Capítulo 26 · Girona — Oriol no pregunta mañana
Girona — Oriol no pregunta mañana
En Girona, Azucena perdió un pendiente y encontró a Oriol.
El pendiente era grande, turquesa y probablemente visible desde un satélite.
Aun así, desapareció durante un paseo matinal con Zuri.
Azucena rehízo el camino dos veces, mirando entre las piedras, debajo de los bancos y junto a las ruedas de las bicicletas.
Zuri colaboró olfateando lugares que no guardaban relación alguna con la joyería.
—Si encuentras media galleta, no cuenta —le advirtió.
—¿Buscas esto?
Un hombre sostenía el pendiente entre dos dedos. Llevaba una bicicleta de la mano, una bufanda gris y unas gafas pequeñas que le daban aire de haber leído todos los libros de una biblioteca y desaprobado solo algunos.
—Depende. ¿Dónde lo has encontrado?
—Enganchado en mi alforja.
—Entonces mi pendiente intentaba huir de mí.
—O quería montar en bicicleta.
Se llamaba Oriol, tenía cincuenta y tres años y regentaba una librería de segunda mano donde los títulos estaban ordenados con un criterio que él se negaba a revelar. Había salido temprano a pedalear, pero una rueda perdía aire. Caminaba de regreso sin mostrar ningún enfado.
—No pareces muy afectado —dijo Azucena.
—La bicicleta se arregla. La mañana ya está aquí.
Fueron juntos hasta la librería. Azucena sujetó a Zuri con la correa corta y Oriol dejó la bicicleta en el almacén.
Dentro olía a papel, madera y polvo limpio.
Había una butaca verde en un rincón y una caja de novelas con portadas tan dramáticas que todas las mujeres parecían haber recibido una noticia junto a un acantilado.
— Un acantilado para dos —leyó Oriol en una de ellas—. Esta autora entiende el viento.
Azucena hojeó el libro.
—Y los hombres con camisa blanca.
—Son difíciles de lavar.
—Depende de cuánto se manchen —dijo Azucena.
Pasaron la mañana hablando entre estanterías. Oriol no le preguntó por qué no tenía hijos, cuánto cobraba de pensión ni si viajaba sola «de verdad». Preguntó qué provincia la había hecho reír más, en cuál había dormido peor y qué objeto absurdo llevaba en la camper.
—Un paraguas roto de Cuenca.
—Buena elección.
—No sirve.
—Por eso es una elección. Lo útil se queda por obligación.
—Y algunas cosas inútiles, por puro placer.
Al mediodía cerró la tienda y compraron comida para llevar.
Se sentaron en un banco, con Zuri tumbado entre ambos.
Azucena llevaba el pelo caoba revuelto por el aire y se había puesto los dos pendientes, incluido el fugitivo.
Oriol le contó que había vivido ocho años con un hombre en Montpellier, otros seis solo y los últimos tres sin hacer cuentas.
—¿Y ahora? —preguntó ella.
—Ahora estoy comiendo contigo.
La respuesta no era evasiva. Era exacta.
Azucena llevaba meses encontrándose con hombres que, de un modo u otro, convertían el día compartido en una pregunta sobre el siguiente.
Incluso Manuel, que había sabido no retenerla, había pedido una foto al llegar a la zeta.
Oriol no parecía desinteresado. La miraba con atención, se reía antes de que ella terminara algunas frases y le apartó con suavidad un hilo de la bufanda.
Simplemente no cobraba el presente por adelantado.
Por la tarde, le enseñó un camino junto al río.
Él avanzaba despacio con la bicicleta averiada y Azucena agradeció no tener que seguir el ritmo de nadie.
Hablaron de Nala, que permanecía en La Jubilosa, y regresaron a verla.
Oriol se sentó en el escalón exterior sin intentar entrar.
Nala lo estudió desde la cama y no se escondió.
—Eso es casi una declaración —dijo Azucena.
—No quiero presionarla.
Tomaron té en vasos metálicos. Oriol vio el perfil «Azucena por orden alfabético» porque Marisa había publicado una fotografía del pendiente con el texto: Ha intentado fugarse en Girona. Comprensible: aquí las bicicletas tienen mejor vida que muchas personas.
—¿Tienes tantos seguidores? —preguntó.
—Marisa dice que no son tantos. Yo digo que si todos quisieran usar mi baño serían demasiados.
—¿Te gusta que te miren?
Azucena estuvo a punto de responder con una broma. Se tocó el carmín, que ya se había borrado en el centro de los labios.
—A veces. Me gusta más decidir qué enseño.
Oriol asintió. No pidió una foto juntos.
Al caer la tarde, reparó la rueda con un kit que llevaba en la alforja. Antes de irse, arrancó una tira de cartulina de una caja y escribió la dirección de la librería.
—Por si algún día quieres enviarme el paraguas.
—Jamás te desprenderás de mí si entra ese paraguas en tu vida.
—Correré el riesgo.
Azucena esperó una invitación para cenar. No llegó. Esperó que le preguntara a qué hora salía al día siguiente. Tampoco.
—Bueno —dijo ella, y le molestó que la palabra sonara a reclamación.
Oriol apoyó una mano en el manillar.
—Ha sido un día muy bonito.
—Sí.
—Gracias.
Oriol la abrazó brevemente, se puso el casco y se alejó en la bicicleta.
Azucena entró en La Jubilosa con una punzada que no era rechazo, aunque se le parecía desde lejos. Había esperado que él quisiera más. No sabía si ese deseo nacía de Oriol o de la costumbre de medir su atractivo por la insistencia ajena.
Marisa llamó mientras preparaba la cena.
—¿Y el ciclista?
—Se ha ido.
—¿Sin arrodillarse ante la furgoneta?
—Ni siquiera ha preguntado qué hago mañana.
—Qué grosero. Respetar el día tal como es.
Azucena removió una sopa.
—Me ha gustado.
—Ya se nota.
—Y no va a pasar nada.
—Ya ha pasado.
Azucena miró por la ventana. La frase de Marisa habría podido sonar a una de esas sentencias impresas en una taza, pero su amiga ya estaba preguntando si había vaciado el depósito de aguas grises, así que quedó a salvo.
Antes de dormir, Azucena pegó la tarjeta de Oriol en el cuaderno. Debajo escribió: No preguntar mañana también puede ser una forma de cuidar hoy.
Luego tachó la frase por cursi y dibujó un pendiente montado en bicicleta.