Capítulo 30 · Huesca — Fermín y el tobillo
Huesca — Fermín y el tobillo
Azucena se torció el tobillo a veinte metros de La Jubilosa, en una acera perfectamente llana.
Aquello le pareció una ofensa. Después de carreteras mojadas, senderos de barro, escaleras antiguas y un ferry reservado semanas antes, iba a lesionarse por pisar mal al bajar un bordillo.
—No me ayude todavía —dijo al hombre que se acercó.
Estaba sentada en el suelo, con el bolso abierto y unas gafas de sol debajo de un coche. Zuri permanecía sujeto a su muñeca por la correa, sorprendentemente quieto.
—De acuerdo —respondió él—. Pero dígame si quiere que recoja las gafas antes de que pase alguien.
Azucena miró la montura morada junto a una rueda.
—Las gafas sí. Conservan menos dignidad que yo.
El hombre las recuperó y se agachó a una distancia prudente. Se llamaba Fermín. Tenía cincuenta y cinco años y la calma profesional de quien había visto a muchas personas insistir en que estaban bien mientras se sujetaban una parte del cuerpo.
—¿Puede mover el pie?
Azucena lo movió. Dolía, pero no de forma feroz.
—¿Quiere levantarse?
—Sí.
—¿Quiere que la sujete?
La sucesión de preguntas le gustó. Fermín no la agarró por sorpresa ni utilizó esa voz lenta que algunos reservaban para los niños y las mujeres con canas. Le ofreció el antebrazo. Azucena se apoyó y consiguió ponerse en pie.
—Me llamo Azucena.
—Yo Fermín.
—¿Eres fisioterapeuta, médico o entrometido con formación?
—Antiguo rescatador de montaña.
—Claro. La cordillera de este bordillo es terrible.
Fermín sonrió. La acompañó hasta la camper. Azucena guardó a Zuri dentro, abrió para que Nala pudiera inspeccionar el incidente desde la cama y se sentó en el banco. El tobillo empezaba a hincharse.
—Conviene que te lo valoren —dijo Fermín—. Puede no ser nada, pero eso lo decide una prueba, no mi antigua profesión.
Azucena estuvo a punto de decir que podía conducir. Al apoyar el pie, el dolor la hizo cambiar de opinión.
—¿Me llevas?
Pedirlo le produjo más incomodidad que el tobillo.
Fermín la llevó a un centro sanitario. Antes, Azucena dejó a los animales atendidos y activó todos los avisos. La exploración confirmó un esguince leve. Reposo relativo, frío, elevación y unos días sin heroicidades.
—Eso último me lo han puesto por escrito —dijo al salir.
—Te han visto venir.
Fermín compró una bolsa de guisantes congelados porque la farmacia no tenía una compresa de frío del tamaño adecuado. Luego la ayudó a subir a La Jubilosa y esperó mientras ella colocaba el pie sobre dos cojines.
—Ya puedes irte —dijo Azucena.
—Puedo.
No se movió.
—Pero tienes cara de estar calculando cómo vas a sacar al perro.
—Zuri es muy razonable.
En ese momento, Zuri intentó introducir la cabeza dentro de la bolsa de guisantes.
Fermín lo paseó. Azucena observó desde la ventana cómo ajustaba bien el arnés, llevaba la correa corta al cruzar y evitaba que comiera algo del suelo. Sintió alivio y, enseguida, una punzada de vergüenza por sentirlo.
Pasó dos días en Huesca más de lo previsto. Fermín iba por la mañana y al atardecer. No aparecía sin avisar. Enviaba un mensaje: ¿Necesitas piernas? Azucena respondía con encargos concretos. Pan. Agua. Paseo corto. Una vez, ayuda para mover una garrafa.
La primera vez contestó: Sí, pero hoy solo para pasear al perro. Fermín respondió con una cara sonriente y llegó diez minutos después sin atribuirse más encargos de los solicitados.
Él no celebraba cada petición como un progreso personal. Hacía lo necesario y después preparaba café.
Había dejado el rescate cuatro años antes, cuando una rodilla operada y el desgaste que los turnos habían causado en su matrimonio terminaron de convencerlo. Ahora estaba divorciado, arreglaba radios antiguas y caminaba por caminos sencillos.
—¿No echas de menos la montaña? —preguntó Azucena.
—La montaña sigue ahí. Yo he cambiado la relación.
Estaban sentados junto a la puerta abierta de la camper. Zuri dormía al sol, sujeto con una correa larga a un punto seguro. Nala ocupaba el salpicadero y fingía no escucharlos.
Azucena llevaba el pie vendado y solo dos pulseras. Las demás le molestaban al usar el bastón prestado.
—A veces pienso en qué pasará si esto me ocurre dentro de diez años —dijo.
Fermín esperó.
—O algo peor. Si estoy en una carretera, si no puedo subir, si Nala necesita un veterinario, si Zuri pesa demasiado. Viajar sola suena muy bien hasta que tienes que ponerte una bolsa de guisantes en el tobillo.
—Viajas sola. No eres invisible.
—No siempre habrá un antiguo rescatador de montaña junto al bordillo.
—No. Habrá grúas, veterinarios, vecinos, gente a la que pagar y gente a la que pedir. Y a veces no habrá nadie durante un rato.
Azucena miró su pie.
—Me da miedo envejecer sola.
Lo dijo deprisa, como si el miedo pudiera aprovechar un silencio para hacerse más grande.
Fermín no respondió que ella no estaba sola. Tampoco le aseguró que todo saldría bien.
—A mí también me da miedo necesitar más de lo que puedo devolver —dijo.
—¿Y qué haces?
—Intento no pagar antes de tener la deuda.
Azucena sonrió.
—Eso sí parece una frase del curso de rescatador.
—Primer trimestre.
El tercer día caminó sin bastón hasta el final de la calle. Fermín fue a su lado, sin ofrecer el brazo. Ella se lo cogió a mitad de camino porque le apeteció.
El antebrazo era firme y cálido. Azucena notó el olor limpio de su chaqueta y decidió que aceptar apoyo podía tener ventajas que el informe médico no recogía.
Antes de despedirse, le devolvió el bastón y le dio un beso lento en la mejilla. Él apoyó la frente contra la suya.
—No corras —dijo.
—Voy a Palma. Hay un ferry. Difícilmente podré adelantarlo. Además, con este tobillo tendré que seducir andando.
El centro sanitario había confirmado que podía conducir cuando moviera el tobillo sin dolor; aquella mañana ya podía hacerlo.
Fermín se quedó mirando cómo guardaba todo.
Azucena revisó el tobillo, los retrovisores y los cierres.
Tenía una lista de teléfonos útiles que él le había anotado y una bolsa de guisantes ya descongelados que desechó aquella noche.
En el cuaderno dejó sin tachar: Pedir ayuda no convierte a nadie en equipaje.