Azucena por orden alfabético Capítulo 29 · Huelva — Álvaro mira las aves
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Capítulo 29 · Huelva — Álvaro mira las aves

Huelva — Álvaro mira las aves

Álvaro conoció a Azucena porque ella confundió sus prismáticos con una cámara.

—¿Me hace una foto con el perro? —preguntó, ofreciéndole el móvil.

Él llevaba unos prismáticos colgados al cuello y una gorra gastada. Miró el aparato que le tendía y después sus propios prismáticos.

—Con estos tardaría bastante.

—No tengo prisa, si encuentra el ángulo bueno.

Azucena se echó a reír.

—Necesito desayunar.

Estaban en una terraza a primera hora. Zuri posaba junto a una jardinera con una dignidad completamente falsa.

Álvaro tomó la fotografía con el móvil: Azucena de pie, pelo caoba encendido por la luz, gafas de sol enormes y un pañuelo verde atado al cuello; Zuri mirando fuera de plano porque alguien abría una bolsa de pan.

—El modelo no coopera —dijo él.

—El modelo tiene representante. Y cobra.

Álvaro tenía cuarenta y seis años y guiaba pequeños grupos de observación de aves en las marismas. Había entrado en la ciudad para recoger material y desayunar antes de una salida cancelada. El viento había cambiado y sus clientes preferían ir otro día.

—Las aves no han sido informadas —dijo.

Azucena aceptó acompañarlo unas horas. Primero regresó a La Jubilosa.

Paseó a Zuri, dejó a Nala con agua, comida, arenero limpio y sus escondites disponibles.

La temperatura era suave, pero activó el aviso remoto y colocó una cámara interior.

Zuri podía ir con ellos siempre que permaneciera con arnés y lejos de las zonas sensibles.

—No vamos a acercarnos a nidos —explicó Álvaro—. Y si se pone nervioso, nos volvemos.

—El nervioso suele ser el resto del mundo. Él solo quiere desayunar otra vez.

Álvaro conducía una furgoneta vieja que olía a campo y a caramelos de menta. En el trayecto habló poco. Al llegar, indicó dónde pisar y después guardó silencio.

Azucena esperaba una actividad. Una explicación. Algo que justificara los prismáticos, el viaje y el hecho de haberse puesto una pulsera con pájaros de cerámica. Álvaro miraba una extensión de agua y cielo sin hacer nada visible.

—¿Qué estamos buscando? —susurró.

—Todavía nada.

—Un hombre prudente: me saca al campo y no promete resultados.

—¿Y cuándo empezamos?

—Ya hemos empezado.

Azucena contuvo una respuesta. Zuri se sentó junto a su pierna. El viento movía la hierba. Durante varios minutos solo oyó el roce de las hojas, un motor lejano y la respiración del perro.

—Allí —dijo Álvaro al fin.

Le indicó una silueta que descendía hacia el agua. Azucena levantó los prismáticos. Al principio vio cielo, después una mancha confusa y finalmente un ave gris clara que avanzaba con las patas extendidas. No era espectacular. La emoción consistía en haberla encontrado.

—Parece que llega tarde a una reunión —dijo.

—Garza real. Suelen actuar como si la reunión fuese de ellas.

Vieron otras aves. Algunas Azucena las olvidó en cuanto Álvaro dijo el nombre. De una recordó el sonido. De otra, la forma brusca de caer sobre el agua. Él no la examinaba ni la corregía si confundía una especie. Le enseñaba a esperar, a fijarse en una línea de movimiento y no en el paisaje entero.

A media mañana sonó el móvil. Marisa.

Azucena se apartó unos metros, sin abandonar el sendero.

—¿Estás en Huelva o has vuelto a Granada a escondidas? —preguntó su amiga.

—Qué obsesión.

—La tuya. Has mirado cuatro veces una foto de un café vacío.

—¿Cómo sabes cuántas veces miro una foto?

—No lo sé. Era una trampa.

Azucena cerró los ojos detrás de las gafas de sol.

—Pienso en él.

—Ya.

—No todo el tiempo.

—Eso sería poco práctico. Tienes que conducir.

—Me pregunto qué estaría haciendo ahora si me hubiera quedado.

Marisa guardó silencio. Azucena miró a Álvaro, quieto junto a Zuri. El perro lo observaba con la concentración esperanzada de quien sospecha que un bolsillo contiene queso.

—¿Quieres volver? —preguntó Marisa.

—No lo sé.

—Pues no conviertas el no saber en una sentencia. Déjalo un rato sin resolver.

—Eso es espantoso.

—Lo sé. A mí también me gusta poner etiquetas a los táperes.

Cuando regresó, Álvaro no preguntó con quién había hablado. Le ofreció agua y señaló una bandada que cruzaba muy lejos.

—No puedo distinguir qué son —dijo Azucena.

—No hace falta distinguirlo todo.

—¿Os enseñan frases así en el curso de guía?

—Sí. Hay un examen muy duro.

Comieron bocadillos sentados en la furgoneta, con las puertas abiertas y Zuri atado a un anclaje interior. Álvaro había estado enamorado de un compañero de trabajo que nunca quiso salir de su matrimonio. Lo contó sin pedir consejo.

—Esperé siete años —dijo—. Me hice experto en esperar cosas que no dependían de mí.

Azucena sostuvo el bocadillo a medio camino.

—¿Y ahora?

—Ahora espero aves. Es más honrado.

Se sonrieron. No hubo coqueteo, pero sí una intimidad fina, como un hilo que no necesitaba tensarse.

De vuelta en la capital, Álvaro quiso conocer a Nala. Se sentó fuera de La Jubilosa y esperó. La gata apareció detrás del cristal, lo miró y desapareció.

—Ha ido bien —dijo él.

—No te ha denunciado.

Azucena le regaló la pulsera de pájaros que se había puesto aquella mañana. Él se negó al principio.

—Tengo unas cuarenta. Y un problema de almacenamiento —explicó ella.

Álvaro se la ató al asa de los prismáticos.

Al despedirse, le dio un beso en la frente. Azucena condujo después con una sensación distinta a la de Granada. Gabriel le había ofrecido tiempo; Álvaro le había enseñado a no llenarlo enseguida con una respuesta.

No era una solución.

Pero durante unos kilómetros, bastó.