo la mirada, sí.

—¿Y esta?

Azucena sostuvo sus ojos.

—Esta me gusta.

Se besaron junto a una pared tibia. Joan sabía besar con la misma paciencia con que ajustaba la madera. Ella se acercó más, sintió su mano en la cintura y dejó escapar una risa cuando los collares quedaron atrapados entre ambos.

—Peligro estructural —dijo él.

—No toques nada sin presupuesto.

Joan dejó la mano quieta en su cintura.

—Esa inspección no estaba incluida.

—Puedo retirarla.

—No te lo he pedido.

El pulgar de Joan se deslizó apenas bajo el borde de la túnica.

Azucena sintió el contacto sobre la piel como una línea cálida y volvió a besarlo, esta vez abriendo la boca y acercando la cadera.

Él no avanzó más de lo que ella marcaba.

El deseo quedó allí, nítido y contenido, sin perder intensidad por obedecer a una puerta que Azucena todavía no quería abrir.

Volvieron a La Jubilosa. Azucena no lo invitó a entrar. Nala y Zuri habían pasado suficientes novedades y ella quería terminar la noche con aquella sensación exacta: deseada, intacta y dueña de la puerta.

Joan no mostró decepción.

—Mañana trabajo temprano —dijo—. Pero puedo traerte café antes de que salgas.

Lo hizo. Llegó con dos vasos y un trozo de ensaimada que Zuri detectó desde el interior. Se sentaron en el escalón. Azucena llevaba una bata verde y las gafas de ver torcidas. Joan la miró con el mismo interés que la noche anterior.

—Ahora llevo menos oro —señaló ella.

—He venido por la dueña del armario.

—Y yo que pensaba que te había impresionado cómo abro los cajones.

Antes de embarcar de vuelta, Azucena guardó como recuerdo una pequeña pieza de madera pulida, una cuña inútil que Joan le había dado para calzar una mesa durante la reparación. La dejó junto al paraguas roto y la piedra invisible de Basilio que solo existía en otra guantera.

En el ferry, Nala volvió a esconderse bajo la cama. Zuri roncó. Azucena se quitó los pendientes y observó su rostro cansado en el espejo.

No parecía más joven.

Parecía una mujer que había disfrutado de ser vista y no debía disculpas por ello.