Azucena por orden alfabético Capítulo 27 · Granada — Gabriel y cuatro semanas
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Capítulo 27 · Granada — Gabriel y cuatro semanas

Granada — Gabriel y cuatro semanas

Gabriel tenía la voz de un hombre acostumbrado a que la gente guardara silencio cuando él empezaba a hablar. A Azucena eso le habría irritado de inmediato si no hubiese usado aquella voz para decir:

—Su perro acaba de robarme un guante.

Zuri estaba sentado bajo una mesa de terraza con un guante de piel entre los dientes. No lo mordía. Lo sostenía con la delicadeza satisfecha de quien había completado un encargo.

—No roba —dijo Azucena—. Redistribuye objetos.

—¿Y qué recibiré a cambio?

—Una disculpa con intereses.

Le ofreció una galleta a Zuri y recuperó el guante. Gabriel observó la operación con una sonrisa. Tenía cincuenta años, el pelo oscuro muy corto, canas en las sienes y un abrigo color arena que le sentaba tan bien que Azucena sospechó una intención previa.

Estaba corrigiendo exámenes en una mesa llena de papeles. Era profesor de literatura comparada. Azucena miró una página cubierta de anotaciones.

—¿Alguno ha comparado algo?

—Uno ha comparado a Virginia Woolf con su casero. Estoy considerando aprobarlo por audacia.

Gabriel pidió otro café para ella sin darlo por hecho: levantó primero una ceja, esperó su asentimiento y llamó al camarero. A Azucena le llamó la atención que un gesto tan pequeño pudiera reparar parte del cansancio dejado por Gorka.

Hablaron durante cuarenta minutos. Luego durante dos horas. Cuando la terraza se quedó a la sombra, Gabriel guardó los exámenes y propuso caminar. Zuri fue entre los dos, interesado sobre todo en las bolsas de papel que pasaban cerca.

Azucena esperaba el momento en que él le preguntara por la ruta, porque La Jubilosa figuraba en una fotografía de la pantalla de bloqueo. Cuando se lo contó, Gabriel no dijo que era una locura. Tampoco dijo que era admirable.

—¿Y por qué alfabético?

—Porque por cercanía habría terminado antes.

—Respuesta impecable.

—He trabajado más de cuarenta años haciendo informes. Sé fabricar una explicación después de tomar una decisión.

Gabriel se rió. Azucena sintió un placer casi físico al hacerlo reír.

Aquella noche cenaron juntos. Al día siguiente, él la invitó a una conferencia en la universidad.

Azucena estuvo a punto de negarse porque llevaba pantalones naranjas, un jersey fucsia y un broche con forma de libélula que habría podido interferir con los equipos audiovisuales.

Luego recordó que ya no trabajaba para ninguna institución y se sentó en la tercera fila como una bandera de país desconocido.

Gabriel habló sobre las casas en la literatura.

No usó palabras para impresionar a nadie.

Cuando una estudiante formuló una objeción, él escuchó de verdad antes de responder.

Azucena pensó en el estudio de Julián en Cuenca, en la cocina amarilla que no existía, y tomó notas en el cuaderno Hombres que no necesito y cosas que sí .

Después tomaron vino en un bar estrecho. Gabriel leyó el título del cuaderno.

—Espero no estar invadiendo la segunda categoría.

—Todavía estás a lápiz.

—Siempre se puede borrar.

La miró al decirlo. Azucena notó el deseo como una corriente lenta, no como un relámpago.

Le gustaban las manos de Gabriel, la línea de su cuello, la forma en que la atención se le quedaba quieta en los ojos.

También le gustaba no tener que traducir cada idea a una versión más sencilla para que él no se sintiera desafiado.

—¿Estás casado? —preguntó.

—No. Estuve casado. Tengo una hija de veintiséis años que vive en Bruselas y considera que no sé comprar camisas.

—Esa que llevas parece adecuada.

—La eligió ella.

Azucena rio y Gabriel le rozó la muñeca. Sus pulseras se deslizaron hacia el antebrazo. Él siguió una de ellas con la yema del índice, una tira roja deshilachada entre cuentas de madera y metal.

—Esta no combina con nada —dijo.

—Por eso combina conmigo.

Se besaron al salir. No fue un beso de despedida. Fue una conversación iniciada con la boca, larga y curiosa, que continuó bajo un alero cuando empezó a lloviznar. Azucena sintió el cuerpo despierto, pesado y ligero a la vez, ajeno a cualquier edad que alguien quisiera adjudicarle.

—Besas mejor de lo que corriges exámenes —dijo ella cuando pudo volver a hablar.

—No has visto mis notas.

—Ni tú todo mi temario.

Gabriel no le ofreció subir a su casa aquella noche. La acompañó hasta La Jubilosa, saludó a Nala desde una distancia prudente y quedó con ella para desayunar.

Azucena prolongó su estancia dos días. Después otros dos.

No abandonó la camper ni dejó de atender sus rutinas.

Por las mañanas paseaba a Zuri. Revisaba el agua, la batería y la calefacción.

Nala se apropiaba de la repisa más soleada.

Por las tardes veía a Gabriel. Cocinaron en su casa, discutieron sobre una película, se besaron en el sofá hasta que a Azucena se le clavó un broche en un lugar incompatible con el romanticismo.

—Tengo una relación peligrosa con los accesorios —dijo, buscando la pieza entre los cojines.

—Empiezo a entenderlo.

Gabriel la deseaba sin convertir el deseo en halago administrativo.

No le dijo que «para su edad» estaba estupenda ni que parecía más joven.

La miraba como era: una mujer de sesenta y cuatro años, de vientre blando, labios frambuesa, uñas azul pastel y una cicatriz pequeña junto a la rodilla.

Cuando la acarició por debajo del jersey, Azucena no contuvo el abdomen.

Aquello, más que el beso, estuvo a punto de asustarla.

Se detuvieron antes de ir más lejos. No por falta de ganas, sino porque ella quería volver con los animales y porque Gabriel tenía clase temprano. La normalidad de la interrupción hizo la intimidad más intensa.

Al día siguiente, Azucena dio a Zuri un paseo largo, dejó agua fresca, atendió a Nala y comprobó cierres, cámara y temperatura antes de volver a casa de Gabriel. Habían acordado un par de horas. Llevaba una blusa violeta, pantalones negros y ningún broche capaz de intervenir.

—Hoy he venido con menos obstáculos —dijo al dejar el bolso.

Gabriel apoyó los dedos en el primer botón de la blusa, pero no lo abrió.

—¿Eso es permiso?

—Eso es inventario. El permiso te lo doy ahora.

Lo besó y desabrochó ella misma el primer botón.

Gabriel entendió la diferencia. La llevó hacia el dormitorio sin arrastrarla, deteniéndose cada vez que el cuerpo de Azucena cambiaba de ritmo.

Ella notó su boca bajo la oreja, en la garganta, sobre la piel que iba apareciendo.

Cuando él le acarició el pecho por encima del encaje y luego buscó sus ojos, Azucena sostuvo la mirada.

—Sigue —dijo—. Si paras ahí, tendré que presentar una reclamación.

Gabriel rio contra su cuello. La risa le produjo un estremecimiento inesperado.

Hablaron de protección y de límites con la misma claridad con la que habían hablado de libros; después, la ropa fue quedándose en el suelo sin que ninguno fingiera que aquello ocurría por accidente.

Azucena guio una mano hasta su cintura, pidió más presión y dejó de pensar en el vientre, la cicatriz o la postura que más favorecía.

Solo existieron el peso amable de otro cuerpo, el roce de las sábanas, su propia voz diciendo sí y el placer creciendo hasta desordenarle la respiración.

Más tarde, desnuda salvo por la pulsera roja, descubrió a Gabriel mirándola.

—No hagas un análisis literario —advirtió.

—Estaba pensando que esa pulsera sigue sin combinar con nada.

—Entonces concéntrate. Podemos intentarlo otra vez.

Lo hicieron sin prisa. Al regresar a La Jubilosa, Nala dormía sobre la cama y Zuri recibió a Azucena con un bostezo.

Ella comprobó que todo seguía en orden y se quedó unos segundos apoyada en la puerta, con la piel todavía sensible bajo la blusa.

No había prometido nada. Había deseado, elegido y vuelto.

Las tres cosas cabían en la misma noche.

Una noche cocinaron en La Jubilosa. Gabriel llegó con una bolsa de verduras y una botella de vino, vio el espacio libre de la encimera y preguntó dónde se preparaba la comida.

—En turnos —dijo Azucena—. Primero se corta. Luego se aparta todo. Después se descubre que el cuchillo ha quedado debajo.

Gabriel tuvo que sentarse en el banco para que ella pudiera abrir un cajón. Zuri ocupó el único tramo de suelo útil. Nala observó al invitado desde la cama y, cuando él dejó un examen sobre la mesa, caminó por encima con deliberación. Gabriel retiró el papel sin protestar por las huellas.

—Ha mejorado el argumento —dijo.

Cenaron con las rodillas casi juntas. No hicieron nada extraordinario.

Lavaron dos platos en un fregadero minúsculo, discutieron sobre si quedaba café y buscaron durante cinco minutos las llaves que Azucena llevaba en el bolsillo.

La intimidad de aquellas torpezas le resultó más peligrosa que los besos.

Gabriel encajaba en el espacio sin intentar reorganizarlo.

Cuando se fue, dejó una mandarina sobre la mesa y ningún objeto que obligara a llamarlo.

Azucena tardó en dormir. Podía imaginar cuatro semanas de conversaciones, pero también cuatro semanas de mandarinas olvidadas, compras compartidas y silencios corrientes.

Lo que la tentaba no era una versión grandiosa del amor.

Era aquella facilidad doméstica que, esta vez, no parecía exigirle que desapareciera dentro de ella.

El quinto día, desayunaron en su cocina. Gabriel cortaba una pera. Azucena repasaba la ruta: Guadalajara, Huelva, Huesca. Tres direcciones que parecían elegidas por alguien enfadado con el combustible.

—Quédate cuatro semanas —dijo él.

El cuchillo siguió moviéndose. No había música ni una rodilla en el suelo.

Azucena dejó el teléfono.

—¿Cuatro?

—Tengo una habitación libre. Puedes usarla o seguir durmiendo en la furgoneta. Tus animales caben, si Nala acepta mi autoridad, cosa que dudo. Yo trabajo. Tú haces tu vida. Nos vemos cuando queramos.

—Eso suena peligrosamente razonable.

—No te estoy ofreciendo matrimonio, Azucena. Te estoy ofreciendo tiempo.

Cuatro semanas. No cuatro años ni un «ya veremos» pegajoso.

Tiempo con bordes. Azucena imaginó sus collares colgados en el respaldo de una silla, el cuenco de Zuri junto a la puerta, los exámenes de Gabriel ocupando media mesa.

Imaginó mañanas separadas y cenas compartidas.

Imaginó incluso aburrirse con él, y la imagen no le desagradó.

—Después seguiría —dijo.

—Supongo.

—No quiero comprometerme.

La frase salió limpia, bien ensayada. Gabriel dejó el cuchillo.

—No te lo he pedido.

No había reproche en su voz, pero Azucena sintió que acababa de cerrar una puerta que aún nadie había intentado cruzar.

—Ya lo sé.

—Piénsalo hasta mañana.

Lo pensó mientras llenaba el depósito de agua. Mientras cepillaba a Nala. Mientras buscaba una lavandería y pagaba una factura del seguro. Marisa escuchó la historia en videollamada con la boca muy quieta, señal inequívoca de que estaba conteniendo siete opiniones.

—Di una —ordenó Azucena.

—¿Quieres quedarte?

—Sí.

—¿Quieres seguir?

—También.

—Pues estupendo. Ya tienes dos problemas tuyos en vez de uno prestado.

—Eres de muchísima ayuda.

—Para eso me llamas.

A la mañana siguiente, Azucena guardó la vajilla, cerró armarios y comprobó dos veces los anclajes. Gabriel llegó antes de que arrancara. Llevaba las manos en los bolsillos y una expresión serena que a ella le habría resultado más fácil combatir si hubiese sido tristeza.

—Me voy —dijo Azucena.

—Ya lo veo.

—No porque no quiera quedarme.

Gabriel se acercó.

—Eso también lo veo.

La besó con una calma que hizo temblar algo bajo las costillas de Azucena. Ella apretó el abrigo de Gabriel entre los dedos y, durante un instante, estuvo a punto de decirle que sacara la maleta de la furgoneta.

—Si cambias de opinión —dijo él—, la habitación seguirá aquí un tiempo.

—No prometas demasiado. Nala ocupa armarios enteros.

—Negociaremos.

Azucena condujo hasta que Granada dejó de aparecer en los espejos. En una estación de servicio, abrió el cuaderno. Tardó mucho en escribir.

Gabriel: cuatro semanas que no elegí.

Debajo añadió:

Todavía no sé si continuar siempre significa avanzar.

No tachó ninguna de las dos frases.