Capítulo 28 · Guadalajara — Basilio y la tarde corriente
Guadalajara — Basilio y la tarde corriente
Guadalajara no estaba preparada para competir con Granada, y tuvo el buen gusto de no intentarlo.
Azucena llegó después de varias horas de conducción, dos cafés mediocres y una discusión con el navegador, que insistía en devolverla a una rotonda como si allí hubiera dejado algo importante.
Aparcó La Jubilosa, sacó a Zuri y dedicó la primera media hora a tareas poco literarias: vaciar un depósito, comprar líquido para el inodoro químico y comparar el precio de tres bombonas.
El perfil acumulaba comentarios preguntando por el siguiente hombre. Marisa había publicado una fotografía de Granada en la que solo aparecían los zapatos de Azucena y una sombra masculina sobre el pavimento. Aquello había bastado para que varias desconocidas desarrollaran teorías.
El profesor vuelve , escribió una.
Yo me habría quedado , afirmó otra, que probablemente no había tenido que buscar nunca un área con punto de agua un domingo.
Azucena guardó el móvil.
En una calle cercana encontró una furgoneta blanca con la puerta lateral abierta y varias cajas de tarros. Un hombre intentaba sostener una, cerrar la puerta y atender una llamada al mismo tiempo. Uno de los tarros cayó. Azucena lo atrapó contra su vientre por puro reflejo.
—Veintitrés años de secretaria de dirección en Montalbán Publicidad —dijo—. Detecto lo que va a caer antes de que los directivos sepan que lo han soltado.
El hombre colgó y recibió la caja.
—Veintitrés años y todavía conserva los riñones. Enhorabuena.
Se llamaba Basilio, tenía cincuenta y cuatro años y repartía miel de una pequeña explotación familiar. En realidad, explicó, las abejas trabajaban y él se llevaba el mérito, como muchos directivos que había conocido Azucena.
—¿Es suya esa furgoneta verde? —preguntó.
—La Jubilosa.
—La mía se llama furgoneta.
—Hay personas menos inclinadas a la fantasía.
—Y vehículos que no se la han ganado.
—A algunos hay que tratarlos un poco antes de ponerles nombre.
—Hablamos de vehículos, supongo.
—De momento.
Basilio terminó el reparto y le propuso tomar algo.
No la llevó a ningún lugar escondido ni memorable.
Entraron en una cafetería con mesas de formica, una televisión sin sonido y una vitrina donde la tortilla esperaba tiempos mejores.
Zuri se tumbó a los pies de Azucena. El camarero le llevó agua sin que ella tuviera que pedirla.
Basilio pidió café y una tostada. Azucena, que llevaba todo el día alimentándose de frutos secos y orgullo, eligió tortilla.
—No tiene buena cara —advirtió él.
—Yo tampoco y aquí estoy.
La tortilla estaba bastante mejor de lo que prometía.
Hablaron de cosas corrientes. Del precio del combustible.
De una hermana de Basilio que enviaba audios de siete minutos sin respirar.
De los cajones de La Jubilosa, que se abrían en las curvas si Azucena olvidaba el cierre.
De lo difícil que era comprar una prenda con bolsillos útiles.
—Mi mujer se cosía los suyos —dijo Basilio.
Había enviudado hacía cuatro años. No bajó la voz al mencionarlo ni miró por la ventana. Contó que ella guardaba caramelos, recibos y piedras pequeñas en los bolsillos y que, después de su muerte, él encontró una piedra en un abrigo. La llevaba aún en la guantera.
—¿Por qué?
—Porque estaba allí.
Azucena pensó en el paraguas roto de Cuenca. No dijo nada.
Después caminaron hasta un parque. Basilio no era especialmente guapo ni ingenioso. Tenía una forma de andar un poco ladeada y una mancha de miel en el puño de la camisa. Escuchaba sin preparar la respuesta. Cuando Azucena le habló de Gabriel, lo hizo sin darse cuenta.
—Un profesor —dijo Basilio.
—Sí.
—Cuatro semanas es poco y es mucho.
—Exactamente.
—¿Quiere que le diga qué habría hecho yo?
Azucena lo miró.
—No.
—Perfecto.
Siguieron andando. Zuri se detuvo a inspeccionar un arbusto. Un niño pasó en patinete. En un balcón alguien sacudió un mantel. No ocurrió nada que mereciera una fotografía.
Entraron en una ferretería porque Azucena necesitaba un mosquetón pequeño.
Basilio comparó dos modelos, pero no le dijo cuál debía comprar.
Después esperaron siete minutos a que una dependienta encontrara cambio.
Afuera, él sujetó a Zuri mientras Azucena ajustaba la correa, y el perro se sentó sobre uno de sus zapatos.
Basilio no se movió hasta que Zuri decidió levantarse.
—Tienes mucha paciencia —dijo Azucena.
—No. Tengo el pie atrapado.
Compraron mandarinas en una frutería y una bombilla en un bazar. Aquella sucesión de recados habría aburrido a cualquiera que esperase una aventura. A Azucena le devolvió el cuerpo al día en el que estaba.
Antes de despedirse, Basilio le dio un tarro pequeño de miel.
—Este se golpeó al caer. No puedo entregarlo, pero está bien.
—Te lo pago.
—Me ha salvado una caja.
—He salvado un tarro.
—Entonces me debe cinco.
Azucena aceptó el regalo y le dio un abrazo que olió a jabón y a almacén.
Aquella noche, cenó pan con miel en La Jubilosa. Nala se acomodó junto a la calefacción. Zuri dormía agotado por una tarde en la que su mayor aventura había sido oler un arbusto durante nueve minutos.
Azucena miró la fotografía que no había hecho. No tenía imagen de Basilio, ni de la cafetería, ni de la tostada. Solo el tarro abollado sobre la mesa.
Publicó eso.
Guadalajara. Hoy no ha ocurrido nada extraordinario. Ha sido estupendo.
Marisa reaccionó con un corazón. Gabriel marcó la publicación con un «me gusta», pero no escribió.
Azucena apoyó el móvil boca abajo. Por primera vez desde que salió de Granada, el silencio no le pareció una respuesta pendiente.